Historia: caza y poder (parte II)

El pasado viernes, hablábamos sobre la historia de la caza y su vinculación por el poder, a través de un repaso muy resumido por las distintas épocas y algunos de los monarcas que practicaron esta actividad. Hoy continuamos con este repaso con otros ejemplos destacados que nos harán llegar a una visión más clara sobre la concepción de la caza en la actualidad.

Como mencionamos el pasado viernes, la vinculación entre caza y poder no ha existido siempre, pero lleva siglos presente en diferentes sociedades. En la Prehistoria, la caza respondía a una necesidad de supervivencia, pero esta actividad comenzó a realizarse por ocio a partir de la antigüedad grecolatina, cuando también comenzó a plantearse como un entrenamiento para la guerra, algo que perduró durante mucho tiempo entre caballeros, nobles y reyes, quienes además, la practicaban como una forma más de ostentación de su poder. Pero volvamos un momento a esa antigüedad grecolatina, cuando había incluso una divinidad asociada a la caza: la diosa griega Artemisa (Diana en Roma), a la que los cazadores debían otorgar ofrendas cuando realizaban alguna cacería, y sobre la cual existen varios relatos mitológicos con esta actividad como eje vertebrador.

Tras las invasiones bárbaras, que se dieron entre los siglos III y VII, la caza adquirió una simbología de fuerza y bravura relacionada con la nueva aristocracia, algo que perduraría durante toda la Edad Media. Poco a poco, la caza pasó a formar parte de la educación de los miembros de las clases altas. Sin ir más lejos, el emperador Carlomagno (747-814) trató de transmitirla a sus hijos.

Desde épocas muy tempranas, se diferenció entre caza menor (liebres, conejos perdices..) y caza mayor (ciervos, osos y jabalís). También en esto las clases altas quisieron diferenciarse de las bajas, ya que salvo excepciones, rechazaban la primera, así como el uso de trampas en esta; mientras que practicaban la segunda como forma de medir su fuerza y poderío. Para las élites, también existía toda una rutina de preparación de la carne de caza, de tal forma que estaba establecido en qué momentos debía servirse, la organización de la mesa o la manera de cocinarla.

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Durante la Edad Media, la caza fue otro aspecto más de diferenciación social, a través del que los más ricos se veían como superiores al resto. Pero esto no solo era una forma de pensar, sino que se tradujo en una intencionalidad, por parte de la aristocracia, de limitar dicha actividad a las clases más bajas, por ejemplo, restringiendo el espacio de bosque donde estas podían practicarla. También desde la época medieval comenzó a reglamentarse la actividad cinegética y cómo debía realizarse. El ejemplo más claro es el Libro de la Montería de Alfonso XI de Castilla (1311-1350).

Más allá de la caza por placer practicada por los más pudientes, dicha actividad también estaba presente en la vida del resto de la población, bien como forma de evitar daños a los cultivos o a animales de ganadería por parte de especies salvajes, o bien como manera de obtener alimento o dinero por la venta de carne o pieles de estos. En ocasiones, se dictaron normativas que ordenaban la caza por motivos que obedecían a los mencionados daños, y durante la Baja Edad Media (siglos XIV y XV), se dieron numerosos pleitos protagonizados por las restricciones a la caza, que en ocasiones limitaban la actividad cinegética, y otras veces, afectaban a la venta de carne o pieles procedentes de esta.

En la época de los Austrias, en España continuaron redactándose normativas relativas a la actividad cinegética. Monarcas de esta dinastía como Felipe III (1578-1621) y Felipe IV (1605-1665) tenían tanta afición por la caza que delegaron su labor en validos mientras ellos la practicaban, entre otras cosas ajenas a sus funciones. Podemos hablar también de Carlos V (1500-1558) como cazador, pero sería más fácil decir que prácticamente todos los monarcas de este período lo fueron.

«Todos pueden cazar»

Ya en el siglo XIX, en España se abolió la restricción a la caza únicamente para las clases altas, y se estableció que «todos los españoles pueden cazar, sin otras trabas ni limitaciones que las que a todos imponen la justicia, la equidad y la conveniencia colectiva o social», siempre y cuando se dispusiera de licencia y se respetara la propiedad privada, entre otras cosas. Además, en este siglo, dejó de relacionarse la caza con una especie de entrenamiento para la guerra. Las justificaciones para practicarla no diferían mucho de las de hoy: porque se ha hecho tradicionalmente, por motivos económicos, por contacto con la naturaleza.

El rey Alfonso XIII (1886-1941) fue también cazador, aficionado, sobre todo, a la captura de venados. Anteriormente lo habían sido Carlos IV (1748-1819) y Fernando VII (1784-1833).

En 1902, se prohibió matar hembras en la práctica de la caza mayor. Sin embargo, por otros animales se ofrecían, incluso, recompensas a quienes los cazaran. Los monarcas de esta época (siglo XIX y principios del XX) seguían siendo cazadores, pero no hasta los límites que llegaron en el siglo anterior o anteriores.

En esta época, la población de algunas especies ya había disminuido a consecuencia de la actividad cinegética. Algunos animales estuvieron a punto de desaparecer, como ciertas aves, el rebeco asturiano o el oso, que hoy solo se encuentra en una pequeña parte del territorio español. Escritos de entonces sobre la caza ya hablan de la quema de campos por ganaderos, que influía negativamente en dicha actividad.

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El número de cazadores en 1876 era de unos 300000 en España. También se distinguía, por aquel entonces, entre furtivos y «buenos cazadores», o entre aquellos que cazaban con «buenas prácticas» o los que utilizaban trampas, cepos o lazos, distinción existente desde la Edad Media.

En la época de Franco (1892-1975), el propio dictador también fue un defensor de la caza, actividad que practicaba habitualmente, y en ocasiones, descuidando funciones gubernamentales como hicieron monarcas de los que ya hemos hablado. Imágenes del dictador en cacerías o pescando eran conocidas por todos los españoles.

A día de hoy, como se dictó hace más de 100 años, «todos los españoles pueden cazar», siempre que tengan licencia, porque si no estarían cometiendo una ilegalidad. Como también debería ser una ilegalidad la propia actividad cinegética que no solo es la peor amenaza para los animales salvajes, sino que también supone un enorme desequilibrio para la naturaleza que nos rodea y un peligro para los propios seres humanos. Como dato esperanzador, el número de licencias otorgadas anualmente baja y la media de edad de los cazadores es bastante alta, lo que significa que esta práctica está generando cada vez menos interés. Puede que, en pocos años, como sucederá con la tauromaquia, la caza pase a ser historia en España.

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Eslava, J. (1995). Historia de España contada para escépticos. Planeta.

Estallo, S. (2017). Una historia cultural de la aristocracia en la Edad Media a través de la caza. Trabajo de Fin de Grado. Universidad de Zaragoza.

Imperivm. Artemisa, la diosa griega de la cacería y los animales salvajes.

López, A. (1991). Algunos aspectos de la evolución de la caza en EspañaAgricultura y Sociedad 58, 13-52.

Ramírez, P. (2021). La montería, historia milenaria. La Iberia.

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