Que no sabemos nada es un comentario que las personas que defendemos los derechos de los animales hemos escuchado demasiadas veces. Si criticamos la explotación de otros animales para consumo, no tenemos ni idea de lo que es el campo; si condenamos la violencia de la tauromaquia, no sabemos nada del toro «de lidia»; si lamentamos las muertes que causa la caza, es porque no hemos pisado el monte en nuestra vida, puesto que somos «urbanitas».
Es curioso cómo somos nosotras las personas que no sabemos nada, cuando las que suponen tal afirmación son quienes no tienen ni idea de si venimos de una ciudad o de un pueblo, de cuánto hemos pisado el monte o de cómo hemos interactuado con otros animales. Tal vez más «urbanita» que nosotras es ese cazador que solo acude al monte los domingos con su escopeta, ese político de extrema derecha que visita una ganadería para hacerse la foto o esa persona que se muda al pueblo para montar su granja ecológica porque ha idealizado la vida rural.
Lo que se esconde detrás de un «no sabes nada» es un «soy incapaz de desmontar tu argumento y por eso lo invalido haciéndote pasar por ignorante».
Cada vez que un ganadero te dice que no sabes nada del campo, en el fondo es consciente de que tienes razón, que su actividad consiste en la explotación de animales que sufren y van a terminar en un matadero, por muy ecológica o campera que sea su granja, pero no quiere reconocer que éticamente no puede desmontarte con ningún argumento. Por eso, te dirá que sus animales «están bien cuidados», que les pone agua y comida todos los días, que pastan al aire libre, que «viven mejor» que los perros y gatos en pisos o que de la ganadería depende el sustento de su familia. Como si cualquiera de esas frases justificara la explotación animal.
Cuando un torero te dice que «no conoces lo que es el toro de lidia», en otras palabras está señalando un clásico de la tauromaquia: «El toro nace para morir», y tú, persona antitaurina, no conoces nada acerca de la selección de estos animales, de su crianza, no sabes que viven felices en dehesas (sí, otra vez, mejor que los perros y gatos en pisos), no puedes comprender que el ganadero y el torero aman al toro mucho más que tú (y por eso lo venden para que otro lo mate y lo mata, respectivamente) y jamás serás consciente de todo el dinero que genera la tauromaquia.
Pero seamos realistas, la tauromaquia vive de las subvenciones, a la sociedad en general no le gusta acudir a espectáculos en los que se torturan animales y por mucha selección y crianza «con mimo» que haya, como ellos mismos señalan, nada de eso justifica lo que un toro sufre en una plaza. No, no hay argumento ético que desmonte esto. Y el sustento de la familia del torero no cuenta como argumento ético.
Y cada vez que un cazador te responde que «no tienes ni idea del monte», lo que te está diciendo es que no le hagas pensar en nada que le genere remordimientos. Que le gusta disparar contra animales inocentes para matarlos. Que le gusta la sangre, como al torero. Lo que no le gusta es reconocerlo. Por eso te dice que no hay mayor ecologista o animalista (sí, se apropian de los términos que definen lo contrario a lo que fomentan) que el cazador, y que matar está justificado porque «contribuye» al equilibrio ecológico, sin ser él nada de eso.
¿Qué es lo que las personas que defendemos los derechos de los animales no sabemos? ¿No sabemos que hay personas que viven de la ganadería, de la tauromaquia, de la caza (una minoría en la élite, por cierto), de la cría de animales, de la experimentación en laboratorios y de todos los tipos de explotación animal en general? ¿No sabemos que los ganaderos dan comida y agua a los animales en sus explotaciones?
Muchas personas veganas o animalistas somos de pueblos o vivimos en el mundo rural. Sabemos de sobra lo que es la ganadería y la caza, la matanza, las camadas de perros y gatos, los festejos populares con toros… Por supuesto, sabemos que la mayoría de los tipos de explotación animal son actividades económicas que aportan sustento a las personas que se dedican a ellas. Por eso mismo, también sabemos que es prácticamente imposible que nos den la razón, aunque sepan (ellos sí), que la tenemos.
Y sí, sabemos que dar comida, agua y unos cuidados mínimos a los animales es importante, pero para nada eso justifica que se les envíe a morir agónicamente en una plaza de toros o en un matadero, que a las vacas u ovejas se las separe de sus hijos o que a los pollitos macho se les «descarte» porque no ponen huevos.
Quienes se dedican a la explotación animal saben muy bien cómo obtener la mayor rentabilidad de los animales. Saben cómo explotarlos más y mejor, y cómo impulsar campañas de blanqueamiento que hagan creer al resto de la sociedad que son necesarios. Las personas defensoras de los derechos de los animales también sabemos cómo se les puede explotar, pero optamos por no hacerlo porque sabemos respetarlos, o al menos tratamos de aprender a hacerlo cada día, aunque nuestra lucha geográficamente dispersa a veces nos haga sentirnos solas en esta tarea.
Es cuestión de prioridades.


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