El biogás y el biometano se presentan como una solución sostenible para un futuro habitable en el actual contexto de crisis climática. Se trata de una energía renovable que se obtiene a partir de la degradación de materia orgánica y puede destinarse a varios usos, como la producción eléctrica o térmica. También puede utilizarse como combustible.
Sin embargo, los proyectos de instalación de plantas de biogás y biometano en el mundo rural español han generado todo un movimiento en contra. Y no es para menos, porque no se trata de una solución real. Bajo esa definición tan prometedora se esconde una perpetuación de las mismas prácticas nocivas que nos han llevado al desastre climático y que tienen mucho que ver con las granjas y la explotación animal.
Las plantas de biogás y biometano necesitan a la ganadería porque se nutren de sus desechos (estiércol, purines), a la par que la ganadería necesita plantas de biogás para seguir existiendo en un posible futuro de medidas restrictivas para paliar los efectos de la crisis climática. Por desgracia, en los últimos tiempos nos hemos acostumbrado a que las administraciones den prioridad las falsas soluciones en favor de los intereses de lobbies como el ganadero, engañando, de paso, a los consumidores.
Además de estiércol y purines, el biogás y el biometano se producen a base de residuos agrícolas, lodos de depuradoras o desperdicios alimentarios, incluida la sangre de los mataderos. En ausencia de oxígeno, esta materia orgánica se descompone en un proceso denominado digestión anaeróbica que da lugar al biogás que puede utilizarse en ámbitos desde la producción de electricidad hasta la elaboración de bebidas con gas.
Tras la producción de biogás hay grandes empresas que han visto una vía de expansión en un mundo que necesita alcanzar el objetivo del Acuerdo de París y reducir considerablemente sus emisiones de gases de efecto invernadero. Su propuesta es clara: si los desechos son tratados en plantas industriales herméticamente cerradas donde se produce el gas, este no se emite a la atmósfera. Pero el biogás no está exento de impacto medioambiental y para la salud de las personas. Un estudio de 2022 lo relacionó con diversas enfermedades respiratorias y también desmintió que contribuyera a paliar el calentamiento global y los impactos de la crisis climática.
De todo ello son conscientes las diversas plataformas que han surgido en todo el territorio español contra las plantas de biogás. «Stop biogás, stop olores», rezan carteles en los balcones de las casas de numerosos pueblos donde estas empresas se han fijado para instalarse. Porque las plantas de biogás necesitan espacio, y como siempre, quien paga las consecuencias es el deshabitado mundo rural, donde se espera que nadie se alce la voz, porque ya están los políticos para hablar por las comunidades locales y soltar sus discursos de falsas soluciones sostenibles que no solo atentan contra los habitantes de los pueblos, sino también contra su ya maltratada naturaleza y fauna.
Actualmente y por desgracia, no estamos viendo políticas valientes contra la crisis climática que se enfoquen en la raíz del problema. Todas las soluciones que se ponen sobre la mesa siguen beneficiando a los lobbies, a la gran industria. La Unión Europea ha dado marcha atrás en muchos aspectos en beneficio de la ganadería, ya sea eliminando restricciones al uso de pesticidas o desprotegiendo al lobo. Es de esperar que potencie las plantas de biogás como una forma de mitigar los efectos de la crisis climática.
La realidad: las plantas de biogás y biometano atraen granjas. Bajo el discurso de que los residuos de estas serán «adecuadamente» tratados, esta industria plantea una seria amenaza que se traduce en más macrogranjas y más maltrato animal, que no suele tenerse en cuenta cuando se trata el impacto de la ganadería; más monocultivos que las alimentan, más deforestación y más pérdida de biodiversidad. En otras palabras, no importará cuántos animales sigan explotados, hacinados y tratados como objetos. Para las plantas de biogás, cuantos más, mejor, porque necesitan suministro constante para funcionar, y la ganadería es la única actividad que se lo permite. Otra vez, el capitalismo salvaje.


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