España es el país con más delfinarios de Europa. Uno de ellos, tal vez el más conocido, es el Loro Parque de Tenerife, aunque más que un delfinario, este centro es un zoológico que no solo explota cetáceos, sino también animales de otras especies. Un zoológico propiedad de un millonario alemán que también es dueño de otros centros similares en Canarias, con tanta influencia como para haber excluido a los cetáceos de la Ley de Protección Animal estatal.
Con capacidad para 1800 espectadores, el delfinario del Loro Parque es uno de los atractivos turísticos de Tenerife. En él, delfines realizan acrobacias en una piscina al ritmo de la música mientras sus entrenadores los utilizan como objetos y el público que aplaude sin llegar a la conclusión de que los animales no son espectáculos los toma como tal.
Como otros zoológicos, el Loro Parque se esfuerza por dar una imagen de «centro educativo«, de «centro de investigación» de «conservador de las especies» o de «responsable con el medio ambiente«, ¡incluso tiene su propia plantación ecológica! Tal es la hipocresía que se respira en este lugar que también pueden leerse mensajes «educativos» como la velocidad a la que pueden nadar los delfines, una habilidad que difícilmente desarrollarán estando presos en una piscina.
Loro Parque también informa a su público sobre las amenazas a las que se enfrentan los delfines, como la contaminación o el tráfico marítimo, pero en ningún momento advierte de la amenaza que supone para estos animales la existencia de delfinarios cuyos habitantes han sido secuestrados de forma violenta de su hogar y separados de sus familias para siempre, muchas veces siendo solo unas crías.

Lo cierto es que por muchos niños que acudan al Loro Parque a ver a los delfines o a las orcas por primera y tal vez única vez en su vida, lo que realmente les transmite esa visita es que se puede tratar a los animales como a objetos, porque de su comportamiento nada aprenderán. Y es que ningún delfinario reúne las condiciones para que los animales se comporten como lo harían en el océano. Por mucho que Loro Parque se esfuerce en imitar la naturaleza con árboles y rocas, lo cual no cambia el hecho de que los cetáceos viven atrapados en tanques de hormigón que en nada se asemejan al medio acuático del que proceden.
Una realidad que soportan delfines como Paco, capturado en las costas de Florida en 1984 que llegó desde Miami a Tenerife en 1986, tras un viaje de 5000 kilómetros en avión a lo largo del Océano Atlántico. Hoy Paco sigue siendo explotado en Loro Parque, casi 40 años después de que viera el océano por última vez.
Pero Paco no es el único delfín capturado en Florida que ha acabado en Tenerife. Este es también el caso de Pacina, secuestrada en 1986 y trasladada un año después al Loro Parque, donde continúa actualmente. O Baron y Crystal, capturados también en los años 80, aunque ninguno de ellos sigue vivo, al igual que Ruffles, secuestrado en 1986 y encerrado en el tanque de Loro Parque desde 1987 hasta 2021, año en que murió. Tampoco sigue viva Sanibel, que llegó a Tenerife en 1987, tras haber sido separada de su familia.
Otros delfines nunca han conocido ni conocerán el océano, puesto que han nacido en la cautividad del Loro Parque, como Luna, Clara, Ilse o Ebu. También viven en el zoológico delfines nacidos en otros acuarios, como Achille o Ulisse, procedentes de Italia.
Lo mejor que podemos hacer por todos ellos es no acudir a delfinarios, zoológicos, parques marinos o acuarios. Que no te engañe la apariencia de felicidad de los delfines, supuestamente «sonrientes» y juguetones. Estos centros no educan, sino que lo que hacen es eso, engañar. Y explotar animales.
Fuente: Dolphin Project.


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