Términos que enmascaran una realidad de sufrimiento

Desde que somos pequeños, nos acostumbramos a decir «carne» en lugar de «trozos de animal muerto», «jamón» en lugar de «pierna de cerdo bañada en sal», «gelatina» en lugar de «restos de pieles, tendones y huesos», «pescado» en lugar de «pez muerto» o «morcilla» en lugar de «sangre cocinada», entre otros muchos términos que enmascaramos en palabras que no suenan tan feas. Tanto es así que muchas veces disociamos lo que estamos comiendo de la realidad de sufrimiento que hay detrás.

Recuerdo, en una ocasión, durante un paseo con unas amigas en verano, hace ya algunos años, estábamos comentando el tema de las gominolas y de qué están hechas. No recuerdo si en aquel momento era vegana o vegetariana, pero sí sé que no comía chucherías porque sabía que ni siquiera son vegetarianas, mucho menos veganas. Entonces, yo comenté que las gominolas se obtienen a partir de tendones, cartílago y todo tipo de restos de la industria cárnica. Otra chica respondió que esto es un mito, y que «las gominolas están hechas de gelatina, de toda la vida». Todas las demás le dieron la razón. Quizá el problema fue mío, al no explicar que es la gelatina la que se obtiene de restos cárnicos, y a partir de esta se hacen las gominolas. Sea como sea, lo cierto es que estas chicas, como muchas otras personas, ignoraban el origen de dicho producto, porque nunca nadie se lo ha explicado, porque da lugar a chucherías (que no se parecen en nada a la carne) o porque se niegan a ver la realidad.

Y quizá con las gominolas es más difícil darse cuenta de su procedencia, pero en otros productos, como el jamón, que es evidentemente la pierna de un cerdo, he visto personas que se niegan a reconocerlo. En otra ocasión, comenté esto a otra chica, y me dijo que «el jamón no es la pierna de un cerdo, sino que el jamón es un manjar», porque decir que se está comiendo la pierna de un cerdo no suena nada bien, ni ante los demás ni en su propio cerebro, y esto es algo que cuesta asimilar. En la actualidad, no suelo comentar este tipo de cuestiones, porque la gente se lo toma bastante mal y puede acabar en una discusión que no llega a ninguna parte.

De esta forma, con todo esto no quiero decir que cada vez que veamos a alguien comiendo carne tengamos que decirle que, en realidad, lo que hay en su plato es un trozo de un cadáver, porque este tipo de comentarios suelen alejar a la gente del veganismo mucho más que acercarla, además de tomarnos por locos. Puede que con estas expresiones las personas se den cuenta de que, efectivamente, lo que están comiendo es un trozo de animal muerto, pero lo más probable es que se cierren a reflexionarlo con comentarios que suenan tan duros, aunque técnicamente no estén faltos de razón. Por eso, para mí esta no es la mejor forma de transmitir el veganismo.

Productos veganos

Últimamente, también se ha hablando mucho acerca de los productos veganos con denominaciones tradicionalmente asociadas a la carne o a los lácteos, como hamburguesa, queso vegetal, escalope vegetal, salchicha vegana, etc. Los defensores de los productos de origen animal, y sobre todo algunas empresas, recalcan su enfado ante esta cuestión, e incluso la organización Provacuno ha llegado a elaborar una lista de nombres alternativos «para evitar que el público se confunda». En primer lugar, no hay lugar a confusión, incluso aunque los productos veganos se llamen igual o se parezcan; y en segundo lugar, esto no es más que una muestra de que el movimiento por los animales avanza y cada vez hay menos demanda de carne.

Personalmente, me parece bien llamar queso a un queso vegetal, o hamburguesa a una hamburguesa vegana, porque el veganismo es una cuestión ética, no gastronómica, y la gran mayoría de las personas no nos hacemos veganas porque no nos guste la carne. Además, es curioso que quienes critican esto solo hacen referencia a los productos más novedosos, porque, al parecer, no se puede llamar filete a un filete vegano, pero sí se puede decir carne de membrillo a un artículo de procedencia vegetal; o perrito caliente a una salchicha que no está hecha con carne de perro; o hamburguesa a una preparación que nada tiene que ver con una señora de la ciudad de Hamburgo. Es como si lo que conocemos tradicionalmente no se pudiera tocar, pero lo nuevo no se puede permitir.

Este debate ha llegado incluso al Parlamento Europeo, aunque, por suerte, no se llegaron a imponer más restricciones de las que ya tienen a los productos veganos o vegetarianos. Sin embargo, grandes empresas presionaron para que así fuera, alegando que los consumidores pueden confundirse y comprar un queso vegano cuando querían un queso de oveja, como si estos fuesen estúpidos y no se dieran cuenta. También es cierto que otras empresas de la industria cárnica o láctea prefieren seguir utilizando denominaciones como leche, queso o hamburguesa, porque ellas mismas están fabricando productos de este tipo y saben que un cambio no les beneficiaría. Bajo mi punto de vista, más allá de que las multinacionales ganen o pierdan dinero, el avance del veganismo es imparable, por muchas piedras que traten de poner en el camino.

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