Animales y cosmética

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Los fabricantes de cosmética llevan décadas probando sus productos en animales, a pesar de que la fiabilidad de estas pruebas es dudosa, de que existen alternativas sin crueldad y de que en muchos casos ya se conocen los efectos que pueden tener los ingredientes o determinados compuestos. Parece que muchas marcas se niegan a avanzar hacia otros métodos que igualmente garantizarían la seguridad para los consumidores y con los que cumplirían la normativa, y mientras tanto, millones de animales siguen sufriendo en laboratorios de todo el mundo para que podamos comprar jabones, cremas, maquillaje o desodorantes, si bien algunos países ya han prohibido las pruebas de cosméticos en animales. Es el caso de Canadá, Chile o Brasil.

¿Pero por qué se siguen utilizando animales para probar productos cosméticos o sus ingredientes? En cierto modo, sigue existiendo la absurda creencia de que si alguno de estos perjudica o tiene efectos negativos en un animal, supondrá lo mismo para los humanos, al igual que sucede con los ensayos de medicamentos. Sin embargo, las reacciones en otras especies no necesariamente se manifiestan igual en la nuestra.

La otra respuesta es fácil de entender: los animales usados en laboratorios son un negocio con el que se lucran granjas y criaderos en todo el mundo que venden a los animales a laboratorios, incluyendo los universitarios. En España, tenemos la principal granja de primates para su uso en laboratorios de toda Europa, Camarney. También existen criaderos de otros animales utilizados para experimentación, como conejos, cobayas, roedores o perros de raza beagle.

Habitualmente, estos animales son sacrificados tras finalizar el experimento, e incluso se estudian las reacciones que este tuvo en sus organismos. Otras veces se mantienen con vida para volver a usarlos en otros ensayos.

Test de Draize y dl50

En conejos, una de las pruebas más frecuentes es la de Draize, que consiste en inmovilizarlos mientras se mantienen sus párpados abiertos para introducirles ingredientes potencialmente nocivos en los ojos y observar cómo reaccionan, sin que puedan cerrarlos o rascarse. El período de observación puede alargarse días o semanas. En este tiempo, los animales pueden presentar hemorragias, hinchazón o quedar ciegos total o parcialmente. Los ojos de los conejos son extremadamente sensibles y muy distintos a los humanos, un indicador de que no solo los elementos testados no actúan de la misma manera en nuestra especie, sino también de que el sufrimiento que padecen los animales es aún mayor.

Otra prueba especialmente cruel es la DL50 (dosis letal 50), cuyo objetivo es determinar la cantidad exacta de una sustancia para ser letal para el 50% de la población expuesta a ella. Así, se expone a animales a dicha sustancia, por ejemplo alimentando a la fuerza a ratas con sustancias químicas u obligando a ratones a inhalar una fragancia mientras se va aumentando la dosis hasta que la mitad de ellos muere. Cuando menor es el valor DL50 obtenido, se interpreta que más tóxico es el producto, puesto que requiere una dosis menor para ser más nocivo. Esta prueba ha sido muy utilizada en los plaguicidas.

Cómo es la vida de un animal «de laboratorio»

Los llamados «animales de laboratorio», que en realidad son animales que alguien ha decidido que sean usados en laboratorios, pero no que hayan nacido exclusivamente para servirnos, como da a entender dicho término, pueden proceder de granjas o criaderos, aunque en ciertos casos, como el de algunos primates, son capturados en libertad. Tanto en los criaderos como en los laboratorios, los animales se mantienen encerrados en jaulas y solo se les saca durante el experimento, por lo que a menos que hayan nacido libres, nunca conocerán la luz del sol.

Por supuesto, es igual de atroz capturar a un animal para trasladarlo a un laboratorio que criarlo para este fin. Realmente no importa tanto la procedencia de los animales, o si se mantienen en jaulas o no, o el nivel de crueldad de los ensayos, o si existen alternativas a estos. El foco debería ponerse en el hecho de estar usando animales para nuestro beneficio, ya sea por una supuesta seguridad en los productos que utilizamos a diario o por el beneficio de quienes se lucran de este negocio.

Ningún animal nace para servirnos o complacernos, y no tenemos derecho a arrebatarle su vida y su libertad, independientemente de las circunstancias.

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