Los seres humanos tendemos a etiquetar o categorizar absolutamente todo, a veces para bien y a veces para mal. Es lo que hacemos con los otros animales, y en particular con los que viven en estado salvaje: a unos los catalogamos como protegidos, a otros como cinegéticos.
Para considerar que una especie debe ser protegida, tenemos en cuenta diferentes factores, pero el más habitual suele ser la presencia de muy pocos ejemplares hasta el punto de que si no se toman medidas podría desaparecer. Ejemplos de ello son el lince ibérico o el oso pardo en España. Es muy frecuente que el hecho de que queden pocos individuos de otra especie se deba a la actividad humana, fundamentalmente por la ocupación de su hábitat, su caza o la caza de sus presas en el caso de los carnívoros, la falta de alimento u otros factores; y normalmente solemos darnos cuenta muy tarde del problema causado, pero nunca es tarde para tomar medidas que permitan solucionarlo.
Desde el punto de vista del ecologismo, es evidente que esas especies deben ser protegidas, lo que implica la prohibición de su caza, la reintroducción de ejemplares en determinados hábitats u otras acciones a valorar en cada caso. Y no es negativo hacerlo, ¿pero por qué unas especies deben protegerse y otras pueden cazarse, si en ambos casos estamos hablando de seres sintientes cuyas vidas deben ser respetadas? Ahí es donde entra el enfoque animalista, que no siempre coincide con el ecologista.
Es cierto que existen especies cuya situación es muy delicada y han de tomarse las medidas oportunas para revertirla, pero eso no significa que debamos permitir el asesinato de miles de animales de otras especies, entre otras cosas porque la caza es uno de los factores que contribuye al desequilibrio en los ecosistemas, a la pérdida de biodiversidad y a la disminución de individuos, por muy controlada que esté por parte de las autoridades competentes.
Pero sobre todo, porque un jabalí, una liebre, un corzo o una perdiz tienen el mismo derecho a vivir que un lince ibérico, un oso pardo o un tigre de Sumatra, independientemente de que existan cientos de miles de individuos de unas especies y tan solo unas decenas de otras. Y no, no sirve como excusa que hay sobrepoblación de jabalíes y conejos, que estos causen daños en los cultivos o que provoquen supuestos accidentes. Es hora de empezar a dejar de poner al ser humano en el centro de todo, de entender que no somos lo único que importa en el mundo y que nuestro bolsillo no está por encima de la vida de un animal, aunque a algunos les duela, si bien hay a quienes lo único que les duele es que les impidan disfrutar de matar.
Ojalá tomemos las medidas necesarias para proteger a los animales en peligro y empecemos a respetar a los que no lo están. ¿Y por qué respetarlos? Es sencillo, porque su vida importa como seres sintientes que son, al igual que tú.


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