¿Sabes cómo nacen los cerdos que te comes?

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La película Babe, el cerdito valiente comienza cuando el protagonista se encuentra junto a su madre y hermanos en una horrible granja con la esperanza de que cuando salgan de allí serán llevados a un lugar mejor, sin saber que lo que les espera es el matadero. Lo que muchos espectadores ven como una escena más en una película familiar refleja casi a la perfección lo que es la cría de cerdos. Porque estos animales no nacen en espaciosas habitaciones rodeados de paja por las que pueden corretear al poco tiempo y con una puerta abierta a un campo verde. Eso sí que es ficción.

La realidad de la cría de cerdos son enormes granjas cuya amplitud no repercute para nada en el espacio del que disponen los animales, ya que el tamaño de las instalaciones está pensado para criar al mayor número posible de cerdos, no para que estos dispongan de cierta libertad de movimientos. Estas granjas están llenas de jaulas de gestación o de parto en las que se mantiene a las cerdas reproductoras encerradas durante el embarazo, el parto y la lactancia.

Las cerdas pasan casi la mitad de su vida en estas jaulas, obligadas a parir una y otra vez. Durante el embarazo, se mantienen en jaulas de gestación, que son tan estrechas que les es imposible cambiar de posición. Cuando la cerda está a punto de dar a luz, pasa a la jaula de parto, donde la situación no mejora demasiado. Allí están hasta que los cerditos son destetados, durante casi un mes. Los animales también están inmovilizados, viven hacinados y las cerdas a veces aplastan a los cerditos porque no pueden levantarse para evitarlo, a pesar de que las jaulas de parto están separadas en una parte para la madre y otra para la cría, precisamente para impedir esos aplastamientos que igualmente se dan.

Cuando los lechones son destetados y trasladados a otra granja para ser engordados o al matadero, se permite a las madres salir de las jaulas parideras, pero tras después son inseminadas de nuevo e introducidas en una jaula de gestación.

Las jaulas no solo limitan el movimiento de los animales y los mantienen hacinados, sino que también restringen sus instintos y comportamientos naturales, de forma que pueden desarrollar actitudes anómalas como morder las barras de la jaula o beber excesivamente. Los cerdos son animales sociales y muy inteligentes, por lo que esto sin duda les provoca un enorme sufrimiento, no solo físico, sino también psicológico. Además, el hecho de vivir rodeados de sus propias heces aumenta el riesgo de que sufran infecciones (recordemos que estos animales también son muy limpios y jamás defecan en el lugar donde duermen, a menos que no tengan escapatoria como en las granjas). Las jaulas y la inmovilización también les provocan heridas y lesiones.

Sin granjas de por medio, las cerdas prepararían un nido para sus cerditos antes de que estos nacieran, un comportamiento natural que les es prohibido. Esta insatisfacción provoca que algunas veces las madres intenten atacar a sus hijos en las granjas, que aborten o que se les retrase el parto.

A los tres años y después de haber sido explotadas toda su vida, las cerdas acaban en el matadero. A los lechones, por otra parte, se les castra y se les corta el rabo cuando son destetados. Normalmente, su llegada al matadero ocurre a los pocos meses.

El sector de la ganadería suele defenderse diciendo que las jaulas de gestación y parideras están pensadas para proteger a los cerdos. Sin embargo, lo único que protegen son los intereses económicos de los dueños de las granjas, que quieren producir más reduciendo gastos.

Las jaulas de gestación o de parto están prohibidas en países como Suecia y Reino Unido desde los años 90, en Noruega desde el 2000, o en algunos estados de EE.UU. En la Unión Europea, desde el 2013 no se permite usar jaulas de gestación desde las cuatro semanas de embarazo hasta la primera semana antes del parto. Algunos países europeos restringen aún más el número de días que se permite usar jaulas de gestación. España y Alemania son los países con más cerdas enjauladas.

Ahora pensarás en los cerdos de tu abuela en el pueblo, cuya cría, por cierto, tampoco tiene justificación ética, por mucho que dispongan de espacio y vivan en el campo rodeados de naturaleza, aunque también hay que mencionar que esto no siempre es así en los pueblos. Que en los pueblos también hay cuadras oscuras y pocilgas en las que los animales no ven la luz del sol, y que las matanzas son especialmente crueles. Pero al margen de esto, no puedes justificar tu consumo de carne de cerdo por los cerdos de la abuela. ¿O crees que la carne que compras en la carnicería o en el supermercado procede de cerdos como estos? Pensar que los productos cárnicos han sido obtenidos de animales felices es solo una forma de calmar la conciencia. La mayor parte de la carne y la más accesible procede de granjas intensivas, y ninguna granja está pensada para la felicidad de los animales, ni siquiera la de tu abuela.

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