Una encuesta revela que los síntomas del duelo son similares independientemente de la especie del fallecido
Uno de cada cinco tutores de animales afirma haber sufrido más por la pérdida de un compañero no humano que por la de una persona cercana. Así lo revelan los resultados de una encuesta dirigida a alrededor de 1000 personas responsables de al menos un animal, que muestra que la especie no importa a la hora de afrontar un duelo.
El estudio se propuso averiguar si existen diferencias entre el duelo tras la muerte de un ser humano y el que se produce tras la pérdida de un animal. Los investigadores explican que si aceptamos la premisa de que «la pérdida de una relación de apego es central para el duelo, es razonable esperar que pueda ocurrir después de la muerte de un animal«.
Los participantes, reclutados en Reino Unido, proporcionaron información sobre su forma de afrontar los diferentes duelos. A partir de ahí, los investigadores evaluaron si sus respuestas encajaban con el sufrimiento de trastorno por duelo prolongado (TDP), un conjunto de síntomas asociados a la pérdida de una persona que van desde la añoranza hasta el sufrimiento emocional intenso, la culpa, la tristeza y la dificultad para aceptar la muerte. Tradicionalmente, la definición de este trastorno no ha incluido la pérdida de un animal no humano como causa.
La pérdida más angustiosa
De los encuestados, un tercio (32’6%) afirmó haber experimentado la muerte de un animal querido. La mayoría señaló que había vivido, además, la de un ser humano. Pero el 21% de los participantes apuntó a la muerte del animal como la más angustiosa por la que habían pasado.
Así, los investigadores no hallaron variaciones significativas entre los síntomas de duelo que produce la muerte de una persona cercana y los que produce la de un animal. La tasa de participantes afectados por síntomas compatibles con el TDP tras la muerte de un animal fue del 7’5%. La cifra es similar a la de otros casos estudiados: 7’8% para un amigo cercano; 8’3% para abuelos, primos y tíos; 8’9% para hermanos y 9’1% para parejas. Solo la muerte de un progenitor (11’2%) y la de un hijo (21’3%) fueron notablemente más altas.
«Las personas pueden experimentar niveles clínicamente significativos de TDP tras la muerte de un animal, y los síntomas se manifiestan de la misma manera independientemente de la especie a la que pertenezca el individuo fallecido», concluyen los investigadores.


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