El avance de la medicina en las últimas décadas ha permitido que puedan tratarse y curarse fácilmente enfermedades que hasta hace poco más de un siglo eran mortales. A ello contribuyeron los antibióticos tras su descubrimiento a principios del siglo XX, los cuales a día de hoy seguimos utilizando para tratar infecciones bacterianas, una información por todos conocida. Lo que no todo el mundo sabe es que el 75% de los antibióticos que se producen teóricamente para tratar enfermedades en humanos, no se destinan a nuestra especie, sino a los animales criados en granjas. Mientras tanto, los humanos nos enfrentamos a un grave problema de resistencia a estos medicamentos que podría hacernos volver al siglo XIX.
Según la OMS, numerosas infecciones se están haciendo más difíciles de tratar a medida que los antibióticos pierden eficacia. Y es que el uso excesivo o demasiado frecuente de estos provoca que las bacterias que pretenden combatir se vuelvan resistentes. Otro motivo que puede dar lugar a esta resistencia es el uso de dichos antibióticos en la ganadería en algunos países del mundo y su presencia en los productos derivados de esta, como la carne.
Sobre esto existen numerosos estudios científicos, si bien no todos concluyen que el consumo de carne genere resistencia a los antibióticos. Lo que sí podemos comprobar es que cada poco tiempo salen noticias sobre la presencia de estos medicamentos en productos cárnicos tras analizarlos, en mayor o menor medida. Se ha llegado a afirmar que en un futuro, las enfermedades derivadas de la resistencia a los antibióticos superarán al cáncer, y la OMS ha recomendado reducir su uso en los animales considerados de granja. Según esta entidad, solo deberían administrarse a animales sanos a modo de prevención de enfermedades diagnosticadas en la misma cabaña ganadera.
Es cierto que el uso de medicamentos en la ganadería está regulado, aunque las normas no son las mismas en todos los países y algunos son más permisivos que otros. Por ejemplo, hay países donde se permite el uso de fármacos para provocar un crecimiento más rápido en los animales, mientras que en otros únicamente están permitidos para prevenir o tratar enfermedades. Lo que no sabemos es hasta qué punto el nivel de exigencia en los estados menos permisivos puede ser seguro para los consumidores.
En la industria ganadera, los antibióticos se utilizan principalmente para la prevención de enfermedades. Tengamos en cuenta que en la mayoría de las granjas los animales viven en condiciones de hacinamiento y suciedad extrema, y este es el escenario perfecto para la propagación de infecciones de todo tipo. En caso de aparecer alguna enfermedad contagiosa en los animales, pueden darse varios escenarios:
- Que los animales acaben muriendo, lo que significaría pérdidas económicas para los ganaderos. Es por ello que estos prefieren usar los antibióticos de manera preventiva, antes de que aparezca la enfermedad. No pensemos que lo hacen por el bien de los animales, sino por el bien de sus bolsillos.
- Que las administraciones obliguen a los ganaderos a matar a los animales por el riesgo de transmisión, lo que nos lleva de nuevo al escenario anterior.
- Que sea demasiado tarde y llegue la temida zoonosis, es decir, cuando una enfermedad salta de animales no humanos a humanos, algo de lo que no estamos exentos por muchos antibióticos que se usen en la ganadería.
- O el escenario menos probable, por no decir nada probable: que los animales enfermos sean tratados. Esto no ocurrirá porque para los ganaderos es más rentable matarlos que pagar un tratamiento.
Así, la gran mayoría de los antibióticos en las granjas se administran en animales que no están enfermos. Esta práctica está prohibida en la Unión Europea, pero no en lugares como Estados Unidos.
Esto no solo pone en peligro a los consumidores de carne por la resistencia a los antibióticos, sino que también es una amenaza para el medio ambiente, ya que se han encontrado muestras de estos medicamentos en entornos acuáticos cercanos a granjas.
Como solución, hay quienes proponen el mal denominado «bienestar animal«, es decir, mejorar las condiciones de los animales en las granjas, algo inviable para la propia industria si no se reduce drásticamente el consumo de productos de origen animal. Tampoco soluciona el problema ético de la cría de animales para convertirlos en filetes o para explotarlos por su leche o huevos. Por eso, otras personas proponemos el veganismo.


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