No está claro cuándo comenzaron a utilizarse caballos en festejos taurinos, aunque lo más probable es que esta práctica se remonte a los propios inicios de la tauromaquia. En la Edad Media, ya se usaban caballos en encierros.
En los siglos XVI y XVII, lo que era un ejercicio militar en el que los soldados entrenaban acosando a un toro a caballo acabó convirtiéndose en un espectáculo para la nobleza, y en ocasiones, la realeza. Marqueses, condes y duques se divertían tratando de matar a un toro con una lanza y montados en un caballo. El astado también era acosado por otras personas desde burladeros, otros le clavaban arpones, e incluso se introducían gatos en toneles para que el toro arremetiera contra estos y acabara sufriendo arañazos.
Por otro lado, el pueblo se entretenía soltando vaquillas y toros por las calles y plazas. También tenían lugar en estos siglos espectáculos de toros embolados, ensogados y enmaromados, pero poco a poco, las corridas a caballo pasaron de ser un espectáculo para los nobles a ser un evento generalizado en el resto de la sociedad, aunque acabó imponiéndose el toreo a pie frente al toreo a caballo, o bien una mezcla entre ambos, casi siempre en relación con la obtención de carne y con prácticas muy crueles para los animales.
Animales alterados
Desde el siglo XVI, los taurinos han buscado la manera de evitar la alteración de los caballos ante la amenaza de un toro tan asustado como ellos. Así, hubo quienes ya entonces tapaban los ojos a los equinos para que no fueran plenamente conscientes de lo que estaba sucediendo y no trataran de huir. En el siglo XVII, se utilizaron vendas que cubrían únicamente el ojo derecho para permitirles algo de visión.
Sin embargo, ya entonces se dieron cuenta de que los caballos también se alteraban por los gritos de los toros siendo pinchados constantemente, por lo que se optó por taparles también los oídos. Esta práctica y la de cubrir los ojos de los equinos siguen siendo habituales en los festejos actuales.
El 20 de junio de 1793 aparecía la que se considera la primera crónica taurina del periodismo español, en la que se describen verdaderas barbaridades: «el sexto toro mató tres caballos», «diez caballos muertos por la mañana», «el segundo (de la tarde) mató dos caballos e hirió a otros dos. Saltó este toro la barrera cuatro veces», «el sexto toro hirió dos caballos, uno de ellos de muerte», «el décimo mató dos caballos».
Intentos de prohibición
En el siglo XVIII, la nobleza se alejó aún más de los espectáculos con toros, debido a la prohibición de celebrarlos por parte del rey Felipe V, el primer monarca de la dinastía de los Borbones en España, que no compartía esta afición con sus predecesores, los Austrias. Esta prohibición estuvo vigente desde 1704 hasta 1725 y se reanudaría en momentos posteriores, ya con otros monarcas. En otros casos, se intentó tomar esta medida sin éxito, como en 1805 o en 1877.
Francia prohibió las corridas de toros en 1850, una norma que se mantuvo durante cien años, aunque con excepciones, como las corridas que tuvieron lugar en Bayona por deseo de la emperatriz Eugenia de Montijo (1826-1920) en 1853, en las que murieron 19 toros y 39 caballos. Por motivos como este, en países como Gran Bretaña se llegó a asociar la crueldad contra los animales con los países del sur de Europa, aunque los británicos también celebraron espectáculos con toros hasta que se impusieron las primeras limitaciones, en 1835, tras el intento fallido de prohibirlos en 1800.

Éxito o masacre
En 1856, se estimaba que al menos dos caballos terminaban muertos por cada toro que se mataba en una corrida. Para algunos, esto era motivo de alegría: se asociaba con la «calidad» de los toros y el éxito de la lidia. Pero no todas las personas compartían esta postura y cada vez hubo más críticas relativas al uso de caballos.
En el último tercio del siglo XIX, la población equina se había reducido a la mitad como consecuencia de las miles de muertes de caballos en espectáculos taurinos. Muchas veces, estos equinos eran escogidos por su edad avanzada o por su estado de debilidad, para ser enviados a una muerte segura. Si la corrida no acababa con sus vidas, en algunos lugares de España eran tirados a ríos o rematados con piedras. No es extraño que personajes relevantes de la época alzaran su voz contra esta atrocidad.
