No es siglo para matanzas: por qué deberíamos poner fin a una tradición obsoleta y sin sentido

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«A todo cerdo le llega su San Martín». Puede que hayas escuchado esta frase en numerosas ocasiones, una frase tan antigua como la tradición a la que hace referencia: la matanza del cerdo, que en tiempos pasados solía celebrarse alrededor del 11 de noviembre, día de San Martín. Es a partir de esa fecha cuando todavía se siguen practicando matanzas en muchos pueblos. Algunas familias no dejan pasar ese San Martín, otras prolongan hasta enero la vida de los cerdos, pero su final es el mismo: el asesinato del animal con un cuchillo (con o sin aturdimiento, pese a ser esto último ilegal) rodeado de personas que consideran que eso es una fiesta.

Volviendo al inicio, la matanza del cerdo es una tradición muy antigua, tanto que debería haber quedado en el pasado hace tiempo. Antes matar a un cerdo significaba disponer de carne para todo un año, hasta la siguiente matanza, y en tiempos de necesidad, a pesar de la crueldad del hecho, puede que tuviera algo más de sentido que las familias lo vieran como una fiesta. Ahora una matanza no tiene nada que ver con la necesidad ni con el hambre, sino con hacer lo que se ha hecho siempre sin un planteamiento más allá del de la nostalgia de lo que hacían nuestros abuelos.

En otras palabras, las personas que a día de hoy hacen la matanza van al supermercado de la ciudad más cercana o a la tienda del pueblo igual que las que no la hacen, y se compran salchichas ultraprocesadas hechas con carne de cerdo de cualquier granja industrial o hamburguesas y pizzas de carne del mismo origen mientras afirman que «como los productos de la matanza del pueblo no hay ningunos». Los hábitos de consumo han cambiado, y por lo tanto, también deberían cambiar las tradiciones alimentarias que a día de hoy han perdido todo su sentido. Eso sí, no queremos decir con ello que se sustituya la carne de matanza por la del supermercado. Lo ideal sería no consumir ninguna, pues ambas están teñidas de maltrato y crueldad hacia los animales.

Esa crueldad es precisamente otro de los motivos por los que las matanzas de cerdos ya no deberían tener cabida en el siglo XXI. Como sociedad, hemos evolucionado. Cada vez somos más conscientes del tipo de trato que damos a los demás animales, y aunque hay quienes digan que es preferible la matanza del cerdo del pueblo porque el animal ha vivido libre (lo cual ni siquiera es siempre cierto, pues muchas veces pasan el único año que se les permite vivir en cuadras o pocilgas), ni siquiera eso justifica el final que se le va a dar o el motivo por el cual es criado.

Por fortuna, esta tradición cada vez tiene menos adeptos y es cuestión de tiempo que acabe perdiéndose del todo. A sabiendas de esto, algunos ayuntamientos se empeñan en mantenerla y organizan cada año fiestas de la matanza con cerdos ya muertos para que no se vea la crueldad en directo. Pero ayuntamientos de pueblos, por favor, no os empeñéis en perpetuar lo malo que habéis conseguido dejar atrás. Muchas personas que vivimos en entornos rurales entendemos que hemos de respetar a los demás animales, y si por algo conviene recordar el maltrato al que los hemos sometido en el pasado es para no repetirlo.

One response to “No es siglo para matanzas: por qué deberíamos poner fin a una tradición obsoleta y sin sentido”

  1. […] escala. Habría que analizar cada contexto y su normativa para tildar de legales o ilegales las matanzas de cerdos, gallinas, corderos, cabritos o conejos que no se producen a escala industrial, sino para […]

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