El documental está disponible en Prime Video desde este viernes, 27 de junio
Este viernes, 27 de junio, se ha estrenado en Prime Video el documental Infiltrada en el búnker, dirigido por Pablo de la Chica, que se centra en el testimonio de Carlota Saorsa, la trabajadora del laboratorio Vivotecnia que en 2021 destapó el mayor escándalo de maltrato animal en experimentación de nuestro país.
La vida de Carlota Saorsa (nombre ficticio) dio un vuelco el día que fue contratada en Vivotecnia, donde logró acceder con la única finalidad de documentar lo que se escondía tras sus pareces opacas (el búnker), un dato desconocido hasta ahora para muchos espectadores. Carlota no solo era una persona que buscaba trabajo y lo encontró, para después horrorizarse con la forma como los animales eran maltratados. Carlota era (y es) alguien que tenía claros sus ideales y que ya formaba parte del movimiento por la defensa de los derechos de los animales. De hecho, su historia sirve en el documental para recordar a otras mujeres referentes en esta y otras luchas, así como para hacer un pequeño recorrido histórico por algunos de los hitos en la lucha anti-vivisección.
Carlota se hizo con cientos de horas de grabación que documentan el sufrimiento de perros, conejos, primates o roedores con los que Vivotecnia sigue experimentando en la actualidad. El juicio todavía no se ha celebrado. La Comunidad de Madrid suspendió la actividad del centro tras la polémica, pero no tardó en reabrirla.
Llama la atención cómo «la infiltrada» define el sector de la experimentación animal: solo importan los estudios, cuantos más, mejor, y que el resultado sea positivo (si no lo es, se falsifica); y personas al mando e investigadores totalmente carentes de empatía que no siguen la regla de las tres erres (reemplazar, reducir y refinar) y que acaban siendo los únicos imputados en el caso. También resulta curioso cómo los laboratorios que realizan ensayos en animales se esfuerzan en que nada salga del «búnker», incluso con amenazas, pero ponen tan poco cuidado en dar un trato mínimamente digno a individuos sintientes. Es indignante, de igual manera, que las inspecciones sean inexistentes o en base a intereses ajenos a los animales.
El testimonio es duro. Las imágenes también, pero sin llegar a ese nivel de explicitud que a veces hace insoportable terminar un documental sobre explotación animal.
Infiltrarse, ver en directo tal grado del maltrato es, efectivamente, duro para cualquier activista por los derechos de los animales. Mucho más si la infiltración se convierte en la más larga de la historia en un laboratorio y dura 18 meses, como la de Carlota. 18 meses en los que se hizo pasar por una de ellos, pero también pudo salvar vidas.


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