Así, surgieron propuestas como la preferencia de utilizar caballos jóvenes y vigorosos, que los jinetes fueran hábiles, e incluso que se pusiera algún tipo de protección a los equinos. La Federación Ibérica de Sociedades Protectoras de Animales y Plantas propuso que se redujera al mínimo el sufrimiento a los caballos, así como la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Cádiz, que había surgido en 1872 como otras organizaciones similares en distintos países europeos, o la de Jerez de la Frontera, que señaló en 1877 «la injusticia, crueldad e inutilidad del trato que se da a los caballos de picar». Estas propuestas no solo eran aplaudidas por antitaurinos que las veían como un avance hacia el fin de la tauromaquia, sino también por algunos taurinos.
En 1881, 21 caballos perdieron la vida y otros ocho resultaron heridos en una corrida en Almería, hasta el punto de que no había más caballos para continuar con la lidia de los siguientes toros y tuvieron que utilizarse equinos de cocheros que los vendieron a cambio de dinero. En esta época, una media de diez caballos morían en corridas de toros, y en algunas plazas se tenían hasta 40 animales para reserva.
Petos
En los años siguientes siguió hablándose de la protección a los caballos en las corridas de toros, aunque ninguna solución parecía implantarse. En 1906, se pidió que los equinos utilizados en los espectáculos taurinos como parte de la boda de Alfonso XIII tuvieran mantas protectoras. También se hizo un intento similar en 1917, durante corridas celebradas en Madrid y en Alicante. Ningún caballo murió por cornadas, pero sí por los golpes recibidos.
En 1926, el dictador Primo de Rivera encargó una Comisión para estudiar la reducción del riesgo para los caballos en estos eventos. La Comisión determinó la apertura de un concurso para la presentación de petos de protección para los caballos. Estos se ensayaron por primera vez en una corrida celebrada en Murcia en 1927, cuyo primer caballo murió por una cornada. Otro ensayo en Madrid el mismo año terminó con seis caballos muertos.
Después de los siguientes ensayos, finalmente se aprobó la obligación del uso de petos para caballos, pero solo en las plazas de Madrid, Sevilla, Valencia, San Sebastián, Bilbao, Zaragoza y Barcelona, consideradas de primera categoría, aunque después se trasladó a todas las plazas. La medida se dictó en 1928 con carácter provisional, hasta 1929. Los petos no impedían que los equinos resultaran heridos, pero sí evitaban que el público viera las heridas y la sangre. También se eliminaron las banderillas de fuego.
La forma, tamaño y zonas donde se usaba el peto fue modificándose en años posteriores.
Siguen siendo víctimas
Balancín, Bolo, Zurrón, Mariscal, Chata, Napoleón, Tiburón, Alero, Danubio o Imperial son solo algunos de los nombres de los caballos que han muerto en corridas de toros en los últimos años. Los que sobreviven vuelven a ser usados en otras corridas, algo que no resulta para nada agradable para los equinos, que se encuentran encerrados en una plaza a la que son obligados a entrar sin posibilidad de huir, conscientes de que están en peligro. Previamente, los caballos han sido sometidos a duros entrenamientos que el público no ha visto, como prueban esa especie de piruetas que son obligados a hacer en los rejoneos, en los que ni siquiera llevan el peto.

Para el toro, el jinete y el caballo son una misma unidad que representa una amenaza y que le está haciendo daño, pero su defensa únicamente se dirige al caballo porque se encuentra a su altura. Muchas veces, los caballos sufren caídas, y en ese momento, los picadores, que se definen a sí mismos como «valientes» escapan con ayuda de otros toreros.
Puede que el uso de petos haya reducido las muertes de caballos en plazas de toros, pero esta indumentaria, que además resulta tremendamente pesada para ellos, no los protege de ser heridos, golpeados, y a veces fracturados.
Y no, los caballos usados en espectáculos taurinos no mueren de viejos. La mayoría de las veces se les mata cuando ya no se consideran útiles, salvo excepciones como las de Cagancho, un equino que fue utilizado durante once años en más de 300 corridas de toros alrededor del mundo, al que se metió en plazas con más de 1000 toros entre todas ellas. El animal superó los 30 años de vida y murió en 2015. Fue usado por última vez en una corrida en 2002, tras haberse recuperado de tres cogidas.
FUENTES CONSULTADAS
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AnimaNaturalis (s.f.). Un poco de historia de las corridas de toros.
Asociación Nacional para la Defensa de los Animales (2021). Los caballos en las corridas de toros. Las víctimas invisibles.
CAS Internacional (s.f.). El sufrimiento del caballo en las corridas de toros.
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Martín, V., De Haro, M.V., y Etura, D. (2019). Textos periodísticos españoles para la historia (1661-2016). Cátedra.
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