La compra de reptiles financia el comercio de animales exóticos, que supone un enorme desequilibrio para la biodiversidad
Los medios de comunicación británicos se han visto inundados, en las últimas semanas, de titulares que alertan sobre una propagación de las serpientes por todo el país e incluso de un ataque a un perro por parte de una de ellas. Tras el sensacionalismo o el alarmismo que muestran algunos medios, las organizaciones animalistas señalan que las altas temperaturas están volviendo más activas a las serpientes, «excelentes artistas de la fuga», y numerosos propietarios de estos animales han denunciado su pérdida.
En Reino Unido, alrededor del 1% de la población convive con una serpiente, es decir, en el país existen medio millón de estos animales viviendo en cautividad en casas de particulares. La compra de serpientes y otros animales exóticos se ha disparado desde el confinamiento, casi siempre pitones, boas constrictor o serpientes del maíz.
Si bien las serpientes solo aparecen en los medios de comunicación cuando atacan a otro animal o humano en una ciudad, cuando se cuelan en casa de algún vecino o cuando se escapan de la de su propietario, la compra de animales exóticos no ha dejado de ser cuestionada por los colectivos animalistas. En el caso de las serpientes, estas necesitan un espacio amplio para desarrollarse y llevan una vida compleja imposible de satisfacer en cautividad. Por tanto, su impulso de vivir en libertad se mantiene a pesar de haber sido criadas en el cautiverio.
Algunas investigaciones han estudiado el impacto de la cautividad en la salud de las serpientes, en la aparición de enfermedades y en los cambios de comportamiento con respecto a su naturaleza. Los vendedores las describen como «mascotas fáciles de mantener y sedentarias», pero estos animales se han definido como los que peor lo pasan en cautividad. Muchas veces, son mantenidas en jaulas en las que ni siquiera pueden estirarse por completo.
Durante olas de calor como la que actualmente viven algunos países europeos, es habitual que los ofidios intenten escapar de manera desesperada.
La compra de estos animales financia el comercio, a veces ilegal, de especies exóticas que pueden convertirse en depredadoras de animales autóctonos cuando se escapan y se adaptan a la vida en un hábitat que no es el suyo, lo que provoca cambios en la biodiversidad y en el medio ambiente. También se convierte en un peligro para la salud pública. En estos casos, las autoridades pasan a denominarlas «plaga» o «invasoras«, poniendo el foco en el control letal de los individuos y no en la prohibición del comercio de estos.
En ocasiones, las serpientes son capturadas en sus lugares de origen para venderlas o para convertirlas en madres reproductoras. A veces se transportan en cajas diminutas, sin agua ni comida. En países como Reino Unido, la mayoría de las serpientes vendidas han sido criadas en cautividad, pero más de 30000 reptiles en peligro de extinción fueron importados al país entre 2010 y 2019.
Fuente: Plant Based News.


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