Jueves, 21 de junio de 1798. Casi una década después de la Revolución Francesa (1789), con guerras en varios puntos de Europa, una España gobernada por Carlos IV (1748-1819) y en plena expansión de las ideas modernas de igualdad y libertad que como veremos a continuación, no llegaron a todos los lugares, aunque no faltaron los intentos.
Uno de estos intentos fue el Semanario de Agricultura y Artes Dirigido a los Párrocos, revista que se editó en Madrid entre 1797 y 1808, para su distribución entre los párrocos del mundo rural, aunque hoy en día, por su maquetación, podemos verla como una colección de libros de ensayos en varios tomos. El objetivo se encuadra muy bien en lo que fue la Ilustración: los promotores de esta publicación consideraron que los sacerdotes de los pueblos eran las personas ideales para transmitir a los campesinos y granjeros los nuevos conocimientos y técnicas sobre la explotación del campo y de los animales, con el fin de llevarlos a la práctica y modernizar la agricultura y la ganadería como forma de progreso social.
Un progreso que entendían debía darse sin confrontación con el poder monárquico, con el clero como aliado, y siendo los propios labradores quienes transformaran sus métodos para modernizar el sistema.
El semanario pretendía ser un medio de divulgación científica para el pueblo, aunque en varios de sus contenidos alude a aspectos más alejados de la ciencia, como remedios caseros contra insectos o enfermedades de plantas. Pero estamos en 1798.
Me topé con este semanario hace aproximadamente dos semanas, mientras investigaba la persecución al lobo ibérico a lo largo de la historia. En efecto, la revista para párrocos, por muy ilustrada que fuera, no dejó de transmitir una creencia que en cierto modo se sigue repitiendo en nuestros días, la que afirma que hay animales dañinos (plagas, depredadores, especies invasoras) y animales beneficiosos, como los polinizadores o los considerados de granja. A los primeros había que exterminarlos. A los segundos se les mataba igualmente, no a través de la caza, pero sí mediante la explotación o la destrucción de sus hábitats mientras esto se transmitía como una labor beneficiosa (para nuestra especie, por supuesto).
Porque si hay algo de lo que el ser humano parece incapaz de desprenderse es de su antropocentrismo. Creemos que el mundo gira a nuestro alrededor y nos creemos con el poder de dominar y explotar la naturaleza sin consecuencias. Lo pensamos en pleno siglo XXI, a pesar de la crisis climática, y lo pensábamos a finales del siglo XVIII. Era y sigue siendo difícil para muchas personas entender nuestra relación e interacción con la naturaleza sin explotarla.
Fue de manera casual como me topé con una carta de un lector al Semanario de Agricultura y Artes Dirigido a los Párrocos, publicada ese 21 de junio de 1798. El lector, cabe mencionar, era un carmelita descalzo que optó por no dar su nombre, y que además religioso, odiaba a los gorriones, aunque en su carta de cuatro páginas y media deja entrever especismo también hacia otros animales.

Este lector carmelita comienza refiriéndose a una reflexión a la que ha llegado en uno de sus retiros, acerca de la búsqueda de «medios para acabar con la dañosa y dilatada generación de gorriones en España», a la que también denomina «la detestable casta gorrionil«. Su desprecio a estas aves se debe a un clásico: los supuestos daños en la agricultura.
Tras manifestar este desprecio, el lector propone establecer un censo, no con fines de conservación o análisis del estado de las poblaciones de una especie, sino para extinguir. El carmelita estima que existían al menos doce millones de gorriones en la España de 1798, tantos como seres humanos. Hoy sabemos que la población humana podía ser algo inferior y la de gorriones probablemente era bastante mayor. El religioso se propone evaluar qué daños causan los gorriones en los cultivos de cereales o en los propios granos una vez recolectados «y de qué manera se pueden extinguir».
«Ladrones»
«Comen de lo que roban (como ladrones domésticos y a título de amigos y convenidos) en las cosechas de los granos más necesarios para el hombre», señala este religioso en una frase corta cargada, otra vez, de antropocentrismo: la propiedad privada es un concepto humano. Los gorriones no roban porque no entienden de propiedad ni posesiones. Además, que los granos sean necesarios para nuestra especie no los hace menos necesarios para otras. Y no somos más ni menos importantes.
Para el autor, si suponemos que cada gorrión come en su vida un almud (antigua unidad de medida), nos están dejando sin doce millones de almudes de grano: «¿Por qué dormimos tanto cuando vemos que nos roban toda esta prodigiosa cantidad estos enemigos domésticos?», sostiene en su marcado sentido de la propiedad.
El lector carmelita acusa a estas aves de ir pasando de cultivo en cultivo, en función de la época del año, y en pleno invierno, de «robar» su ración diaria a «sus tontas y fieles amigas las gallinas«. También los acusa de disminuir la puesta de huevos de estas, ya que por supuesto, las gallinas tampoco importaban en 1798 como seres sintientes, sino como productoras de huevos. No contentos con ello, el lector no se olvida de recordar que los gorriones «roban» los nidos a otras aves, como aviones.

