Vivimos en un sistema en el que aceptamos comer cerdos, vacas o pollos, pero nos asquea la idea de pensar en comer perros, gatos, serpientes, sapos, moscas o, en definitiva, la inmensa mayoría de las especies animales que existen en el planeta.
Un sistema en el que cada año se cría y asesina a millones y millones de animales sin que la mayoría de las personas sea testigo de ninguno de los pasos de este proceso hasta que los trozos de esos animales llegan a la carnicería; o hasta que su piel llega a una tienda en forma de abrigo.
Un sistema en que amamos a algunos animales, como los perros, y rechazamos el maltrato hacia estos mientras aceptamos la cría masiva de cerdos que se convertirán en filetes tras una vida de continuo maltrato. Y cuando comprendes que no hay diferencias entre el perro al que amas y con el que compartes tu vida y el cerdo que ha terminado en tu plato tienes dos opciones: dejar de comer animales o seguir haciéndolo a sabiendas de que es una injusticia. Porque sí, algunas personas prefieren este segundo camino, tal vez por la comodidad de seguir haciendo lo de siempre o porque realmente no les importan demasiado los animales.
Ese sistema absurdo de que hablamos tiene nombre. Se llama carnismo, un término acuñado por la psicóloga Melanie Joy sobre el que podemos indagar en su libro Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas (2010).
El carnismo es esa ideología invisible que está arraigada en la sociedad a la que no se le había dado nombre antes porque el uso de algunos animales es lo que consideramos normal, natural y necesario, según explica la psicóloga; y porque cuando algo no tiene nombre, no podemos cuestionarlo. De ahí la importancia de aportar el concepto de «carnismo» para definir todo un sistema de creencias que pasa desapercibido para la mayoría.
Melanie Joy nos plantea que ya existen términos para diferenciar a quienes comen carne de quienes no lo hacen. Estos últimos se llaman vegetarianos, que pueden llegar a serlo por motivos o creencias éticas, mientras que los primeros podrían denominarse consumidores de carne o carnívoros, pero ninguno de estos dos términos refleja el sistema de creencias que hay detrás de la simple acción de comer una hamburguesa, a diferencia de los conceptos de «vegetariano» o «vegano». Por supuesto, carnívoro es el animal que come carne porque lo necesita para sobrevivir, y este no es el caso de los seres humanos.
Así, esos que algunos llaman consumidores de carne o carnívoros son, en realidad, carnistas, porque tienen la ideología del carnismo arraigada desde que tienen uso de razón, aunque no sean conscientes de ello, puesto que esa ideología necesita permanecer invisible porque se basa en la violencia. Y a la mayoría de las personas no les gusta o les incomoda ver imágenes de mataderos o granjas. Por eso, la propia industria prefiere enseñarnos imágenes falsas en sus anuncios y en sus envases.
Comemos carne porque pensamos que «siempre ha sido así«, porque creemos que la necesitamos para sobrevivir, porque es lo que hace la mayoría y porque nos gusta su sabor. Y cuando estamos ante una persona vegana, tratamos de argumentar los motivos por los que lo hacemos (casi siempre sin fundamento) porque nos sentimos atacados sin que esa persona nos haya dicho o hecho nada. Y les hablamos de la libertad de elegir comer carne, aunque como diría Melanie Joy, «cuando una ideología invisible guía nuestras creencias y nuestra conducta, nos convertimos en víctimas de un sistema que nos ha robado la libertad de pensar por nosotros mismos y actuar en consecuencia». Es decir, no puedes elegir libremente comer carne si no conoces cómo funciona el sistema, si solo lo haces por costumbre o por integración social, o porque crees que te aporta nutrientes sin tener ni idea de nutrición.
Pero aunque sea tan obvio que los demás animales son seres sintientes y que tanto sufre el cerdo cuando es maltratado como sufriría un perro en esa misma situación, el sistema de creencias en el que estamos inmersos hace que sea difícil llegar a esa conclusión, o que cuando llegamos a ella nos imaginemos mil excusas para seguir explotando animales.
Los profesionales tampoco nos lo ponen fácil: médicos que nos dicen que enfermaremos si no comemos carne, veterinarios que justifican la ganadería o la tauromaquia, profesores que nos enseñan que la carne es necesaria, etc. Pero no olvidemos que todos ellos también forman parte de ese sistema de creencias y a veces les conviene perpetuarlo. Algo que está empezando a cambiar.


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