España es el principal productor acuícola de la Unión Europea
Con más de 254 millones de peces, tanto de agua dulce como de agua salada, criados y sacrificados cada año en piscifactorías industriales que los cuentan por toneladas, España es el primer productor acuícola de la Unión Europea. Pese a las cifras, estos animales carecen de protección legal en nuestro país, y la normativa europea es muy laxa. En ellos pone el foco la última investigación de AnimaNaturalis, centrada en la vida y la muerte de los animales criados en la acuicultura.
Las piscifactorías siguen ignorando la evidencia científica sobre la sintiencia de los peces, reconocida en el Tratado de Lisboa de 2009. Las prácticas de esta industria, además, permanecen invisibles a la sociedad.
El 70% de los peces de agua dulce en piscifactorías son truchas arcoíris, con más de 30 millones de individuos criados al año de manera intensiva en granjas caracterizadas por sus altos niveles de mortalidad.
Estos animales son criados en piscinas o tanques en los que viven hacinados, con el cortisol disparado que les provoca estrés crónico y comportamientos estereotipados similares a los que presentan numerosos animales en cautividad. La degradación de sus músculos les impide crecer y debilita su salud. El espacio reducido también les imposibilita cualquier comportamiento natural y contribuye a la aparición de lesiones provocadas por choques, por la erosión de sus aletas al chocar contra las rejas, por la caída de sus escamas o por agresiones entre individuos.
La alta densidad de peces también empeora la calidad del agua, que puede carecer de oxígeno disponible mientras aumenta el amoníaco producido por los desechos de los peces.
El hacinamiento también obliga a los peces a competir por el alimento. Los más débiles quedan hambrientos o son agredidos.
Las piscifactorías también son un foco de enfermedades, con brotes constantes para los que la industria recurre a tratamientos antibióticos o antiparasitarios, pero no existen protocolos veterinarios estandarizados ni se realiza ningún seguimiento epidemiológico, lo que no solo repercute en el sufrimiento de los peces, sino también en el consumo de su carne. Enfermedades comunes en las piscifactorías son la enteritis bacteriana, la furunculosis o la necrosis pancreática infecciosa (IPN), las cuales ni se declaran ni se monitorizan.
Por otro lado, la forma como se manipula a estos animales es especialmente violenta. «En muchas instalaciones se emplean máquinas de succión que absorben a los peces a alta velocidad para clasificarlos por tamaño. Este método provoca manipulaciones bruscas: los peces salen disparados contra tuberías o pareces metálicas, sufren hematomas, aletas desgarradas y pérdidas de escamas, mientras el estrés dispara su cortisol. En granjas más pequeñas, se usan redes manuales o bombas de agua que atrapan a los peces; estos quedan enredados y expuestos al aire durante varios minutos», explican desde AnimaNaturalis. En esta situación, los peces sufren riesgo de asfixia, desorientación, choques, e incluso muertes agónicas que responden al bajo coste y la rapidez que busca la industria.
Sufrimiento hasta el último momento
Para el sacrificio, los peces son trasladados a mataderos en barcos vivero o en grandes tanques móviles donde los niveles de oxígeno son aún más bajos. En ellos continúa el hacinamiento, el estrés, los choques y las lesiones. «Los animales reciben malos tratos constantes hasta el último momento antes del sacrificio», señala AnimaNaturalis.
El método más común de sacrificio es el shock térmico, por el que los peces son sumergidos vivos en hielo o en agua helada durante largos minutos, lo que les provoca hipotermia o asfixia. Muchos permanecen conscientes durante la evisceración y se les puede ver aleteando o moviendo su cuerpo. La industria vende este método de sacrificio como el «más humanitario». AnimaNaturalis recalca que el procedimiento incumple la normativa europea 1099/2009, que prohíbe causar dolor o angustia evitables a animales en el momento del sacrificio.
Otro de los métodos es la percusión, un golpe directo en la cabeza, que tiene un alto índice de error por fallos mecánicos o de manejo que dejan a muchos animales conscientes durante el corte y la decapitación.
Una vez muertos o todavía agonizando, los peces son apilados en cajas de transporte. Los que permanecen vivos mueren asfixiados o aplastados por los cuerpos de otros individuos.
La industria también permite ayunos de varios días para «limpiar el intestino» de los peces. Esto debilita su sistema inmunológico y aumenta el estrés y la agresividad en truchas.
«No escuchamos sus gritos y su agonía se ahora bajo el agua», apunta Aïda Gascón, directora de AnimaNaturalis España. «Medir vidas sintientes en toneladas no es solo técnico: es una estrategia para convertir el sufrimiento en mercancía anónima. Cada pez es un individuo que agoniza en redes superpobladas, pero la industria los borra contabilizando cadáveres, no seres vivos», agrega.
Lagunas legales
AnimaNaturalis denuncia que las normativas europeas (Tratado de Lisboa de 2009 o la Directiva 98/58/CE), que exigen estándares mínimos de manejo, calidad del agua y sacrificio para especies acuáticas, son genéricas y no fijan límites claros de densidad, enriquecimiento ambiental ni formación de personal, y presentan claras lagunas.
España, por su parte, no cuenta con ninguna normativa específica sobre acuicultura, y la regulación recae en las comunidades autónomas, pero sus normativas medioambientales y sanitarias apenas tocan el bienestar animal.
Así, las piscifactorías no tienen límites fijados de población, ni requisitos sobre el sacrificio. A los peces tampoco se les presta la misma atención que a otras especies criadas por la ganadería.
AnimaNaturalis mantiene abierta una petición para exigir una protección real de los peces en piscifactorías.


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