La ciudad sin animales es menos bonita

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La primavera es esa época del año en la que la naturaleza despierta. Y con ella, lo hacen también muchas de las especies que le dan vida. Y ahí es cuando los animales se topan con seres humanos que les impiden vivir y desarrollarse.

Algunos individuos ya no esperan a la primavera para despertar o aparecer tras un invierno a kilómetros de distancia o en los lugares secretos que solo la naturaleza conoce. La crisis climática provocada por la actividad humana provoca cambios de comportamiento en los animales. Algunos llegan antes de tiempo a causa del calentamiento global, cuando ni siquiera tienen de qué alimentarse.

A la fauna urbana se lo ponemos especialmente difícil. Porque nuestro antropocentrismo nos impide entender que solo la convivencia dará pie a un futuro en el que las ciudades sean saludables y sostenibles.

Pero nos repugnan las lagartijas cuando se esconden en los huecos entre las fachadas de piedra. También las aves que anidan en lo más alto de esas mismas fachadas, en los tejados o en los balcones. Hasta el punto de que destruimos sus nidos una y otra vez porque nos importa más la pulcritud del pavimento que la biodiversidad. Qué más da que hayan cruzado continentes para llegar a la que era su casa. Después nos damos cuenta de que cada vez hay menos aves y en lugar de asumir responsabilidades, echamos la culpa a los gatos.

Y en las carreteras o en el pueblo, nos topamos con culebras que también nos generan asco, a pesar de que además de inofensivas, son reptiles de lo más interesantes.

Con los animales con los que convivimos todo el año tampoco nos portamos demasiado bien. Palomas, urracas o cotorras nos hacen sentir el mismo rechazo, aunque una ciudad sin estas aves en las plazas o revoloteando entre los árboles es menos bonita.

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