¿Por qué me invitas a un asador si sabes que soy vegana?

No seré la única persona vegana a la que alguna vez una de sus amistades o familiares ha invitado a un asador o restaurante especializado en carnes. Me pregunto si lo hacen por compromiso, por falta de empatía o comprensión, o por ponernos en una situación incómoda. Lo peor de todo es que muchas veces ni siquiera consultan si quienes no comemos carne tendríamos alguna opción allí.

¿Se te ocurriría invitar a un celiaco a un restaurante sin apenas opciones sin gluten? ¿O a un intolerante a la lactosa a una heladería cuyos helados se hacen con leche? ¿O a una persona musulmana a un establecimiento especializado en carne de cerdo? ¿O a alguien muy católico a cenar filetes un viernes de cuaresma? Ser vegano o vegana no es un capricho ni una dieta que te puedes saltar un día y no pasa nada. Y es cierto que tampoco es ninguna patología ni ninguna religión, pero no por ello es menos importante.

El posicionamiento ético de un ser humano debería tenerse tan en cuenta como sus creencias religiosas, sus alergias e intolerancias o sus gustos personales, porque estoy segura de que muchas personas no invitarían a un amigo al que no le gusta nada la carne a un asador, pero sí invitarían a un amigo vegano porque lo consideran un capricho, aunque realmente no sé qué se les pasa por la cabeza. ¿Que la persona vegana va a hacer una excepción un día? ¿Que va a aceptar sin asegurarse de que tendrá opciones? ¿Que su posicionamiento ético no es algo serio? Quizá esto obedezca a lo normalizado que está el consumo de carne y lo extraño que resulta para los demás que alguien no la coma y no sea por una patología o religión. Pero por más que le busco una explicación, no la encuentro.

¿Qué hace un vegano en un asador?

Y ahora dejo de cuestionarme algo a lo que no encuentro respuestas claras para pasar a definir la realidad. ¿Qué hace un vegano cuando le invitan a un asador? Pues hay de todo. Seguramente, muchos dirán que no y otros tantos aceptarán. Ambas opciones pueden ser las más cómodas (la primera, para uno mismo; y la segunda, para los demás). Si me invitasen, yo dudaría en aceptar, y lo haría en función de la compañía y de las opciones que pudiese tener. En el pasado, he rechazado invitaciones a este tipo de establecimientos inventándome cualquier excusa, pero sin mencionar el veganismo para evitar debates incómodos. Esto fue al principio, pero ahora que todos en mi entorno ya saben cómo me alimento, es absurdo inventarme excusas.

Considero que a veces la mejor decisión es quedarse en casa, y lo es por muchas razones. En primer lugar, porque si aceptas sabes que en algún momento de la cena o comida va a salir el tema del veganismo y te van a decir que las plantas sufren, que la carne es necesaria o que está muy buena, que no sabes lo que te pierdes, que siempre se ha comido carne, que a uno de los presentes le encantan los animales pero que un chuletón es un chuletón, que qué comes, etc.

En segundo lugar, porque quizá lo único que vas a poder comer es una ensalada de lechuga, tomate y cebolla y una parrillada de verduras por la que te van a cobrar 20 euros y que bien podrías prepararte en tu casa por un precio mucho más reducido.

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En tercer lugar, porque puede que no te guste el hecho de tener que ver y oler carne por doquier. Los demás ven comida y tú ves trozos de cuerpos de animales que sufrieron dolor, que fueron explotados y que querían vivir. A veces, lo mejor para la salud mental es quedarse en casa sin pasar por determinadas situaciones.

Por no hablar del proceso de tener que informarte sobre el menú. Si quien organiza la comida no se ha preocupado por preguntar si existe la posibilidad de que te pongan un plato vegano, te tocará hacerlo a ti. Y eso implica lidiar con el personal del restaurante, que puede que no tenga ningún reparo, o puede que ponga mala cara cuando le preguntes por esa opción, o en algunas ocasiones, que ni siquiera sepa lo que es el veganismo y te diga que puedes comer huevo frito con patatas o ensalada con atún. Lo bueno es que de esta manera, visibilizas que también existimos y que estamos demandando productos sin sufrimiento.

A veces, quizá también tendrás que lidiar con el resto de personas que acudirán a la cita, pues te tacharán de extremista o exagerado por el hecho de asegurarte al cien por cien de que lo que vas a comer sea cien por cien vegetal.

¿Por qué no vamos todos a un sitio vegano?

Me pregunto si llegará el día en que cuando mis amigos o familiares me inviten a comer, sea en un restaurante vegano. Sí, seré a única vegana y los demás pensarán que se están «sacrificando por mí», pero es que la opción cien por cien vegetal es la más inclusiva. Salvo alergias a ciertos alimentos, seguramente todos incluyen en su alimentación, en mayor o menor medida, alimentos vegetales. ¿O es que acaso hay alguien que basa toda su dieta en carne?

Lo que ocurre es que existe la falsa creencia de que la comida vegana les dejará con hambre, que no les va a gustar porque les va a saber a espinaca hervida o a lechuga sin condimentar, que no puede ofrecernos un menú completo y saciante o que es caro. De hecho, una vez, tras una visita a Madrid le comenté a una amiga que había estado probando diferentes restaurantes veganos, a lo que me contestó: «¿pero esos sitios serán caros, no?». Pues no. Ni más caros ni más baratos que cualquiera convencional.

Es hora de que saquemos los prejuicios y de que tengamos un poco más de empatía en este tipo de situaciones.

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