A nadie le gustaría ver restringida su libertad de movimientos. Ni que le separen de su familia cuando aún está creciendo. O que le arrebaten a un hijo al que jamás volverá a ver. Ni que le condenen a vivir confinado en unos pocos metros cuadrados. Todo eso y mucho más es lo que sufren los animales en cautividad, ya sea en zoológicos, acuarios o parques marinos. Esa es la vida que alguien decidió sin ningún derecho a hacerlo para orcas como Lolita o Tilikum, el protagonista del documental que hoy recomendamos: Blackfish (2013).
La película, de unos 80 minutos de duración, explora las diferentes situaciones a las que se enfrentan las orcas en cautividad a través de la experiencia de Tilikum, una orca macho que fue capturada en Islandia en la década de 1980. Desde allí, fue trasladada a Canadá, y posteriormente al SeaWorld de Orlando (Florida, Estados Unidos). El documental cuenta con los testimonios de varios trabajadores del parque marino, que sin duda resultan de gran utilidad para entender todo el entramado que rodea a estos lugares y por qué siguen abiertos.
A lo largo del documental, se muestran los anuncios con los que SeaWorld se mostraba ante la sociedad estadounidense y presentaba a sus orcas, dirigiéndose sobre todo a los niños y niñas. Como los zoológicos, los parques marinos siempre se han promocionado como lugares para visitar en familia y mostrar a los más pequeños los animales que les fascinan, y en este caso, las orcas han sido y siguen siendo el principal atractivo de estas cárceles. Eso si, haciéndoles creer a los niños que los cetáceos se divierten, que juegan como ellos y que les encanta actuar ante las gradas llenas de espectadores a los que salpican. De los entrenamientos con castigos, de la privación de alimento, de las horribles capturas o de las lesiones que sufren las orcas en cautividad mejor no hablarles. Perderían a su público objetivo.
De hecho, ningún niño querría visitar SeaWorld después de ver Blackfish y escuchar los gritos de una madre orca cuando le quitan a su cría para llevársela a otro parque marino porque «molestaba», o los gritos de las orcas libres en el océano cuando les hacen eso mismo para vender a los individuos más pequeños a SeaWorld y centros similares, o la sangre de las orcas siendo atacadas por sus semejantes debido al estrés.
La película muestra lo inteligentes que son estos animales. Por ejemplo, tienen su propio lenguaje, que difiere totalmente entre unos grupos y otros, algo ignorado en los parques marinos donde juntan a individuos de diferentes grupos que no pueden convivir y acaban atacándose. Otro ejemplo lo aporta en el documental un hombre que en el pasado se dedicó a capturar orcas en estado salvaje y señala cómo un grupo de orcas sabía que iban a arrebatarles a las crías porque ya lo habían vivido antes y organizaron un plan para impedirlo.
Testimonios
Por su parte, los antiguos trabajadores de parques marinos, al igual que el testigo anterior, reconocen que lo que hacían no estaba bien. De alguna forma, ellos también son víctimas del negocio de los dueños de los parques a los que lo único que importa es el dinero. Víctimas, como también lo fueron los empleados que han muerto tras ataques de orcas como Tilikum, una de las partes más duras del documental.
Estos entrenadores que han muerto no pudieron defenderse del descaro de los directivos de SeaWorld o de Loro Parque (Tenerife) cuando les culparon de lo sucedido o cuando compraron orcas que ya habían atacado a trabajadores sin dar importancia a este hecho, porque lo único que les importaba era obtener dinero de ellas, o cuando no paralizaron los espectáculos con orcas tras tragedias como estas.
Los mismos directivos de parques marinos que han difundido mitos falsos como que la mayoría de las orcas tienen su aleta dorsal caída, cuando en realidad esto solo ocurre en estos lugares como consecuencia del estrés y la tristeza en la que viven sumidos los cetáceos; o que las orcas en cautividad viven lo mismo que las orcas en libertad. Los mismos directivos que han obligado a las estos animales a reproducirse para obtener nuevos ejemplares a los que explotar, y por cierto, a través de técnicas que dejan claro la nula empatía de estos hacia los animales, como queda de manifiesto en Blackfish.
Los propios empleados que participan en el documental aluden a algo bastante revelador: creían que las orcas disfrutaban y no era necesario tener conocimientos sobre estos animales para trabajar con ellos, aunque pensaban que lo sabían todo sobre ellos. Lo único que tenían que aprender era cómo adiestrarlos: una vez más, un negocio en el que solo importa el dinero y donde la ética no existe. Podemos establecer semejanzas con la ganadería, pues los ganaderos son los mejores expertos en cómo explotar a los animales y sus conocimientos sobre ellos se basan en eso. ¿Los conocen realmente? Lo más probable es que no.
El protagonista de Blackfish, Tilikum, murió en 2017, tras más de 30 años en cautividad. Como sucedió con Lolita, numerosos colectivos de activistas no se cansaron nunca de pedir su liberación, mientras SeaWorld hacía oídos sordos. La empresa, por cierto, tuvo una pérdida importante de asistentes tras el estreno del documental.
Una década después de ese estreno, podemos decir que estamos más cerca del final de los parques marinos.


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