Los animales y el planeta necesitan políticas valientes que los defiendan, los respeten y velen porque toda la sociedad lo haga. Sin embargo, por norma general la clase política no vela por el respeto hacia los otros animales ni hacia el conjunto de los ecosistemas, sino por los intereses económicos de las empresas que los matan, los maltratan y los explotan.
Si no fuera así, la caza hace tiempo habría pasado a la historia. Pero sigue siendo una actividad autorizada. Esto supone que es legal matar, separar a madres de cachorros hasta el punto de impedir la supervivencia de estos, contaminar los entornos naturales con plomo y otros residuos, invadir madrigueras y otros refugios o utilizar perros que viven en las peores condiciones. Por si esto fuera poco, también es legal acudir a países africanos para cazar animales salvajes amansados e importar sus trofeos. ¿Qué política valiente se atreverá a acabar con la lacra de la caza?
También habría pasado a la historia la peletería, porque ¿quién necesita pieles de animales para abrigarse en el siglo XXI? Solo la industria peletera que se beneficia hacinado animales de naturaleza salvaje para despellejarlos y fabricar abrigos. Una política valiente sería prohibir de una vez las granjas peleteras y la importación de todo tipo de pieles.
Si la clase política no obedeciera a los intereses económicos de las empresas, tampoco seguirían firmándose convenios y contratos con laboratorios que realizan sus ensayos en animales, ya sean cosméticos, farmacéuticos o de investigación de otra índole. Por el contrario, se apostaría mucho más por el desarrollo de alterativas éticas.
Pero si hay un ámbito en el que los intereses de las empresas presionan en la toma de decisiones es la ganadería, que subsiste gracias a las subvenciones. Escuchar a una figura política hablar mal de la ganadería es realmente extraño. Por el contrario y aunque sea lamentable, es más habitual escuchar que «un buen chuletón al punto es imbatible» por parte de presidentes del Gobierno.
Por eso, no son pocos los políticos que arremeten contra el movimiento animalista o vegano. Se supone que nuestros representantes actúan en favor de los intereses del conjunto de la sociedad, pero lo cierto es que lo hacen en favor de los lobbies.
Este año se ha estrenado un documental llamado Food for Profit, que indaga en los vínculos entre la industria ganadera y las instituciones europeas. La película ya ha logrado alguna que otra despedida y algunos comentarios, como el de Francesco Lollobrigida, ministro de Agricultura italiano, que se atrevió a señalar que las malas prácticas en la ganadería son «casos excepcionales» y que «la gran mayoría de los ganaderos siguen las normas«. El problema, y volvemos al inicio, es cuando esas normas permiten matar, maltratar y explotar. ¿Podemos llamara a esto «buenas prácticas»?


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