¿Vivisección o experimentación animal?

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El pasado 27 de julio, Prime Video estrenaba Infiltrada en el Búnker (Pablo de la Chica, 2025), el documental sobre la infiltración de Carlota Saorsa en el laboratorio Vivotecnia de Madrid. Tras obtener un puesto de trabajo en el centro, la activista documentó durante 18 meses la realidad de los animales utilizados para experimentación, la única finalidad por la que Saorsa se inscribió como demandante de empleo para la vacante por la que obtuvo su plaza en Vivotecnia.

El documental no solo nos da a conocer este y otros datos sobre el caso y la infiltración de Carlota Saorsa, testigo protegido, hasta ahora desconocidos, sino que también logra abrir la puerta de los laboratorios cuyas paredes opacas nos impiden ver lo que sucede dentro. No hay excusa para no verlo, ni siquiera la dureza de las imágenes. De hecho, el director, Pablo de la Chica, ha cuidado enormemente este aspecto: el documental está hecho para que cualquier persona pueda verlo. Aún así, si crees que no lo conseguirás, es importante apoyarlo. Puedes limitarte a escuchar el audio, el testimonio de Carlota Saorsa, sin verlo, a modo de podcast. Hay quienes proponen reproducirlo sin sonido y con la pantalla baja, porque cuantas más reproducciones, mejor se posicionará el documental. No todos los días Prime Video estrena un documental enfocado desde el antiespecismo.

Y no todos los días millones de personas tienen acceso al interior de un laboratorio de experimentación animal a través de una producción audiovisual hecha en el presente, porque esta sigue siendo la realidad de muchos más millones de roedores, perros, conejos, primates, gatos, peces y otros animales utilizados en pruebas casi siempre ineficientes. Aunque por mucho que fueran eficaces y tuvieran resultados importantes para la humanidad, seguirían sin estar justificadas a nivel ético.

Pero el movimiento contra la experimentación animal no se remonta solo al presente. Este tuvo su auge entre los siglos XVIII y XIX, a medida que aumentaban los experimentos en animales bajo el paraguas del «progreso» científico. Conocemos este primer movimiento como antivivisección o antiviviseccionista, ya que la vivisección (disección de animales vivos) era la práctica más frecuente en estos experimentos. Protagonizaron esta reacción las mujeres, en particular las sufragistas.

Esto ha conllevado que actualmente se utilice el término «vivisección» como sinónimo de «experimentación animal», y que «stop vivisección» siga siendo un lema del movimiento en el presente, si bien la vivisección es solo una de tantas prácticas que tienen lugar en laboratorios.

Pero un experimento con animales puede ir desde el uso de perros para probar comida para animales y determinar cuál es la que se va a lanzar al mercado hasta una disección, la inoculación de un virus en un ratón o de medicamentos para tratarlo, o rociar a un animal con un elemento tóxico para comprobar su reacción. Curiosamente, nos creemos muy superiores y diferentes a los demás animales, pero pensamos que su reacción a un componente tóxico, a un virus o a un medicamento va a ser la misma que tendría nuestro organismo. Spoiler: no es así.

Desde el ámbito científico, incluido el sector de la ciencia que se posiciona en contra de estos experimentos, hay quienes optan por hablar de pruebas, ensayos o testeos en animales, en lugar de experimentación o vivisección, términos que pueden recordar más bien a un pasado en el que el estudio de los animales consistía en experimentos, casi siempre muy poco fundamentados, para sacar conclusiones sobre su comportamiento o el funcionamiento de su cuerpo, muchas veces erróneas y después refutadas.

Hoy en día, no solo conocemos a los animales sin necesidad de experimentar con ellos, sino que existen alternativas éticas para seguir conociéndolos sin ni siquiera tocarlos. Y de nuevo, si los laboratorios de experimentación fueran la única forma de ampliar nuestros conocimientos, seguirían sin justificarse las prácticas que tienen lugar en ellos.

No todo vale por el conocimiento, aunque en nuestros días el uso de animales en laboratorios ni siquiera se fundamenta en este concepto. Tampoco en la investigación para su aplicación en la especie humana, dada la alta tasa de fracaso de las pruebas en animales. Como en tantos otros ámbitos, manda el dinero. La experimentación animal es un negocio que abarca desde las granjas y criaderos de animales hasta su transporte a laboratorios al otro lado del mundo, la contratación de estudios por parte de empresas de distintos ámbitos (farmacéutica, cosmética, higiene…) o la financiación de los propios estudios por parte de entidades privadas y públicas. Sí, con nuestros impuestos financiamos el maltrato animal de muchas formas, y esta es solo una de ellas.

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