Nada es natural en un zoo

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Que muera un animal en un zoo no es natural, sin importar la edad o sus condiciones de salud. Las peleas entre animales del mismo grupo en los zoos no son naturales. Que un animal agreda o rechace a su cría no es natural en un zoo. Un accidente tampoco lo es. Y tampoco es natural que un depredador ataque a una presa dentro de un zoológico.

Pero cada vez que sucede alguno de estos casos, los zoos lo comunican con toda la naturalidad del mundo. Muy apenados, eso sí, pero transmitiéndolo como un hecho inevitable que ha sucedido en sus instalaciones al igual que habría sucedido en la naturaleza.

Para el zoo cántabro de Cabárceno, fue natural la muerte de la elefanta Zambi el pasado mes de julio, tras una pelea con otros elefantes. Zambi nació en África y llegó a Cabárceno en 1994, procedente de otro zoo en Alemania. Tenía medio siglo de vida.

Más recientemente, un delfín y una beluga cautivos en el Oceanogràfic de Valencia han muerto, poco después de su traslado desde un acuario canadiense. Tres belugas procedentes del mismo centro han muerto en Chicago.

Para Cabárceno y quienes justifican la existencia de los zoológicos, la muerte de Zambi fue algo natural, porque las peleas forman parte de la naturaleza de los elefantes. Para el Oceanogràfic, las muertes del delfín Echo y de la beluga Jelly Bean han sido naturales, puesto que ambos presentaban síntomas de enfermedad.

Soluciones éticas… ¿Para cuándo?

Y sí. Es cierto que los elefantes en la naturaleza también pelean, y que los cetáceos no están libres de enfermedades cuando viven en el océano. Tan cierto como que la pelea entre Zambi y otros elefantes nunca debió haberse producido, porque el hogar de Zambi estaba en África. Y tan cierto como que Echo y Jelly Bean nunca debieron haberse trasladado a Valencia. Ni siquiera debieron haber nacido, porque fueron criados en cautividad con la única finalidad de explotarlos. Pero una vez causado el daño, la única solución ética habría sido un santuario.

Un santuario real. No uno de esos en los que entran zorros y atacan a los perros o a las gallinas y días después una publicación en Instagram comunica a sus seguidores que se han producido algunos ataques o muertes «naturales» de perros que, aunque no se diga, se están utilizando como guardianes en lugar de permitirles dormir al calor de un hogar y de gallinas de las que lo único que importa es que pongan huevos bonitos para una foto.

Tampoco ha explicado Cabárceno que en libertad, los elefantes se alejan, o al menos tienen la posibilidad de alejarse, de situaciones conflictivas; que la composición de los grupos no es artificial y los paquidermos pueden cambiarla según sus necesidades o expandirse a otro territorio si la actividad humana se lo permite.

Muertos en vida, como en cualquier zoo

Por eso Cabárceno, el centro que se vende como un zoológico diferente, nunca estará a la altura del hábitat natural que las especies salvajes necesitan. Este zoo que transmite una imagen cercana a esta naturaleza es el mismo donde en 2018, tres jirafas murieron como consecuencia de un incendio. Un fuego que no habría acabado con ningún animal si este no fuera un negocio centrado en la exposición de seres sintientes. En realidad, Cabárceno no es el zoo diferente que pretende ser. Cabárceno es el zoo, como otro cualquiera, en el que el gorila permanece inmóvil tras unas paredes de cristal, como las de las jaulas de arañas y serpientes. El zoo que mató a todos sus lobos adultos en 2014 y a un leopardo que huía en 2024.

No podemos esperar, de igual manera, que el Oceanogràfic explique que la cautividad de cetáceos mata a estos animales. A algunos los mata directamente. A otros los mantiene muertos en vida.

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