Los gatos y los ratones también reciben lo suyo:
Cuantos más gorriones hay, más se aumentan los ratones, porque los gatos descuidan la caza de estos, que es de su profesión, y se distraen en la de aquellos.
Por supuesto, los ratones son dañinos, los gatos importan porque depredan ratones y las gallinas son relevantes por sus huevos. Pero los gorriones «no son de ninguna utilidad» para este religioso. ¿Tienen que serlo, acaso? ¿Es que los animales existen para sernos útiles?
No contentos con desprendernos de nuestros granos y nuestros huevos, los gorriones también ocupan nuestras casas, según el carmelita anónimo, para descansar. Tampoco le gusta su canto, agradable para oídos de la mayoría de las personas, pero un «importuno y desagradable chirlido» que «nos despierta y priva del dulce sueño de la mañana e incomoda e inquieta a los enfermos» para el indignado lector, que añade que los gorriones «viniendo la primavera se ponen tan soberbios y parleros que nos insultan a todos con sus cantos». Agrega también que estas aves «no causan recreo, sino al que observa sus astucias y mañas para robarnos», como si los animales existieran para entretenernos.
Una cuestión de inteligencia
Hoy podemos ironizar sobre el contenido de esta carta, o simplemente entender que forma parte de un tiempo pasado que no fue mejor, si bien no por ello deja de resultar un tanto preocupante que el carmelita afirme que los gorriones «solo temen a la piedra y a la pólvora«.
En el fondo, puede que lo que molestara a este religioso era la inteligencia de estas aves: «Si les ponen un espantajo, luego conocen lo que es y hacen burla de él», afirma.
Parece que son los gorriones los que nos desprecian, nos roban, nos ocupan y encima se burlan de los inteligentes seres humanos. ¿Y qué es lo que propone el carmelita ante semejante situación? El exterminio, una palabra por desgracia bastante común hasta hace pocas décadas a la hora de abordar a los animales considerados dañinos.
La propuesta del religioso consiste en organizar cacerías de gorriones en todos los municipios de España, con «tal persecución contra ellos que se disminuyan infinito». Según sus estimaciones, prácticamente desaparecerían en seis años. Contra los supervivientes, propone premiar a los cazadores con recompensas que «aumentasen a l paso que fuesen escaseando los gorriones», para que no quede «uno siquiera». También contempla la llegada de gorriones de países fronterizos, para los que aboga por intensificar estos premios en las zonas de frontera.
Más adelante apunta al uso de polluelos como trampa para atraer y atrapar a individuos adultos, o de semillas envenenadas que se colocarían «donde otras aves útiles no las pudiesen comer». Una vez más, los animales solo importan si son «útiles». Un concepto de actualidad tratado desde el antropocentrismo, no desde el ecologismo.

Al final de su intervención, el carmelita vuelve a recordar que los gorriones «nos roban y saquean», y no contentos, «como sanguijuelas nos chupan lo que ya tenemos almacenado dentro de nuestras casas».
La carta termina con una nota del propio semanario, en la que da su apoyo a las propuestas, pero las reconoce como «imposibles», y en un halo de racionalidad y ciencia, alerta de que la extinción traería consecuencias peores, como la proliferación de insectos que nos resultan más molestos. De nuevo, desde el enfoque humano.
Aunque esta carta pueda dar a entender lo contrario, lo cierto es que solo la he rescatado del olvido porque en ella se puede entrever, de forma muy evidente, el especismo que seguimos arrastrando en nuestro tiempo, siendo consciente de que responder desde el contexto actual puede carecer de sentido.
También cabe preguntarse dónde quedaron los animales en las ideas ilustradas de progreso: explotados e instrumentalizados como antes y después, desde el pensamiento patriarcal dominante que editaba publicaciones como este semanario, pero tenidos en cuenta como individuos sintientes en el pensamiento de esas mujeres que en el siglo XIX alzarían la voz por la causa feminista, y también la animalista.


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