La industria ganadera es responsable de más del 14% de las emisiones de gases de efecto invernadero que contribuyen al calentamiento global y a la consecuente emergencia climática en la que estamos inmersos y que acaba de dejarnos imágenes tan devastadoras como la de la DANA en Valencia. Algunas personas miran para otro lado, otras creen que el «siempre se ha comido carne» sirve de algo en este contexto y otras optan por el negacionismo, pero cada vez son más las que son conscientes de este impacto.
Pero la industria ganadera tiene sus estrategias para convencernos de que es sostenible. La más clásica ha sido el uso de anuncios e imágenes de animales felices en granjas extensivas, que tienen mejor consideración que las intensivas, aunque estén publicitando productos procedentes de estas últimas. Otras veces, son otros tipos de explotación animal los que se presentan como la solución a cuestiones como la pérdida de biodiversidad, la conservación de las especies o el cuidado de la naturaleza. Es el caso de la apicultura.
Habitualmente nos enfocamos en la publicidad engañosa de la industria cárnica y láctea mientras este lobby denuncia a empresas veganas por «engañar» a los consumidores, pero puede que la miel sea uno de los productos de origen animal que más engaña a los consumidores: muchos amantes de este néctar no solo están convencidos de que la miel es una alternativa saludable al azúcar, sino que también piensan que es sostenible, natural y que la apicultura va a evitar la extinción de las abejas.
Nada más lejos de la realidad. La miel es un negocio, al igual que lo son la leche, la carne y los huevos. La cría de abejas en la apicultura se da únicamente para satisfacer los intereses económicos de los apicultores, y la obtención de miel es un proceso en el que mueren miles de insectos, algo que para nada contribuye a la conservación de la especie y a la consiguiente protección de la biodiversidad y los ecosistemas.
En la naturaleza, las abejas sellan con cera cada una de las celdas de los panales, en las que se encuentra la miel, para mantenerla y alimentarse de ella con posterioridad. En la apicultura, la miel se extrae antes de que esto tenga lugar. Literalmente, se les impide a las abejas alimentarse. ¿Y esto se llama conservación?
En este punto, algún defensor de la apicultura respondería que no se retira toda la miel de los panales para evitar que las abejas mueran de hambre o que se les aporta un sustituto, lo que por supuesto, obedece a unos intereses económicos, no a la conservación de la especie. Pero resulta que aunque nos cueste creerlo, las abejas no producen un excedente de miel para que esta sea utilizada por seres humanos, o dicho de otra forma, no trabajan para nosotros, sino que sencillamente, producen miel para ellas. Dejarles solo una parte de la producción no las ayuda. Ni ayuda a su preservación. Ni ayuda al medio ambiente.
La naturaleza es sabia, y por ello las abejas tienden a escapar de las colmenas en que son criadas para buscar un lugar seguro en el que realmente puedan desarrollarse y actuar de acuerdo a sus propios intereses, lo que conlleva que cortar las alas a la abeja reina, que lideraría ese traslado, sea una práctica habitual en la apicultura. Así no pueden escapar.
El apicultor decide incluso qué plantas polinizan las abejas, lo que luego dará nombre a su miel (de azahar, de castaño, de flores, de madroño, y un largo etcétera). Y la polinización de un solo tipo de planta es, por cierto, una de las razones por las que las abejas se están extinguiendo, ya que esta escasa variedad de flores las debilita.
Pero sigamos con cómo la apicultura conserva a las abejas. La manipulación de los panales para la extracción de la miel provoca incontables aplastamientos y amputaciones de extremidades y alas. Los insectos también son rociados con humo para evitar picaduras al apicultor y para ahuyentarlas durante el proceso. Prácticas, todas ellas, super eficaces para la conservación de la especie y el cuidado del medio ambiente, por no hablar de los productos químicos con los que a veces son tratadas las colmenas.
Muchas abejas, por si fuera poco, también mueren durante traslados a plantaciones en las que son utilizadas para polinizar, por ejemplo, en campos de almendros de California (Estados Unidos).
Incluso las instituciones parecen creerse que la apicultura es la solución a la extinción de las abejas, y justifican por ello cuantiosas subvenciones. ¿Qué tipo de contribución a la conservación de una especie es ayudar al sector que explota, debilita o mata a sus miembros?
Lamentablemente, que las instituciones apoyen la explotación animal no nos sorprende, aunque resulta chocante que lo hagan aludiendo a la sostenibilidad, la conservación o el cuidado del entorno. Después nos extrañamos cuando desde cuentas oficiales se habla del medio ambiente, la biodiversidad y la naturaleza con imágenes de pastos cuya existencia ha supuesto la destrucción del medio ambiente y la desaparición de la biodiversidad, y que son todo lo contrario a la naturaleza, pues son espacios artificiales. Puede que consideren que los pastos son más estéticos que un bosque en el que se deja crecer la vegetación, donde no se realizan podas abusivas y donde se permite habitar a los animales salvajes, como el lobo, los conejos, los topos, los ratones, y por supuesto, las abejas.


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