Los hábitos de consumo en los países del norte global contribuyen a la destrucción de los hábitats del sur
La producción de alimentos de origen animal, principalmente los derivados de la ganadería vacuna, ovina y caprina, es el principal motor de la pérdida de biodiversidad. Así lo concluye un estudio publicado en septiembre en la revista Nature Food, que revela el impacto de cada alimento en el riesgo de extinción de especies. Otra investigación reciente concluía que la transformación hacia dietas vegetales será clave para evitar buena parte de las extinciones previstas.
Según los investigadores, la producción de carne tiene un impacto desproporcionado sobre la naturaleza, en comparación con los alimentos de origen vegetal.
Para calcular el impacto de la actividad agro-ganadera en la biodiversidad, los autores desarrollaron la métrica LIFE (Land-cover Change Impacts on Future Extinctions), que cuantifica cómo cambia el riesgo de extinción de unas 30000 especies de vertebrados terrestres cuando su hábitat se ve alterado o restaurado.
Los investigadores también recurrieron a datos de la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
A través de esta metodología, los autores determinaron la huella de extinción de cada alimento desde su lugar de producción hasta que llega al plato del consumidor, para ofrecer una radiografía del coste real de la dieta sobre la biodiversidad.
La carne de rumiantes resultó ser el alimento con mayor huella, con un impacto 340 veces superior al de los cereales y 100 veces mayor que de la proteína vegetal. Esta carne resulta insostenible incluso cuando se ajustan los cálculos a su aporte proteico, dada la cantidad de tierra que requiere la ganadería para pastoreo o cultivos, lo que lleva a la pérdida de hábitats naturales.
Por su parte, el impacto de la cría de aves y la producción de huevos es cinco veces mayor al de los cultivos básicos.
El dónde importa
Los investigadores destacan que el impacto depende tanto de los alimentos que se consumen como de dónde son producidos. Así, un mismo alimento puede tener un impacto mayor si se produce en regiones tropicales, puesto que estas concentran la mayor biodiversidad del planeta.
Países como Reino Unido o Japón han externalizado buena parte de su huella de extinción, con más del 95% de su impacto procedente de alimentos importados de regiones con amplia biodiversidad. Por su parte, Brasil, India o Uganda generan la mayor parte de su impacto a nivel interno. El estudio vuelve a poner de manifiesto que los hábitos de consumo en el norte global están directamente relacionados con la pérdida de especies y la destrucción de los ecosistemas del sur global, donde, además, los recursos para la conservación de la biodiversidad son más reducidos.
En Estados Unidos, disminuir el consumo de carne de rumiantes del 4% al 1% de la ingesta calórica total, como propone la dieta EAT-Lancet, podría reducir tres cuartas partes del coste de extinción. Cuanto mayor es la reducción del consumo de carne, mayor es el beneficio, por lo que las dietas basadas en plantas resultan una herramienta muy poderosa para frenar la crisis de biodiversidad.


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