A finales de la década de 1970, la Vegan Society amplió la definición de «veganismo» para incluir una frase que desde entonces, no ha estado exenta de debate, pero que permanece en el concepto actual: «En la medida de lo posible y practicable«. La definición completa es la siguiente:
«Filosofía y modo de vida que pretende excluir —en la medida de lo posible y practicable— toda forma de explotación y crueldad hacia los animales con fines alimentarios, de vestimenta o de cualquier otro tipo; y por extensión, promueve el desarrollo y el uso de alternativas sin componentes de origen animal en beneficio de los animales, los seres humanos y el medio ambiente. En lo que respecta a la alimentación, se refiere a la práctica de prescindir de todos los productos derivados total o parcialmente de animales».
¿Pero por qué genera tanto debate ese «en la medida de lo posible y practicable»?
¿Veganismo flexible?
Hay quienes entienden que esta expresión deja la puerta abierta a una especie de veganismo flexible en el que caben excusas que todas hemos escuchado: «Cuando viajo como carne», «es muy difícil ser vegana», «dejé de ser vegana» o «en reuniones familiares como de todo».
Lo que ocurre es que para la mayoría de las personas que señalan tales afirmaciones el veganismo sí es posible y practicable. Así que no, la definición no busca abrir la puerta a un sinfín de excusas para seguir contribuyendo a la explotación animal. Pero sí entender que hay múltiples contextos fuera de nuestra burbuja vegana y que no existe una única realidad homogénea.
Comer productos de origen animal solo en viajes, fuera de casa o en reuniones familiares no es seguir el veganismo «en la medida de lo posible y practicable». Eso se llama comodidad: no actuar de acuerdo a nuestros principios en asuntos perfectamente controlables por no causar molestias a otras personas o a nosotras mismas.
Control
Podemos dejar a los animales fuera de nuestro consumo cuando viajamos y cuando hacemos vida social, pero muy probablemente, no podemos controlar que lo que comemos no se haya abonado con fertilizantes de origen animal. Tampoco podemos evitar la contaminación cruzada en muchos casos, ni debemos dejar de seguir un tratamiento médico pese a que los fármacos hayan sido testados en animales.
De igual manera, no perdemos el carnet de veganos por seguir utilizando una chaqueta de cuero que compramos años antes de conocer el veganismo, ni por combatir una plaga en casa, ni por comprar productos tecnológicos o de otra índole de los que desconocemos la cadena de suministro, ni por atropellar insectos al conducir; ni por tener que hacer cosas que no concuerdan demasiado con esta filosofía en un entorno laboral o universitario; ni por seguir alimentando a nuestros perros y gatos con pienso de origen animal cuando no disponemos de la información para hacerlo de otro modo.
Privilegios y veganismo blanco
Agregar «en la medida de lo posible y practicable» a la definición de veganismo es solo una forma de reconocer que es imposible aspirar a la perfección absoluta, pero sobre todo, que no todas las personas del mundo viven con los mismos privilegios que nosotras. Esa es la otra vertiente de esta expresión, tan necesaria para desprendernos del veganismo blanco que universaliza una experiencia concreta y olvida las diferencias económicas, geográficas, sociales y culturales.
Al final, «en la medida de lo posible y practicable» no debería entenderse como una puerta trasera para justificar aquello que simplemente no nos apetece cambiar, sino como un recordatorio de que el veganismo se practica en un mundo imperfecto, con circunstancias muy diferentes. No se trata de alcanzar una supuesta pureza ni de demostrar quién es más vegana, sino de identificar qué podemos cambiar, hacerlo y aceptar que habrá aspectos que escapen a nuestro control.


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