En plena crisis de acceso a la vivienda, ser una persona responsable de uno o varios animales no humanos dificulta aún más encontrar un alquiler. Pero esto no es nuevo. Durante años, «no se admiten mascotas» ha sido una frase habitual en los requisitos que los propietarios y las inmobiliarias ponen a los posibles inquilinos de una vivienda en alquiler. Nosotras preferimos recordar que no convivimos con mascotas, sino con miembros de la familia, compañeros o un mejor amigo de otra especie.
En este contexto, se pueden dar diversas situaciones para quienes buscan un alquiler junto a los animales con los que convive: pisos a precios desorbitados cuyo coste no pueden asumir, locales en malas condiciones como única opción, viviendas lejos del ámbito de movimiento diario del inquilino, animales en pisos «en secreto» y un sinfín de casos más que no deberían estar sucediendo.
Según la plataforma Spotahome, el 34% de los propietarios reconoce que discrimina a las personas responsables de animales a la hora de alquilar un inmueble porque consideran que estos implican un riesgo mayor de daños en la vivienda. Pero los niños y niñas también pueden dañar objetos, y nadie les impide el acceso a la vivienda junto a sus progenitores. Es más, si esto sucediera no tardaría en saltar a los titulares de todos los medios de comunicación con miles de comentarios de internautas indignados. Aunque según el mismo informe, un 38% de los propietarios prefiere excluir a las familias con niños, aunque no lo pongan en los requisitos porque no quedaría demasiado bien.
Domesticar para luego abandonar
Domesticamos a perros, gatos y otras especies hace miles de años, hasta el punto de que dependen de nuestra especie para tener todas sus necesidades cubiertas. Y sí, existen animales domésticos sin hogar que sobreviven pese a las circunstancias, pero eso no implica que sean felices. Las especies que hoy denominamos «mascotas» necesitan un hogar junto a sus tutores humanos. Por supuesto, esos perros que cazadores y ganaderos afirman que viven mejor en rehalas y explotaciones también necesitan un hogar. Que por cierto, nunca en su vida les es proporcionado, a menos que una protectora dé con ellos y les busque una adopción. Pero esto suele ocurrir tras un abandono, y eso tampoco es una situación ideal para ningún animal.
Las protectoras, de hecho, están saturadas de perros procedentes de la caza y de la ganadería. El hecho de que existan propietarios e inmobiliarias dificultando su adopción o potenciando el abandono por impedirles el acceso a un hogar es un factor más de tantos que hablan de la falta de empatía y humanidad dentro del ámbito del mercado de la vivienda. Por desgracia, las protectoras también conocen la frase de «me he cambiado de piso y no me dejan tener un perro» como excusa para el abandono.
A quienes abandonan por este motivo, pero también a los propietarios no consideran que un animal deba formar parte de un hogar, o a las inmobiliarias que ponen por defecto ese horrible «no se admiten mascotas», nadie les ha explicado que los animales son familia. Y que un alquiler nunca puede ser sin derecho a familia.


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