¿Qué lleva a un juez a enviar a cinco vacas al matadero? ¿Qué llevó a una autoridad a ordenar la muerte de unos animales que vivían pacíficamente en un santuario? La primera pregunta tiene que ver con un caso muy reciente que preocupa a todo el movimiento animalista en España y que ojalá también traspase nuestras fronteras: las cinco vacas del santuario La Manada Cántabra que van a ser devueltas, por orden de la «justicia», al ganadero que no las alimentaba, que las mantenía encadenadas y encerradas en una instalación sin ventilación. La segunda pregunta guarda relación con los cerdos del santuario italiano Cuori Liberi, que en 2023 fueron sacrificados violentamente por orden de las autoridades, debido a un brote de peste porcina africana que no suponía graves riesgos, precisamente por tratarse de animales en un santuario que nunca iban a ser comidos ni a entrar en ninguna granja donde contagiar a otros cerdos en el hipotético caso de tener la enfermedad. Enfermedad que, por cierto, sigue expandiéndose en Italia, y no porque haya cerdos en santuarios, sino porque hay cerdos en granjas.
Podemos plantear otras preguntas: ¿Por qué un juez decide NO salvar a unos animales teniendo la potestad de hacerlo y a sabiendas de que su destino será el matadero? ¿Por qué si se tratara de cinco niños en lugar de cinco vacas tendríamos a todo un país movilizándose contra ese juez o jueza y a los medios de comunicación hablando del tema continuamente? ¿Por qué la «justicia» no condena el maltrato animal?
Preguntas, todas ellas, cuya respuesta gira en torno a lo mismo: los animales considerados de granja son considerados objetos, alimentos, propiedades, y no individuos sintientes. Cuando hablamos de maltrato animal, la mayoría de las personas piensan en patear a un perro, no en una vaca desnutrida y encadenada. Y eso queda de manifiesto en la falta de una legislación que proteja a los animales considerados de granja que viven en santuarios, la mayoría rescatados de situaciones como las de estas cinco vacas, que bajo ningún concepto serán la comida de nadie, que nunca pisarán un matadero, independientemente de las condiciones de cada santuario, de sus fondos, de sus recursos. Efectivamente, si no no se llamarían santuarios, se llamarían granjas.
Hace años no existían los santuarios. Los animales que hoy viven en ellos no habrían tenido entonces ninguna oportunidad de salvarse. Ahora existen, pero seguimos con una «justicia» que se empeña en mantener el modelo de explotación incluso cuando los animales han salido de ahí. Las leyes protegen la ganadería, y por ende, el maltrato, el abuso y la explotación animal.


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