Nunca pensé que la gestión de una colonia felina iba a generarme tantos sentimientos encontrados. Desde que fui consciente de la situación de los gatos comunitarios en España y otros países, tuve claro que el método CER (captura, esterilización y retorno) era la mejor forma de afrontarla, y la más ética.
«Siempre ha habido gatos en la calle». Es lo que piensan y verbalizan muchas personas. Sí, siempre ha habido gatos en la calle, pero eso no significa que esto deba ser la norma, y mucho menos que los gatos sufran en las calles. No cabe duda de que quienes mencionan frases como esta no son conscientes del sufrimiento de estos animales.
Atropellos, enfermedades sin tratar, parásitos, hambre, frío o peleas son algunas de las situaciones que soportan los gatos comunitarios. En contextos más graves, pueden sufrir maltrato o envenenamientos. Sin una gestión ética, no solo no desaparecen estos problemas, sino que aumenta el rechazo que a algunas personas les genera la presencia de estos animales en las calles por falsas creencias y consideraciones como que son una plaga, que transmiten enfermedades o que van a extinguir a todas las especies de aves. Es curioso. Nadie les comenta que «siempre ha habido gatos en las calles» como nos dicen a las gestoras de colonias felinas una y otra vez.
«Manos a la obra»
Tener claro que la aplicación del CER es la mejor opción para los gatos comunitarios y conocer de la existencia de la típica colonia felina alimentada por vecinos con sobras de la cena del día anterior en la que no dejan de nacer camadas a veces se traduce en la decisión de hacerse cargo de la colonia. Sola. Sin ayuda institucional ni vecinal y con la incomprensión de buena parte de las personas que te rodean. Pero eso, en cierto modo, ya lo sabemos de antemano quienes nos adentramos en esta tarea.
Lo que no sabemos hasta que no nos ponemos manos a la obra es el estrés que supone ser gestora de una colonia felina. Supongo que una se acaba acostumbrando. O puede que no. Estrés como el que padecen los gatos capturados con suficientes horas de antelación para el ayuno preoperatorio o durante el reposo postoperatorio, la búsqueda de un lugar adecuado para alojarlos, de mantas para tapar los transportines o jaulas para reducir ese mismo estrés o del viaje a la clínica veterinaria, que si vives en un pueblo puede ser bastante largo.

Luego descubres que si no tienes una jaula lo suficientemente amplia, los gatos se hacen sus necesidades encima, pero no te has percatado de comprar empapadores; que incluso el gato más manso adquiere un nivel de nervios enorme; o que una gata muy lista ha logrado salir del transportín con la fuerza de su propio cuerpo y ha saltado a la ventana, que por suerte está cerrada.
Un ciclo interminable
Después del retorno, cuando piensas que estás controlando la situación a la perfección, aparece el merodeador. Ese gato que aparece de repente. Que no sabes si tiene un tutor que le permite el acceso al exterior y que por supuesto, no lo ha esterilizado porque de sus obligaciones se hace tanto cargo como el Ayuntamiento; si es un abandono, si ha llegado por su propio pie desde otro punto del municipio o si simplemente estaba pero no lo habías visto antes.
Y cuando llega la primavera, esa gata imposible de capturar tiene una camada, y te das cuenta de que el proceso va a ser más largo de lo que pensabas. La aplicación del CER parecía una labor lineal con su comienzo y su fin, pero se acaba convirtiendo en un ciclo interminable. Sus cachorros, si sobreviven, tendrán que pasar por el CER cuando tengan la edad adecuada. Mejor aún sería encontrarles adopción para que no se hagan adultos en la calle. Pero esto a veces tampoco es posible. Y es frustrante.
Luego está ese gato al que dabas por muerto, que no había aparecido en meses, como otros tantos que se fueron sin dejar rastro, pero que llega de repente como si no hubiera pasado el tiempo. A este también hay que esterilizarlo.

Y así, se van acumulando las facturas, no solo las veterinarias, sino también las de alimentación. Porque gestionar una colonia implica un gasto que no deberían asumir las personas particulares, como marca la Ley 7/2023. Pero muchos ayuntamientos hacen oídos sordos a esta normativa, no dan partidas presupuestarias para el CER, ni siquiera piden la subvención estatal para ello y las visitas y escritos formales de las gestoras tampoco se las toman demasiado en serio.
Un camino de aprendizaje
La situación puede llegar a ser muy difícil de manejar. Pero durante el camino, vas aprendiendo, desde cosas tan básicas como que tendrás que hacerte con una jaula trampa o lavar los transportines una y otra vez después de cada suelta, hasta hacerte experta en trámites burocráticos.
También tienes tu vida. Tu trabajo. Tus quehaceres. A veces piensas: «¿En qué momento me metí en esto?» Pero luego sueltas al último gato esterilizado y sonríes, con cierta preocupación, eso sí. Es imposible evitar pensar que saldrá corriendo sin rumbo después de todo el estrés que ha pasado y que podría pasarle algo. Pero luego te acuerdas de su inteligencia y de lo increíbles que son los gatos.
Y tiempo después, dejas de ver camadas. Dejas de ver celos. Peleas. Gatas huyendo de la persecución de tres o cuatro gatos. Y empiezas a ver animales que dentro de los peligros de vivir en la calle, tienen tranquilidad, refugios, alimento y atención cuando la necesitan. Merece la pena, siempre. Al final, todo se resume en una odisea que acaba siendo muy reconfortante. También para los gatos, no lo dudes.


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