En general, no tenemos mucha idea de dónde proceden los alimentos que compramos en los supermercados; y en particular, no tenemos ni idea de dónde proceden la carne, los lácteos o huevos, lo que lleva a muchas personas a defender la ganadería sin saber que está defendiendo la crueldad y el sufrimiento animal. Esto lo vemos día tras día en los comentarios en posts sobre veganismo en redes sociales.
Existe una percepción generalizada de que los productos de origen animal proceden de animales que crecen felices en pastos verdes, que por la noche duermen resguardados en cobertizos cubiertos de paja y por el día comen hierba y toman el sol. Animales que en los últimos momentos de su vida acuden contentos al matadero para darnos su carne porque para eso los hemos alimentado (sí, hay gente que así lo ve, seguramente para no sentirse mal).
Lo cierto es que no es tan extraño que la ganadería extensiva se perciba como lo habitual en la explotación animal. Cuando pasamos por cualquier carretera atravesando cualquier provincia de nuestro país, es normal encontrarnos con ovejas, vacas o cabras pastando al aire libre, y sabemos que acabarán convirtiéndose en carne o utilizadas para producir leche y quesos, mientras pensamos en la calidad de los productos tradicionales y recordamos con nostalgia a nuestros abuelos, e incluso se nos ocurre hacer una parada en el pueblo en cuestión para comprar un queso o unos huevos en la típica tienda de productos de la zona, que seguro que serán mucho mejores que los del supermercado.
Esas ovejas, vacas o cabras que vemos por las carreteras nos parecen felices. Probablemente no nos demos cuenta de que los terneros y corderos que las acompañan tienen los días contados, o que ya se los han quitado a sus madres a los pocos días de vida para convertirlos en filetes o chuletillas y los están llamando. Pero sus lamentos nos parecen el sonido normal de la especie. Porque no tenemos ni idea. O sí, porque realmente es el sonido normal de estos animales cuando se encuentran en granjas. No los hemos visto en otros contextos y no sabemos nada sobre cómo se comportan en realidad. Tampoco nos damos cuenta de que estar en pastos verdes comiendo hierba no hace a los animales más felices.
Y por supuesto, no pensamos que la mayor parte de los productos de origen animal que consumimos no procede de ese tipo de granjas. Que el único interés de la industria, tanto en explotaciones intensivas como extensivas, es ser millonaria y no el bienestar de los animales, y que casi todos ellos viven en naves industriales, hacinados, envueltos en suciedad, maltratados cada día y sin ver la luz del sol.
Algunas personas prefieren pensar que viven en la época de sus bisabuelos, humildes y bucólicos pastores que crían a los animales con mimo hasta el último de sus días, mientras omiten de su pensamiento la fase final, la de la matanza, incluyendo la de crías de pocos días de vida. Otras idealizan también esta última fase, por aquello de la nostalgia de un pasado que no fue mejor, porque para nuestros bisabuelos, los animales también eran productos y como tal los trataban. Para ellos, los bueyes les ayudaban en las labores del campo y las gallinas les daban sus huevos a cambio de alimento, como si a los animales les gustara que se aprovechen de ellos.
Si ahora los animales viven en condiciones penosas en granjas, el trato que recibían décadas atrás y siguen recibiendo en la ganadería extensiva no es mucho mejor. Dejemos de romantizar la explotación animal, porque nunca dejará de ser eso, explotación. Y por supuesto, avancemos a un futuro en el que esta quede atrás. Dejemos de disfrazar a los productos procedentes de granjas extensivas de «naturales», «de bienestar animal» o «de calidad», porque ni son naturales (y si lo fueran, eso no significa que sean buenos), ni existe bienestar animal en ninguna granja, ni la calidad (si es que esta es real) prima sobre el respeto hacia otros seres sintientes.


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