Estas instalaciones funcionan como efecto llamada a la ganadería
Asociaciones vecinales, viticultores y el propio Ayuntamiento de Requena (Valencia) han protestado contra el proyecto de construcción de una planta de biogás de la empresa Biorequena S.L. La instalación se ubicará, de hacerse efectivo el plan, en la aldea de San Antonio. Entidades ecologistas y animalistas se han sumado a las protestas.
Aunque se plantea como solución sostenible, las plantas de biogás y biometano perpetúan e impulsan modelos de producción de gran impacto ambiental y paisajístico. A ello se suma el tránsito continuo de camiones pesados y los malos olores producidos por la descomposición de materia orgánica. Todo esto ha motivado a los vecinos de municipios de todo el país a manifestarse contra el auge de los proyectos de construcción de plantas de biogás.
La Plataforma Defensa Animal, que se ha unido al rechazo a la planta de Requena, explica que «en el cómputo de las emisiones asociadas a las plantas de biogás, no se tiene en cuenta cómo se generó esa materia orgánica» a partir de la que se produce.
Este origen procede, principalmente, de la agricultura, la ganadería (estiércol, lodos y otros desechos) y residuos orgánicos industriales y urbanos. La materia orgánica se introduce en recintos herméticos sin oxígeno en los que los microorganismos la descomponen. A partir de ahí se genera el biogás, una mezcla de metano y CO2. Esta pasa después por un proceso de purificación hasta su uso final como generador de electricidad, combustible o gas natural. El residuo resultante de este procedimiento, denominado digestato, es utiliza como fertilizante orgánico.
Pero para la obtención de la materia orgánica que llega a las plantas de biogás se requieren cultivos cuyo modelo industrializado y uso de fertilizantes tóxicos utilizaron grandes cantidades de recursos y energía no renovable. Algo similar sucede con la materia orgánica de origen urbano e industrial.
Ganadería
La ganadería es la principal fuente de suministro para las plantas de biogás, a través del estiércol y los purines que genera, ambas altamente contaminantes. Los promotores del biogás defienden que se trata de una forma sostenible de tratar estos residuos tóxicos, dados los problemas actuales de contaminación de las aguas y los suelos como consecuencia de la actividad ganadera. Sin embargo, son estos desechos contaminantes los que dan lugar al digestato, que vuelve a provocar el mismo impacto ambiental cuando se utiliza en agricultura, buena parte de ella dedicada, asimismo, a surtir de alimento las granjas.
Además, las plantas de biogás pueden provocar un efecto llamada a la industria ganadera. Su existencia podría contribuir a aumentar el número de explotaciones, y por tanto, el sufrimiento de los animales. Para la Plataforma Defensa Animal «en las críticas a las plantas de biogás falta un elemento fundamental: los animales domesticados en las granjas».
Agregan que «la ciencia es unánime, ya no es posible albergar duda alguna en cuanto a la capacidad de sintiencia de los demás animales, lo que debería tener como consecuencia lógica revisar el trato que se les da y no seguir actuando ignorando ese conocimiento. Sin embargo, los demás animales siguen siendo considerados como recursos y en lugar de avanzar en los derechos animales, se buscan nuevos nichos de negocio, en este caso, rentabilizando los residuos que genera la actividad de la industria alimentaria de la explotación animal».
Estudiar las consecuencias
Los activistas piden que se estudien rigurosamente las implicaciones y consecuencias del uso de cualquier fuente de energía, así como los procesos necesarios para que pueda utilizarse. Solo así podrá «valorarse correctamente su impacto y la necesidad real de su implantación. No pueden obviarse los perjuicios ambientales o sobre otros individuos porque ninguna transición energética puede justificar prácticas que destruyan el entorno«, declaran.
También consideran importante que las infraestructuras energéticas se instalen cerca de los centros de consumo, en lugar de en el medio rural, y que tengan unas dimensiones ajustadas a las necesidades reales.
Todo ello sin olvidar la importancia de un cambio en el modelo agroalimentario, tanto desde el punto de vista ambiental como ético, «de un sistema basado en la agricultura de monocultivos y consiguiente uso de productos agrotóxicos (la misma que destruye Doñana y el Mar Menor) a prácticas de cultivo de mínimo impacto, evolucionando a ecosistemas agrarios, combinando especies comestibles y silvestres de manera que se autorregulen las poblaciones sin necesidad de aportar productos que impactan negativamente sobre las comunidades animales, suelo, aire y agua», indican.
«Es fundamental abrir un debate serio sobre el sistema alimentario basado en la explotación animal y sus implicaciones éticas, asumiendo que las demás especies animales merecen respeto y consideración y en consecuencia, llevando a cabo una transición seria a modelos libres del uso de animales, basados en productos vegetales y hongos locales y de temporada, favoreciendo la agricultura de proximidad y por ende, la soberanía alimentaria, además de un profundo decrecimiento en la producción y en el consumo, de manera que seamos capaces de adaptarnos a los límites que nos impone el planeta y de evolucionar a un sistema socialmente justo, basado en la cooperación y en el apoyo mutuo», concluyen.


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