Torturar a toros, vaquillas y becerros ya no está bien visto. Una mayoría social rechaza la tauromaquia, realidad que muestran las encuestas tanto oficiales como privadas. Este 2025, el movimiento antitaurino ha logrado llevar al Congreso de los Diputados más de 700000 firmas para derogar la ley que protege la tauromaquia como patrimonio cultural, una figura que le permite al sector mantener el negocio a base de subvenciones cuando los datos de asistencia están bajo mínimos.
Otra forma de protección a la tortura era el Premio Nacional de Tauromaquia, eliminado por el actual Ministerio de Cultura y restaurado poco después por el Senado y varias comunidades autónomas. También lo es toda declaración de la tauromaquia como «bien de interés turístico» o similares, figura a la que se agarró Tordesillas para proteger sus encierros taurinos, poco antes de que la justicia declarara el Toro de la Vega ilegal.
¿Pero realmente la tauromaquia genera turismo? Afirmar que sí contradice los datos de asistencia y de interés por los festejos taurinos.
Es cierto que algunos eventos taurinos congregan a multitudes. Las imágenes de plazas de toros llenas que vemos en algunos medios de comunicación pueden ser reales, aunque a veces las cámaras únicamente enfocan a la zona de sombra, que en verano puede agrupar a la mayoría de los espectadores, mientras que el resto de la plaza está vacía. También solemos ver en medios locales imágenes de encierros o capeas con numerosos asistentes.
Pero recapitulemos. Entre 2021 y 2022 menos del 2% de la población española asistió a corridas de toros, según la Encuesta de Hábitos Culturales. Se estima que una de cada cuatro personas accede de forma gratuita a estos eventos, incluidas niñas y niños a los que se busca inculcar la tauromaquia desde temprana edad para desensibilizarlos ante el maltrato animal y por aquello de no perder la tradición. De una forma absolutamente machista, algunos programas de corridas de toros también llaman a las mujeres a acudir gratuitamente. Otras veces, directamente se regalan las entradas a diestro y siniestro, quienes no acudirían pagando ni los 15 euros que cuesta a pleno sol, ni los más de 100 que puede costar en un lugar privilegiado.
Las entradas regaladas permite al sector taurino engordar sus datos de asistencia a corridas de toros, pero también lo hacen contando como espectadores únicos a taurinos convencidos que se recorren una a una las plazas de toros de España. Y de estos quedan pocos. Muchos, además, solo asisten a grandes eventos, como los de San Isidro en Madrid, los de la Feria de Abril de Sevilla o los de San Fermín en Pamplona. Otros eventos, considerados de menor categoría o menos conocidos, congregan a muchas menos personas, por eso el sector taurino difunde, especialmente, las imágenes de sus grandes ferias.
Del mismo modo, los aficionados a festejos taurinos populares suelen recorrerse todos los pueblos de su provincia (o más allá) en los que se celebran encierros, concursos de recortes o capeas.
Otras personas, no tan aficionadas, reconocen abiertamente que acuden «por la fiesta«, y algunas de ellas pueden acabar viendo un encierro junto a esos jóvenes aficionados y no tan jóvenes que visitan el pueblo en verano nostálgicos de un pasado que no fue mejor. Otras van directamente a la fiesta (la fiesta literal, no la «fiesta» taurina que para los toros no es ninguna fiesta), por lo que cabe suponer que si no se organizaran festejos taurinos en muchos municipios, otro tipo de eventos y actividades atraerían igualmente al público.
Las fiestas de San Fermín en Pamplona son el claro ejemplo que congrega a numerosos jóvenes «por la fiesta», y a numerosos aficionados taurinos «por no perder la tradición«. Veremos qué opinan los pamploneses sobre torturar animales en la encuesta que ha preparado el Ayuntamiento de la capital sobre esta cuestión y que podría ser clave en el futuro de este evento de carácter taurino. Porque no nos olvidemos de que San Fermín y otras celebraciones (en honor a santos para nada taurinos, por cierto) se envuelven en torno a la tauromaquia. Y esa es la excusa perfecta para que los festejos taurinos se proclamen como el mayor atractivo turístico. ¿Qué sería de ellos si no asistieran todos aquellos que lo hacen «por la fiesta»? Otras personas a las que nos gusta divertirnos optamos por no acudir a eventos como San Fermín, precisamente porque ese carácter taurino no nos parece divertido, así como algunos artistas se han negado a actuar en estas celebraciones por el mismo motivo.
Lo cierto es que quienes van «por la fiesta», ni quienes lo hacen como fervientes aficionados taurinos, ni quienes acuden con las entradas regaladas son turistas. Ya lo dijo el movimiento antitaurino hace años: la tortura no es cultura. Y mucho menos turismo. Pero aunque lo fuera, seguiría sin estar justificado el maltrato animal. ¿Irías a las Islas Feroe para ver las sangrientas matanzas de delfines o a Perú para ver una pelea de gallos?


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