Prohibir

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Prohibir. Prohibir las granjas. Prohibir los mataderos. Prohibir las pieles. Prohibir los circos con animales. Prohibir el uso de estos en laboratorios. Prohibir la tenencia de animales silvestres o exóticos. Prohibir la caza. Prohibir la tauromaquia. El escenario perfecto a ojos de la comunidad vegana y antiespecista. Sí, nos encantaría que se prohibiera todo tipo de uso y explotación animal, aunque si mencionamos la palabra «prohibir» delante de nuestro cuñado, probablemente en su respuesta nos tildará de «totalitarios», «dictadores» o algo similar.

Al margen de que podemos hacer autocrítica y en muchos casos concluir que tal vez deberíamos utilizar menos palabras como esta con connotaciones negativas, lo cierto es que no hay nada de malo en prohibir actividades dañinas, al igual que una mayoría de la sociedad estaría de acuerdo en que deben prohibirse las guerras, las armas, la discriminación, la trata de personas o la explotación infantil; y que ello debe quedar recogido en los códigos legales incluso de la sociedad más perfecta.

Prohibir la caza, la tauromaquia o los circos con animales solo perjudicaría a cazadores, toreros o ganaderos y empresarios circenses, al igual que prohibir la trata de personas o la venta de armas perjudicaría a quienes se lucran de ello. Sin embargo, estas prohibiciones repercutirían en un beneficio para toda la sociedad, para los animales y para el planeta.

Qué duda cabe de que prohibir lo que perjudica a la mayoría beneficiaría a esa misma mayoría. Ahora bien, sabemos que ninguna prohibición se logra de la noche a la mañana. Pasarán décadas, e incluso siglos, hasta que nos liberemos del abuso y la explotación animal humana y no humana. En ocasiones pedimos a nuestros políticos que tomen medidas contundentes e inmediatas contra la ganadería, la caza o la tauromaquia, pero debemos ser conscientes de que lamentablemente, hay factores mucho más fuertes: los lobbies, la protección de la que gozan estos sectores, la economía o las propias leyes. Y contra esto aparece el activismo.

El año pasado, fue desmantelado un matadero ilegal en Georgia (Estados Unidos), tras una intensa campaña llevada a cabo por activistas, la mayoría de la comunidad negra de la localidad de Lithonia, donde se ubicaba el matadero. Su cierre se produjo tras una batalla legal que comenzó hace una década.

Fue en 2014 cuando la comunidad local inició una campaña por el cierre del matadero. En 2021, se unió a la causa la organización Apex Advocacy, formada también por una mayoría de activistas veganos negros

El matadero, llamado Bradford’s Livestock, mataba a unos 100 animales al mes. Su ilegalidad se debía a su ubicación en un barrio residencial, que ya en 2019 conllevó una orden de cese de su actividad. Sin embargo, la empresa gestora recurrió y el Departamento de Agricultura expidió una licencia que permitía al matadero seguir funcionando como una instalación de procesamiento de alimentos, pero le prohibía la venta de carne. Ello no finalizó la lucha de los activistas por el cierre total del matadero, que finalmente se produjo en 2023 después de que su propietario, Rudolf Bradford, fuera declarado culpable de realizar una actividad ilegal.

¿Pero qué pasaría si todos los mataderos se declaran ilegales, es decir, si se prohibieran? Es lo que se ha intentado más recientemente en otra ciudad estadounidense: Denver, aunque la propuesta finalmente ha sido rechazada.

Puestos a conjeturar, los primeros que lo hicieron fueron quienes se oponían a esta medida. Alegaban que ello no salvaría a los animales de los mataderos, ya que serían trasladados a los de otras zonas. Y sí, a los ganaderos no les quedaría otro remedio que hacer esto siempre que en otros lugares no se hubiera decretado la misma medida, pero también es verdad que ponérselo difícil a la ganadería es ponérselo más fácil a los animales. El traslado de animales a mayor distancia aumentaría los costes y probablemente ese aumento de kilómetros se traduciría en una normativa más estricta y en tiempos más largos que ralentizarían los procesos a los que está acostumbrada la gigante industria cárnica. ¿Y qué pasa cuando los ganaderos pierden rentabilidad? Como en cualquier otro negocio, que disminuiría la producción (en este caso, la cría y los productos obtenidos de los animales) y las exportaciones. A la larga y sin subvenciones, cerrarían muchas explotaciones y ello sería una oportunidad para dirigir el empleo hacia otros sectores sostenibles.

También conjeturaban que la prohibición daría pie al surgimiento de mataderos ilegales. Lo cierto es que ya existen prácticas ilegales normalizadas en granjas y mataderos, a mayor o menor escala. Habría que analizar cada contexto y su normativa para tildar de legales o ilegales las matanzas de cerdos, gallinas, corderos, cabritos o conejos que no se producen a escala industrial, sino para autoconsumo o para la venta de su carne entre particulares. ¿Es eso legal o más bien roza la ilegalidad? Lo dicho, dependerá de cada contexto y su normativa. ¿Pero quién se pone a revisar la normativa cuando es algo que «se ha hecho así toda la vida»? Y ahí, de nuevo, entra en juego el activismo.

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