Consumo de animales en las clases sociales

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Siglos atrás, el consumo regular de carne quedaba relegado a las clases sociales altas. Incluso los animales que criaban y mantenían los campesinos pertenecían a personas pudientes que aprovechaban su carne. La dieta mediterránea nunca contó con la carne como fuente principal de proteína, sino que se componía, principalmente, de cereales, legumbres y otros vegetales. Hoy hemos normalizado la creencia de que la carne y otros productos de origen animal son parte fundamental en la dieta mediterránea, cuando ni siquiera forman parte de la base de la tradicional pirámide. «Hay que comer de todo, pero con moderación», sostienen las mismas personas que incluyen algún tipo de carne en cada una de sus comidas y cenas diarias.

En un momento dado, los animales dejaron de ser propiedad de las familias adineradas. Muchas personas hemos escuchado a nuestros abuelos y bisabuelos hablar de los cerdos que criaban cada año, de los que «se aprovechaba todo», y cuya carne se consumía durante los doce meses siguientes a la matanza, mientras se criaba al cerdo del próximo año. En cualquier caso, sigue siendo un animal para todo un año. A día de hoy quienes siguen haciendo matanzas compran carne de cerdo en el supermercado. Y sí, hace un siglo también se comían pollos y gallinas, carne de ternera, de pavo o de conejo, pero las cifras son igualmente bajas si las comparamos con las actuales.

Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), una Europa sumida en la pobreza necesitaba producir alimentos para la población, lo que años después acabó dando lugar a la Política Agraria Común (PAC), que incentiva con subvenciones a los agricultores y ganaderos. A su vez, se generalizaron las razas seleccionadas genéticamente y la ganadería intensiva para una mayor producción, cría de animales y rentabilidad en el menor tiempo y espacio posible. Esto hizo que los españoles y españolas de los años 60 probaran por primera vez ciertos productos de charcutería, que pudieran comprarse algunas carnes que antes eran un lujo y que se expandieran ciertas hamburgueserías cuya oferta se conoce como comida basura.

Pese a que todo ello dio lugar a una mayor accesibilidad de la carne para todas las personas, el consumo de productos de origen animal sigue siendo una cuestión de clase. La carne considerada de mejor calidad es lo más caro de la cesta de la compra y de la carta de los restaurantes. Lo mismo pasa con el pescado y el marisco, que en el pasado fueron la comida de los pobres en las zonas costeras, mientras que el pollo y el pavo, hoy las carnes más económicas, adornaban las mesas de la nobleza. Lo que sí es más barato es la carne procesada o ultraprocesada, la de peor calidad, la misma que consumen al menos dos veces al día la mayoría de las personas. Mientras tanto, afloran las enfermedades cardiovasculares, la diabetes, el colesterol y la hipertensión.

Incluso la propia PAC, la Política Agraria Común que había llegado para hacer la carne accesible a todos los bolsillos, reparte la mayor parte del dinero a grandes empresas con dueños y accionistas millonarios, puesto que son quienes poseen más terreno cultivable (donde se plantan alimentos para animales no humanos) y granjas.

Y sí, las carnes vegetales y los productos precocinados y procesados plant-based encarecen la cesta de la compra de las personas veganas, pero no existen para sustituir a esas carnes de origen animal que hay quienes consumen en cada una de sus comidas y cenas, porque para eso están las legumbres, que son lo más barato del supermercado, aunque no se consideren gourmet. También están más cerca de lo que comían nuestros antepasados, pese a que existan gurús clasistas que nos vendan dietas ancestrales basadas en carne cruda.

Una respuesta a «Consumo de animales en las clases sociales»

  1. […] de la sociedad, pero se manifiesta de formas diferentes. Ya hemos hablado en este blog de cómo la clase social influye en el consumo de animales, desde el caro marisco que algunas familias solo pueden […]

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