Convertir la biodiversidad en dinero significa destruirla

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A lo largo de prácticamente toda la historia, nuestra relación con la naturaleza ha sido de posesión, dominio y beneficio para unos pocos de nuestra especie, pero en perjuicio del resto de los humanos y no humanos, algo que se ha ido acrecentando con el paso del tiempo.

No solemos pensar que los ecosistemas y la biodiversidad tienen valor por sí mismos. El único valor que les damos es el económico, e incluso en el pensamiento ecologista a veces se percibe ese egoísmo de querer salvar el planeta por el bien de nuestra especie o por nuestra propia salud.

Pensamos que los bosques existen para darnos madera, o a lo sumo, sombra. Que los árboles nos dan fruta y los que no lo hacen, no sirven para nada. Que tenemos el derecho de talar esos árboles que consideramos no cumplen ninguna función para plantar cultivos más rentables. No nos importan los beneficios de esos árboles para el resto de las especies, y así hemos llevado a la extinción o al borde de la desaparición a unas cuantas. En el año 2023, seguimos destruyendo la naturaleza para hacer crecer las ciudades, para implantar minas e industria. Y si algo nos preocupa de la crisis climática, es que puede que no podamos seguir explotando algunos recursos.

En este escenario, las industrias que más han contribuido a su aparición se denominan «verdes» y necesarias para evitar que el planeta colapse. ¡Qué ironía! Las madereras señalan que la intervención de los seres humanos en la naturaleza es sostenible y es necesaria para la conservación o para evitar incendios forestales, plagas, desempleo o despoblación, y el discurso varía dependiendo de la zona del mundo donde nos encontremos. Lo que no nos dicen es que solo les importan unas pocas especies de árboles para obtener madera, es decir, no les importa la biodiversidad. Tampoco nos dicen que lo que quieren es obtener ganancias económicas por encima de la sostenibilidad de la que tanto hablan.

Así se justifica la tala de árboles. La industria maderera es muy semejante a la ganadera, que también va por el mundo con el discurso de la sostenibilidad y de que es necesaria para prevenir incendios, enfermedades zoonóticas o para generar riqueza en un territorio. Vuelve a ser una ironía, pues nada de eso casa con la ganadería.

Está claro que además de explotar a las especies de flora, hacemos lo mismo con la fauna. Hemos domesticado y seleccionado genéticamente a numerosas especies para nuestros intereses y nos atrevemos a decir que gracias a que las explotamos no se extinguen, cuando lo cierto es que jamás habrían existido en la naturaleza. Y que una cosa es preservar una raza concreta y otra muy distinta es criarla por millones de individuos para obtener su carne.

Pero la explotación en la ganadería es solo una de las evidencias del poco respeto que tenemos hacia los otros animales. A la fauna salvaje también la hacemos sufrir por nuestro egoísmo.

Hemos destruido las zonas costeras para construir hoteles y cuando los animales marinos se acercan, los matamos. Como muestra de ello, lo que cada verano vemos en las playas con las medusas. Solo queremos disfrutar, ¡cómo nos vamos a plantear dejar a las medusas en paz, quedarnos en casa, hacer otros planes o trasladarnos a otra playa! ¡Cómo nos vamos a plantear respetar a unas simples medusas!

Unos pocos ricos quieren navegar con sus veleros y piden medidas para que las orcas no los persigan, como si el océano fuera propiedad de esos ricos y no el hábitat de las orcas. Tampoco dejamos a las tortugas poner sus huevos tranquilamente. Y cuando un animal llega a la playa varado, en lugar de ayudarle nos hacemos fotos con él.

Fotos como las que nos hacemos con primates, elefantes, osos o felinos en otras actividades turísticas, dando por hecho que un animal salvaje quiere ser explotado para hacerse una foto con nosotros. Eso sí, cualquier signo de agresividad que muestre es motivo para pedir su ejecución o para que su propietario lo maltrate. Tal vez el turismo es uno de los ejemplos más claros de la mercantilización de los otros animales.

Pero hay más. Compramos especies salvajes para presumir en redes sociales, y cuando nos molestan, las abandonamos en un hábitat que no es el suyo mientras les ponemos el nombre de «invasoras«. También se compran animales salvajes para obligarlos a hacer números ridículos en circos y zoológicos, encerrados de por vida.

Es evidente que el impacto cero no existe. Que cualquier mínima acción puede afectar a otras especies. Pero eso no justifica el consumo voraz al que estamos acostumbrados, el uso de otros animales para divertirnos, el hecho de acabar con su vida o llevarlos a la extinción si nos molestan o usarlos para fines que únicamente obedecen a nuestros propios intereses.

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