No es extraño que las personas que quieren dejar de comer animales empiecen por la carne y continúen consumiendo pescado, o mejor dicho, peces. Lo cierto es que la actividad pesquera acaba con la vida de una cifra incontable de estos animales, cuyas muertes se cuentan por toneladas y no por número de individuos. Hasta en ese punto los cosificamos. Además, a veces pensamos que los peces son una especie de seres insensibles a los que no les afecta ser capturados, e incluso los consideramos más saludables porque estamos tan alejados de los ecosistemas acuáticos que no tenemos ni idea de lo contaminados que están y el impacto que ello tiene en los individuos que lo habitan.
Lo cierto es que aunque no se comporten como nosotros, ni como los cerdos o las vacas, los peces son seres sintientes al igual que los mamíferos. Su reacción cuando son capturados en redes y sacados del agua es una muestra de ello. Es fácil darse cuenta de que no quieren morir y de que lo están pasando mal, y teniendo en cuenta las cifras, resulta inconcebible el sufrimiento que les causa la actividad pesquera, independientemente de que hablemos de pesca industrial o recreativa.
Existen estudios que sostienen que los peces no solo reaccionan ante estímulos, sino que pueden experimentar dolor, característica común en el reino animal. Por desgracia, muchos de estos estudios se han desarrollado dañando a los peces para comprobar su reacción, como algunos en los que se les puso ácido y posteriormente medicinas para calmar el dolor.
Los peces tienen nociceptores (receptores del dolor), que se activan cuando el cuerpo se lesiona o se expone a estímulos peligrosos, como la temperatura. Estos nociceptores, descubiertos por primera vez en los peces en 2002, comunican al cerebro que el organismo está experimentando una amenaza para que pueda responder en consecuencia.
Cuando los peces son sometidos «a un evento potencialmente doloroso, muestran cambios adversos en el comportamiento, como la suspensión de la alimentación y la reducción de la actividad«, señala la investigadora Lynne U. Sneddon. Si a los animales se les proporciona acceso a fármacos analgésicos, lo habitual es que lo busquen. Además, si posteriormente se les vuelve a presentar la misma fuente de dolor, tratarán de evitarla.
Pero no es necesario investigar demasiado para darse cuenta de que los peces sufren cuando se les clava un anzuelo o cuando se asfixian, ambos casos frecuentes en la industria de la pesca o de la cría de peces.
Además, estos animales son extremadamente sensibles a los cambios de ambiente, y pasar del agua a un barco puede llevar a sus órganos a colapsar.
Todo este sufrimiento es totalmente innecesario, ya que no solo no necesitamos comer peces para sobrevivir, sino que la industria pesquera está acabando con la vida en los océanos.
Y por cierto, las alternativas vegetales al pescado tienen un futuro muy prometedor.
Fuente: Sentient Media.


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