Animales cosificados como símbolo de estatus social

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El contexto social en el que nacemos determina, en buena medida, nuestra relación con los otros animales. Es cierto que el especismo existe en todas las esferas de la sociedad, pero se manifiesta de formas diferentes. Ya hemos hablado en este blog de cómo la clase social influye en el consumo de animales, desde el caro marisco que algunas familias solo pueden permitirse en Navidad (o ni siquiera eso) hasta la peor charcutería que está presente en la alimentación diaria de muchas de esas personas que afirman ser de clase media y seguir una dieta mediterránea.

Pero más allá de la alimentación, existen otros muchos comportamientos influenciados por nuestro contexto social, que se dan en diferentes ámbitos de la explotación animal: el mascotismo, la caza, la tauromaquia o las pieles son algunos de ellos.

Piensa en todas las veces que has visto a una persona de vida acomodada o con apariencia de no tener problemas económicos con un perro. Casi seguro, el animal era de raza, probablemente de tamaño pequeño y con algún accesorio como un lacito, un jersey o unas coletas. Si tienen gato, probablemente se cumpla esta misma característica. ¿Adoptar? ¿Qué es eso?

Por supuesto, muchas personas a las que denominamos «de clase media» también compran perros, gatos u otros animales de raza, y no adoptan, pero sí abandonan al cabo de unos meses. O tal vez no, pero eso no significa que no hayan considerado a ese animal como un objeto de consumo al menos una vez en su vida, y con un desembolso económico que les afectó, con total seguridad, mucho más que a las del párrafo anterior.

Luego están quienes compran para criar y lucrarse de la venta de cachorros, aunque para tal actividad es necesario, en la actualidad, estar inscrito en el registro de criadores para no cometer una ilegalidad. En la cría de animales por particulares, también vemos diferencias en cada estrato social, desde la señora que quiere que su caniche se reproduzca por el simple deseo de tener cachorros a los que hacerles coletas para después colocarlos entre sus amigas cuando se canse de ellos hasta quien no puede permitirse esterilizar a su perra o considera que es demasiado caro, pero tampoco pone límites a sus salidas al exterior en época de celo. En ambos casos, una irresponsabilidad.

Irresponsabilidad como la tenencia de caballos, hoy en día de moda entre las personas de a pie. Del niño que le pide a su mamá un perro para Navidad hemos pasado al niño que pide un caballo pura sangre, que quien dispone del dinero puede que acabe comprando, mientras que quien tiene menos medios económicos consiente a su hijo con un caballo más barato, pero igualmente cosificado y tratado como un producto.

La moda de la tenencia de caballos se ha traspasado desde las clases altas hasta la denominada «clase media», y es muy visible en el mundo rural. En muchos pueblos, los caballos habían desaparecido porque ya no son necesarios para las labores del campo, y su mantenimiento es muy costoso. Ahora vuelven a estar presentes en las fincas rurales, utilizados para la monta por parte de alguien que considera que los ama, aunque no se da cuenta de que los está cosificando.

Pero su mantenimiento sigue siendo muy caro. Los caballos son animales grandes, que necesitan bastantes kilos de comida al día y espacio donde moverse. Es una pena ver a tantos que se tienen por moda solos en fincas, aunque son animales sociales; sin sombra, sin agua suficiente y sin refugio contra las inclemencias del tiempo, sin importar que estemos a 40 grados o que esté granizando. Pero no siempre los veremos. Los caballos pueden alcanzar los 30 años, pero es probable que sus propietarios se cansen mucho antes de ellos, los revendan o los envíen al matadero para convertirlos en carne, solo porque ya no pueden montar sobre ellos. Eso sí, seguirán diciendo que los aman.

Al final, todo se reduce en aparentar. Aparentar con un caniche como accesorio. Aparentar vistiendo un abrigo de piel. Aparentar con un sombrero y montado a caballo a lo Pasión de Gavilanes. Aparentar en un círculo social selecto durante una corrida de toros.

El mundo de la tauromaquia, precisamente, está muy relacionado con esa moda de los caballos. Qué paradójico resulta que quienes afirman amar a los toros y a los caballos disfruten de la tauromaquia, una actividad no exenta de clasismo. Todavía en nuestros días, el pueblo disfruta de los festejos populares con toros mientras la aristocracia y la realeza ocupan palcos en plazas de toros mientras asisten a corridas. Festejos menores y mayores los llaman.

El público de una corrida de toros es digno de análisis: autoridades de derechas (y a veces también de izquierdas), esas personas a las que llamamos «pijos» (o dicho de otro modo, sin oficio ni beneficio), abuelos y abuelas que van porque siempre lo han hecho, una juventud que quiere seguir el camino de convertirse en algo de lo anterior, o personas del mundo de la ganadería y del toreo que ya son algo de lo anterior. También están las que van porque les regalan las entradas.

Algo similar sucede con quienes asisten a muchas de las cacerías y monterías que se organizan en fincas privadas, tanto de nuestro país como del exterior: cargos políticos, reyes, aristócratas, empresarios, personas con dinero suficiente como para cazar elefantes en África… Estas cacerías han sido el lugar de nacimiento de muchos negocios y tejemanejes como los de la burbuja inmobiliaria. Tal vez por eso los cazadores dicen que la caza da mucho dinero.

El mundo de la caza está también muy vinculado con esas grandes colecciones de animales que durante siglos han adornado los palacios de reyes y emperadores, y más recientemente, de narcotraficantes. Cosificación, otra vez.

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