La dermatosis nodular contagiosa, una enfermedad que se transmite por la picadura de insectos y afecta principalmente a las vacas en granjas, ha puesto sobre alerta a los ganaderos españoles tras su detección en explotaciones de Cataluña. Se han suspendido ferias, romerías con animales, concursos…, y los mercados de «ganado» (o mejor dicho, de animales explotados) han quedado vacíos.
Esta situación de rabiosa actualidad es perfecta para analizar cómo los ganaderos abordan las enfermedades que padecen los animales, y sobre todo, qué pasa con estos cuando distintas afecciones se propagan por las granjas.
La dermatosis nodular contagiosa es solo una de tantas enfermedades presentes en el sector ganadero. Podríamos hablar también de la lengua azul, la tuberculosis bovina, la peste porcina africana, la gripe aviar o la enfermedad hemorrágica epizoótica.
La forma ética de tratar estas enfermedades consiste en la sencilla acción de prestar a los animales atención veterinaria y poner a su disposición todos los tratamientos existentes para su cura. ¿Pero qué sucede cuando los veterinarios han sido educados para satisfacer las demandas de la industria de la explotación animal y no las necesidades de los animales? ¿O cuando esos animales son criados para aprovecharse de sus cuerpos? Sucede que el bienestar de estos pasa a un segundo plano.
La proliferación de una enfermedad en una granja implica pérdidas económicas para el ganadero, que no olvidemos que cría animales como negocio. Una asistencia veterinaria cuya finalidad última sea salvar a los animales afectados por su valor como individuos sintientes y no por su valor económico resulta cara. No sale rentable. Pero es que la normativa a menudo tampoco la permite. El modus operandi suele ser siempre el mismo y obedece a motivos de salud pública: el vaciado sanitario, es decir, el sacrificio de todos los animales de la explotación.
No importa si realmente todos los animales están contagiados, ni la gravedad o levedad con la que se presente la enfermedad, ni si esta es transmisible a los seres humanos por el contacto con los animales o por el consumo de carne u otros productos derivados de estos. Tampoco importa si la patología tiene cura y puede tratarse fácilmente o no. La legislación no piensa nunca en el bienestar animal, ni siquiera cuando menciona este término, sino que obedece a un sistema de explotación que trata a los otros animales como productos.
Otro motivo por el que la aparición de una enfermedad repercute en pérdidas para el ganadero es el descenso de la productividad, ya sea por tener que enviar a los animales al matadero antes de que hayan engordado lo suficiente o por un descenso en la producción de leche o huevos.
En los medios
Cuando un asunto de este tipo llega a los medios de comunicación, el enfoque suele ser siempre el mismo: los ganaderos se lamentan por las pérdidas económicas. Hablan de animales en mataderos en tono entristecido, como si este no hubiera sido su destino de igual manera. Pero sobre todo, hablan de subvenciones. Porque alguien tiene que pagarles las pérdidas. Y esta manera tan frívola de hablar del sufrimiento de los animales está totalmente normalizada en los medios.
Lo que no nos cuentan es que la propia ganadería es el caldo de cultivo perfecto para la propagación de enfermedades, incluidas las zoonóticas que se transmiten tanto a animales salvajes como a la especie humana y que pueden terminar en pandemias mundiales.
Estas afecciones no solo se transmiten en granjas intensivas donde las condiciones higiénico-sanitarias son muy deficientes, sino que también afectan a las extensivas, porque en cada patología influyen factores diversos: bacterias, virus, parásitos o insectos también proliferan por causas como la resistencia antimicrobiana o la crisis climática y la deforestación. En todos ellos tiene mucho que ver la ganadería como una de las causas principales. Es el pez que se muerde la cola.
Para colmo, cuando se ordena un vaciado sanitario suele ir acompañado de una orden de destrucción del pienso y otros alimentos destinados a los animales, con el desperdicio de recursos que ello implica. Hola de nuevo, crisis climática. Después, otros animales pasan a ocupar el lugar de los que enfermaron, y vuelta a empezar.
La ganadería, que es consciente desde hace décadas de los riesgos que implican sus métodos, ha abusado durante años de antibióticos, antiparasitarios y otros medicamentos para prevenir enfermedades en las granjas, y lo sigue haciendo en mayor o menor medida en función de la legislación de cada país o territorio. Las propias instituciones subvencionan vacunas y tratamientos preventivos, y no precisamente para proteger a los animales, sino para proteger el negocio, porque recordemos que estos del matadero no se van a salvar. Aunque a veces el ganadero opta por otras formas de zafarse del problema cuando un animal está enfermo. Numerosos santuarios han rescatado a individuos con graves diarreas, parásitos, cojeras y otras dificultades físicas abandonados a su suerte o cedidos.


Deja un comentario