El veganismo no siempre tiene la empatía como una de sus características. Tal vez el ejemplo más sencillo de esta afirmación está en los insectos, animales con los que la mayoría de las personas somos incapaces de conectar, y que incluso en ocasiones nos generan molestias como picaduras, vuelos incesantes a nuestro alrededor, cosquilleos incómodos… Tampoco tenemos claro si todas las especies de insectos son sintientes, pero como animales que son, desde el veganismo no podemos entender otra cosa que no sea tratarlos como lo hacemos con seres de otras especies.
Sin embargo, hay muchas otras razones para proteger a los insectos, lejos de la empatía o carencia de esta que nos generen. Y es que estos animales son esenciales para los ecosistemas y para la vida en el planeta, y esto va más allá de las abejas.
Muchas especies de insectos son cada vez más escasas. En ello tiene mucho que ver la ganadería y sus miles de hectáreas de monocultivos destinados a alimentar a millones de animales confinados en granjas que después son enviados a mataderos para más tarde depositar su carne en bandejas para venderla en supermercados. Los monocultivos destruyen los ecosistemas y los paisajes, pues acaban con la variedad de especies de flora que los componen, y por ende, con la variedad de especies de fauna que dependen de estas. Por resumirlo, los monocultivos destruyen la biodiversidad.
A su vez, por cada especie animal que desaparece de un paisaje que ha sido alterado por un monocultivo, desaparece otra que se alimenta de ella, y así hasta completar toda la cadena trófica. Y esto es algo que ya estamos viendo como consecuencia de la crisis climática a la que contribuye enormemente la ganadería con sus monocultivos repletos de pesticidas y fitosanitarios, con el confinamiento de millones de animales en granjas (intensivas y extensivas) y sus consiguientes purines y desechos, y con todo el transporte asociado a esta actividad.
Con la crisis climática y el calentamiento global, ya se han observado especies de árboles o plantas cuyas hojas o flores aparecen antes de lo normal. Algunos insectos que se alimentan de ellas se han adaptado y también aparecen antes de tiempo (a los que no se adaptan solo les queda la extinción o una nueva adaptación a vivir con menos comida). Pero las especies de aves migratorias que se alimentan de estos insectos puede que todavía no hayan migrado al adelantarse los procesos. Así, la disponibilidad de su alimento principal ya no coincide con la temporada en la que finalizan sus migraciones para criar, lo que afecta directamente tanto a individuos adultos como a sus pollos. ¿Y si las aves también se adaptan y migran antes de lo habitual? Entonces sus depredadores se ven en la misma disyuntiva, y no podemos esperar a que todas las especies se adapten a la crisis climática provocada por la actividad humana porque entonces el proceso se llevará por delante a muchas especies. En definitiva, hay que actuar.
Una buena manera de actuar es dejar en paz a los insectos. Podemos empezar por no matarlos porque sí, lo que se traduce en no pisotear arañas y hormigas o instar a niños y niñas a que lo hagan, no fumigar nuestras casas y fincas con insecticidas o no comprar ese utensilio llamado matamoscas que está presente en todas las barbacoas al aire libre de los veranos. Si las barbacoas son veganas, mucho mejor. Otra forma de proteger a los insectos es no comerlos y no contribuir a ese negocio incipiente que pretende sustituir la proteína de mamíferos, aves y peces por proteína de insectos. De verdad, no es tan difícil sacar a los animales de nuestros platos, sean de la especie que sean.


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