Palabras bonitas para las acciones más terribles

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«Nadie ama tanto a los animales como el ganadero«. «No hay mayor ecologista que el cazador«. «El torero ama al toro«. «Los zoos son los mejores santuarios«. Si alguna vez has tenido la mala fortuna de entrar en una discusión con un ganadero, un taurino, un cazador o un defensor de la cautividad de animales salvajes, es probable que te hayan soltado estas frases o similares. Palabras bonitas para las acciones más terribles.

Quienes maltratan a los animales tienden a hacer uso de términos que suenan bien para no fomentar una imagen negativa de la actividad que practican. Por eso, a menudo se autodefinen como ecologistas o animalistas. Se apropian de palabras propias de los movimientos a los que se oponen. Movimientos como el ecologismo, el animalismo o el veganismo, que buscan justicia, respeto, convivencia, responsabilidad, coherencia o sostenibilidad. Términos preciosos que vienen como anillo al dedo a quienes tratan de justificar lo injustificable.

¿Por qué el ganadero afirma amar a los animales? Tal vez porque tiene una concepción un tanto errónea de lo que es el amor y el cuidado. Y buena parte de la sociedad piensa que el trabajo del ganadero es el de «cuidar» vacas, ovejas, cerdos u otros animales considerados de granja. ¿Por qué? ¿Porque les proporciona alimento diario con el interés de obtener un beneficio de ese animal?

El interés está reñido con el amor y el cuidado. Como lo está el hecho de enviar a un ser sintiente al que supuestamente amas y cuidas al matadero para convertirlo en filetes y sustituirlo por otro que tiempo después acabará en el mismo matadero. Por no hablar de otras prácticas propias de la ganadería: separación de madres e hijos, selección genética que causa sufrimiento, pollitos triturados, animales hacinados en jaulas, y un largo etcétera. Amantes de los animales, dicen ser. Es lo que sucede cuando se cosifica a otros individuos sintientes.

Sostenibilidad y conservación

Que apuestan por la sostenibilidad y la conservación de la naturaleza, también dicen ganaderos y cazadores que se autodenominan «ecologistas». La ganadería y la caza son dos de las actividades que más daño causan a la naturaleza, qué irónico.

La ganadería, con el sistema agrícola a su disposición, ha expulsado a miles de animales de su hábitat natural. En ello han tenido que ver tanto los modelos de explotación intensiva como extensiva. Esta actividad causa, entre otros problemas, incendios forestales, pérdida de biodiversidad, contaminación, gasto innecesario y abusivo de agua y otros recursos… La combinación perfecta para conservar la naturaleza.

De la pérdida de biodiversidad y la contaminación también es responsable la caza, a la que cualquier excusa le sirve para matar y seguir agravando el problema, desde la peste porcina africana en jabalís hasta falsos ataques de lobo en granjas. Pero el cazador es el mejor gestor de los ecosistemas. Todo sea por una buena causa, incluido el derramamiento de sangre.

Y vamos de mal en peor. Porque que el torero ama al toro es el colmo de la banalización de la palabra «amor». ¿Cómo puede amar a un animal el mismo que le causa una muerte agónica mientras otros le aplauden? Eso sí, el torero contribuye a la conservación de la especie y nadie mejor que él y el ganadero de toros considerados de lidia conoce los grandes beneficios de la tauromaquia en la naturaleza y en los bóvidos. Por cierto, la selección genética también es una forma de maltrato animal, por si al taurino le quedaba alguna duda.

Luego está cierto propietario de un famoso zoológico de las Islas Canarias que afirma que los zoos son los mejores santuarios. Esto podría merecer un artículo entero. La irrupción de los santuarios de animales impulsados por activistas veganos o animalistas ha demostrado que existen alternativas respetuosas tanto para los animales considerados de granja como para los salvajes en cautividad.

Especialmente en el caso de estos últimos, los santuarios demuestran que no es necesario mantener animales silvestres en cautiverio en instalaciones pensadas para los seres humanos que las visitan y no para los propios animales, por el hecho de que no pueden ser devueltos a su hábitat. O que hay formas de financiación más allá de la venta de entradas. O que hay un destino digno para los individuos que van a abandonar un zoo más allá de la venta a otro centro de las mismas características. ¿Y cómo responden los zoos? Calificándose a sí mismos como «santuarios» e invisibilizando la labor de los verdaderos santuarios. Otra vez, el colmo.

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