No nos necesitan

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Los entornos naturales (y sus habitantes) no necesitan de la especie humana, pese a esa falsa idea del ser humano como único gestor posible de los ecosistemas con la que se justifican actividades tan destructivas como la caza. Por el contrario, cuando el ser humano se aleja, la naturaleza florece, aunque haya quienes llamen a esto «abandono».

El cazador se proclama como un dios capaz de regular las poblaciones de animales salvajes cuando lo único que hace es desequilibrarlas. Así, matan depredadores para evitar supuestos ataques a la ganadería; matan herbívoros para que no se alimenten de los cultivos agrícolas, no construyan sus madrigueras en estos, no se reproduzcan en exceso o no provoquen accidentes de tráfico.

Lo cierto es que la caza no cumple ninguno de estos objetivos: matar lobos provoca un descontrol en las manadas por el que aumentan los ataques a ovejas u otros animales considerados de granja, matar a una hembra de jabalí propicia que el resto de las hembras del grupo se reproduzcan y aumente la población; abatir depredadores implica, de igual manera, una mayor población de sus presas, los herbívoros; y los accidentes de tráfico con fauna aumentan durante y después de las jornadas de caza.

Pero aunque realmente la caza cumpliera la finalidad de impedir ataques de depredadores a ovejas, que los conejos construyan sus madrigueras en campos de trigo o que no haya accidentes de tráfico con jabalís, matarlos seguiría siendo un acto egoísta que únicamente responde a nuestros propios intereses.

En definitiva, no hay nada que justifique el hecho de abatir a un animal a escopetazos y siempre pueden buscarse soluciones respetuosas, como pasos de fauna en las carreteras o medidas preventivas en la ganadería, si bien desde el punto de vista del veganismo defendemos la abolición de toda explotación animal por encima de cualquier sistema que pueda «mejorar» en algún aspecto la vida de los animales criados para consumo.

Pero sobre todo, la naturaleza (y sus habitantes) no necesitan del ser humano para regularse porque es capaz de hacerlo sola. Si no fuera así, no habría sido posible ningún proceso evolutivo antes de nuestra especie.

Que la naturaleza es capaz de regularse sola ha quedado demostrado en distintas ocasiones, e incluso en condiciones extremas como la de Chernóbil, donde pese a la radiación, han prosperado cientos de especies de flora y fauna en un lugar que todo el mundo pensaba que quedaría desértico para la eternidad.

Algo similar, aunque sin radiación, sucede en edificios abandonados, o en las calles y viviendas de pueblos despoblados: los árboles y otras plantas cobran vida sobre el cemento, y pueden convertirse en el hábitat de aves e insectos que nos permiten mirar con alegría lo que otras personas observan con pena y nostalgia de un tiempo que no volverá. Algo así sucedería también si los ayuntamientos de los municipios no se esforzaran tanto en desbrozar o sulfatar las zonas verdes para destruir cada primavera, o si plantaran algo más que césped.

En Oviedo, hoy florece la vida en la que un día fue su plaza de toros, que vio torturar a estos bóvidos por última vez en el año 2007. La vegetación, denominada «maleza» por algunas personas, ha crecido a lo largo y ancho del coso, clausurado debido a su mal estado de conservación. Actualmente, está en marcha un plan para rehabilitarlo, y aunque muy probablemente a esos árboles que pueden verse desde la imagen aérea de la plaza no les queda mucho tiempo, tampoco está previsto el regreso de las corridas de toros. Sea como sea, el uso anterior consistía en la muerte y el «abandono» de la plaza ha redundado en vida.

Asimismo, cuando el mundo entero se confinó en 2020 debido a la pandemia de la COVID-19, provocada, por cierto, por esa creencia nuestra que nos hace pensar que somos dioses capaces de dominar la naturaleza, el canto de las aves volvió a escucharse en muchas ciudades. La paralización de la actividad humana fue una buena noticia para el resto de los animales.

Así que dejemos de creernos dioses porque la fauna salvaje no nos necesita, lo cual no implica que no podamos impulsar acciones en beneficio de esta, entre las cuales no entra la caza ni ninguna otra actividad perjudicial para los animales.

Más que en gestionar poblaciones de lobos, de jabalís o de conejos, deberíamos enfocarnos en las especies que domesticamos hace miles de años, como los gatos que malviven en las calles y que muchas personas aseguran que «se buscan la vida». ¿Entonces los animales domesticados se buscan la vida, pero a los animales salvajes hay que gestionarlos?

O como los millones de animales que mantenemos sufriendo en granjas. De estos sí que hay sobrepoblación, y no de jabalíes.

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