El menosprecio está reñido con la inteligencia

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Que el ser humano menosprecia a otras especies es una realidad fácilmente constatable. El menosprecio es visible no solo en el trato que reciben los animales en las granjas, sino en la propia existencia de la actividad ganadera; en los perros abandonados, en los gatos envenenados de colonias felinas, en la caza o en la permisividad de esta por parte de las autoridades.

Habitualmente, justificamos muchas de esas acciones porque supuestamente somos más inteligentes. Somos tan inteligentes que hemos logrado domesticar a decenas de especies para sacar provecho de ellas. Somos tan inteligentes que hemos inventado venenos y trampas letales para otros animales sin que estos se den cuenta de que lo que consideran un alimento o un objeto que llama su atención va a matarlos. Somos tan inteligentes que somos capaces de regular los ecosistemas gracias a la caza. Somos tan inteligentes que estamos en la cima de la cadena alimentaria. No como los pobres perros, que son tan tontos que lo pasan realmente mal cuando son abandonados. No como las ovejas, que son tan tontas que donde va una, van todas. No como los zorros, que son tan tontos que se esconden de los perros de los cazadores en sus madrigueras sin saber que no podrán escapar.

Evidentemente, ninguna de estas afirmaciones es cierta. Ni la domesticación es el culmen de nuestra inteligencia, ni tenemos derecho a poner venenos y trampas a otros animales, ni la caza regula los ecosistemas; ni estamos en la cima de la cadena alimentaria, porque directamente no formamos parte de ella; ni los perros, ni las ovejas, ni los zorros son tontos.

Considerar tontos a otros animales es esa forma de menosprecio que nos hace justificar las peores acciones. Esas acciones que si realmente somos los animales más inteligentes no deberíamos llevar a cabo. Porque una inteligencia superior a la del resto de las especies debería servirnos para respetarlas. Y respetarlas pasa por no aprovecharnos de ellas para ningún fin.

La forma como tratamos a los otros animales es una prueba de que no somos tan inteligentes como pensamos. ¿Cuántas veces has escuchado que las ovejas son tontas? La explicación de esta afirmación suele ser aquello de que donde va una, van todas. De hecho, la palabra «rebaño» se ha utilizado en política para definir a ese pueblo alienado que no se cuestiona lo que dicta el poder o la religión.

Tampoco es extraño escuchar decir que un perro es tonto, o lo mismo con un gato, por ejemplo cuando hay un trozo de comida cerca de él y no lo encuentra por más que lo busca.

Al final, lo que estamos haciendo es considerar a otros animales tontos por no actuar como actuaríamos los seres humanos. Lo cierto es que es muy poco inteligente pensar que el comportamiento de otros animales de especies distintas tiene que ser igual al nuestro. Que las ovejas se organicen en rebaños o que los perros y los gatos tengan otros sentidos más desarrollados que la vista para localizar con sus ojos un objeto determinado no los convierte en tontos. Pensar que lo son, en cambio, sí nos convierte a los humanos en ignorantes.

Ignoramos sobre biología, sobre etología, sobre cómo se organizan los ecosistemas, sobre ciencia… Y no es necesario que todas las personas seamos expertas en animales, pero reconocer que no tenemos ni idea sí nos convierte en un poco más inteligentes. Llamar «tonta» a una oveja, no, aunque hacerlo es una forma de verbalizar esa creencia nuestra de que somos superiores por haber sometido a otros animales a nuestros intereses.

Y algo mucho peor: considerarnos los más inteligentes del universo es una manera de justificar que sigamos oprimiendo, maltratando, masacrando o extinguiendo sin remordimientos. Total, como somos los más listos, nada podrá contra nosotros. La crisis climática, la sexta extinción masiva, la ética… ¿Eso qué es?

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