Palomas

Las consideramos símbolos de la paz, pero a la vez, son unas de las aves más detestadas. Para algunas personas, las palomas generan sentimientos que nada tienen que ver con el pacifismo. Pero de nuevo, las palomas no han hecho nada. De nuevo, la culpa de todo es nuestra.

En algunas ciudades, la presencia de palomas molesta. La gente se queja de que ensucian. Pero no seamos hipócritas. Las calles están llenas de envases de plástico de patatas fritas, de botellas de agua, de colillas y paquetes de tabaco, de chicles pegados en el suelo y de todo tipo de residuos. Es de tener muy poca vergüenza decir que las palomas ensucian. ¿Hacen caca? Sí, como el resto de aves y animales en general. Como tu perro, cuyas heces no recoges mientras maldices a las palomas por haber ensuciado el patio de tu casa. ¿Crees que las palomas son más sucias que tú, que no eres capaz de separar tus residuos o que tiras los restos de tus cigarros al suelo sin ningún pudor? ¿O que estas aves nos perjudican más que nosotros mimos con la contaminación, cambio climático, incendios provocados y demás desastres?

La hipocresía de algunos humanos lleva, incluso, a considerarlas plaga por el simple hecho de ver amplios grupos de estas aves en las plazas de las principales ciudades o en los tejados de los edificios. Personalmente, pienso que no existe dicha plaga, y que seguramente ni siquiera podamos hablar de «sobrepoblación». Quizá por su tamaño se hacen notar más que otras aves, o quizá son más visibles. En cualquier caso, no faltan quienes plantean acabar con ellas de las formas más crueles, en lugar de buscar métodos más eficaces y menos violentos de control poblacional.

Por supuesto, quienes consideran a las palomas como una plaga jamás se pararán a prestar ayuda a alguna que lo necesite. Pero es que la falta de empatía va más allá de estas personas. En la calle más concurrida de cualquier ciudad, puede haber una paloma en apuros, con alguna lesión que le impide volar o caminar, o herida, y uno entre un millón será quien se percate de la situación y le proporcione asistencia veterinaria.

Photo by Jonas Dautel on Pexels.com

En los pueblos, la situación no es tan diferente. En el mío, conozco un caso muy concreto que me llamó la atención, el de una familia que dejó de hablarse porque una de las partes tenía palomas encerradas y decidió soltarlas, lo que ocasionó que la otra parte se enfadase porque las aves en libertad ensuciaban su patio.

Esta no es la única vez que alguien que tenía palomas en cautiverio decidió soltarlas. Y es que estas aves pueden comprarse, como las gallinas, de una manera muy sencilla y accesible. ¿Por qué las compran? No lo sé muy bien. Hay quienes las crían para comerse a los pichones (los bebés de las palomas), y no es broma. Otros las compran por comprar, simplemente para tenerlas encerradas y soltarlas el día que consideren que les cuesta mucho trabajo alimentar a unos animales de los que no sacan ningún beneficio. Estas sueltas ocasionan riñas entre vecinos y todo tipo de métodos para ahuyentar a las aves, como espantapájaros o sonidos fuertes, lo cual no sirve de nada. Quizá un espantapájaros las asuste una vez, pero no dos. Y en cuanto a los sonidos, que una señora se ponga a dar cacerolazos desde la ventana no impedirá que los animales vuelvan a posarse en su tejado.

Por supuesto, prefiero mil veces ver palomas en libertad que encerradas, pero aquí cabría preguntarse cuál es la mejor manera de soltarlas y dónde, o si seguiremos proporcionándoles alimento. Precisamente, algo que también ocasiona discusiones vecinales es el hecho de que alguien con empatía alimente a las palomas. Pero esto es algo que a mí no me influiría demasiado si alguien del barrio me increpara por hacerlo. De hecho, en verano suelo dejar agua en mi ventana para que las aves sacien su sed.

Algo que también he visto toda mi vida en mi pueblo es la tradición en la que los niños que han hecho la comunión lanzan palomas a volar. Aparentemente, todo muy bonito, pero no. Las madres y padres se encargan, durante los días anteriores, de buscar una paloma, y suele pedirla a esas personas que las tienen en cautiverio, que acceden a prestársela. Esto implica separar a la paloma de su pareja (porque estos animales viven en pareja), meterla en una caja sin visibilidad y soltarla para que vuele (o no) desorientada. La gente dice que siempre vuelven al lugar de donde salieron, pero yo no puedo asegurarlo.

Solo puedo finalizar con los términos con los que yo definiría todo esto que he tratado de describir en los párrafos anteriores: maltrato animal.

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