Mallorca sin carruajes de caballos, Cataluña sin tauromaquia, Italia sin pollitos triturados… Son algunas de las imágenes que podrían tener en mente personas de cualquier parte del mundo tras leer que Mallorca prohibiría las calesas en 2024, que desde 2010 no se celebran corridas de toros en Cataluña o que Italia acabaría con la matanza de pollitos machos en trituradoras.
Lo cierto es que los caballos siguen transportando turistas en las calles de Palma de Mallorca; Cataluña no celebra corridas de toros, pero sí otros festejos taurinos, y cualquiera de sus municipios podría organizar una corrida en cualquier momento, ya que la norma que las prohibía fue anulada en 2016 por el Tribunal Constitucional; y veremos si Italia finalmente prohíbe la trituración de pollitos recién nacidos porque no son rentables para la producción de huevos.
Cuando un municipio, una región o un país entero prohíbe o determina una medida contra una tradición, rápido salta a los titulares. Los propios medios animalistas o afines al veganismo se deshacen en elogios a ese Gobierno que ha decidido poner fin a una acción cruel con los animales, mientras que los medios generalistas hacen llegar la noticia a todos los rincones. Pero ninguno nos habla de las lagunas de esas normativas en beneficio de los animales.
No nos hablan tampoco de las presiones en contra de que esas buenas acciones se materialicen. Ni de recursos legales que dificultan que se conviertan en realidad, o que directamente las tumban. A veces incluso nos presentan como ley una propuesta que puede que ni siquiera llegue a debatirse. Y a las personas, en general, nos aburre leer sobre leyes. Tendemos a pensar que las buenas acciones se consiguen de un día para otro.
Cuanto más lejos estemos, más nos creemos el increíble paso de una ciudad o un país en favor de los animales, pero visto lo visto, cabe preguntarnos si realmente Praga ha dejado de utilizar pirotecnia ruidosa en Nochevieja, si en algo más de tres meses dejaremos de ver caballos por las calles de Málaga o si los turistas dejarán de pagar por ver delfines haciendo piruetas en México.
A veces los gobiernos utilizan los medios de comunicación para dar buena imagen. El ejemplo más claro es el de Israel, que ha logrado presentarse como el país más vegano del mundo mientras llamaba «animales» a los palestinos o atentaba contra la vida de los animales no humanos a cargo de personas palestinas. Cuando existen miles de sitios web, incluso de grupos veganos o activistas, alabando a Israel y con millones de visitas, es casi imposible causar el mismo efecto con información real sobre cómo Israel considera y trata a los animales. El clickbait nos invita a pinchar en una noticia que habla de cómo Israel ha sustituido el cuero en las botas de sus soldados, pero no queremos leer noticias tristes, y no nos gusta hacer clic en entradas que nos cuentan cómo esos soldados pisotean animales con esas botas de cuero vegano.
Y cuando llega el momento de viajar, nos decepcionamos. Nos sorprendemos al ver que utilizan pirotecnia donde pensábamos que respetaban a los animales, que hay perros abandonados en un país donde supuestamente se había logrado el abandono cero o que la gente compra animales de moda donde se suponía que existía conciencia sobre la adopción, que hay caballos tirando de carruajes donde creíamos que esto era un debate superado, o que el consumo de carne y lácteos es abusivo en el país con más restaurantes plant-based que hemos visitado.
Tal vez sea cuestión de darnos cuenta de que los cambios son lentos, de tener un poco más de pensamiento crítico o de salir, aunque sea brevemente, de nuestro círculo vegano para comprender que más allá de nuestra burbuja, el respeto a los otros animales todavía es una tarea pendiente.


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