«Babe, el cerdito valiente», una película para reflexionar

Babe, el cerdito valiente, una película para reflexionar

Muchas personas dirán que se trata de una película infantil como cualquier otra, con «animales humanizados» como protagonistas, pero lo cierto es que cada escena de Babe, el cerdito valiente da lugar a la reflexión, porque es el claro ejemplo de la sociedad especista en la que vivimos. Y sobre esto podríamos escribir todo un libro, analizando cada detalle y a cada personaje, pero resumamos…

La película se estrenó en 1995, por lo que si no la has visto después de casi 30 años, hazlo ya o te encontrarás con algunos spoilers si sigues leyendo. La parte negativa es que se usaron animales reales en el rodaje. También puedes optar por leer el libro en el que se basa, del autor Dick King-Smith (1922-2011), quien conocía de primera mano el cómo funciona la ganadería, pues fue granjero durante años. Por ello, es difícil pensar que escribiera la historia de Babe desde una perspectiva antiespecista, y seguramente, la mayoría de sus lectores o de los espectadores de la película, no la han percibido desde este punto de vista, pero hay mucho que decir sobre ella.

Y se puede empezar por el principio. Esa horrible granja de cerdas en la que nace Babe mientras el narrador cuenta cómo los cerdos creen que cuando salen de allí es para ir a un lugar mejor, pues ninguno de los animales que se fueron ha vuelto. Más tarde, Babe se enterará de que tanto su madre como sus hermanos no fueron a ese lugar mejor, sino al matadero para convertirlos en carne para los humanos. Babe tiene tanta suerte que no sufre este destino, pero no dejará de ser considerado un objeto que sirve para un uso durante toda la historia. Como todos los animales que en ella aparecen.

Prueba de ello es el uso que se le da al cerdito después de salir de la granja, dentro de un concurso en el que el ganador será quien acierte su peso, mientras el cerdo grita ante cada concursante que lo sostiene en brazos. De nuevo, un objeto.

Explotación normalizada

Babe, el cerdito valiente nos enseña lo normalizado que está el maltrato animal en nuestra sociedad, aunque hay situaciones que tal vez ya no están tan bien vistas, como el castigo que recibe el perro tras comportarse de forma agresiva por sus celos de Babe. ¿Sentirán los espectadores la misma compasión por el cerdito cuando el granjero Hoggett está dispuesto a asesinarlo pensando que ha matado a una oveja?

Ese es otro de los puntos clave de la película, que muestra cómo poco importa el bienestar animal cuando de rentabilidad se trata. La pura realidad. Los ganaderos, como cualquier responsable de cualquier otro negocio, no quieren pérdidas. Para que después nos digan que nadie más que ellos ama a los animales. ¿Cómo iba a querer a Babe ese granjero que casi le dispara o que por poco se lo come por Navidad, pero que, sin embargo, seguramente despierte la simpatía de los espectadores? ¿Cómo va a querer a sus cerdos ese ganadero que los vende por su carne?

Por su parte, la señora Hoggett también merece una mención especial como una fiel representación del consumo de carne abusivo de nuestra sociedad. Y es que casi todas sus intervenciones se centran en los animales como comida. Sus hijos, sin embargo, están bastante alejados de la granja, como la vida misma, y se reúnen con sus padres en Navidad, esa época que significa muerte para muchos animales y que en la película también se refleja.

«Divertida»

Sorprende mucho que apenas existan críticas de esta película en las que se hable de explotación animal. Todas la definen como divertida, y eso que tiene partes bastante tristes, o tal vez solo son tristes ante la mirada de una persona antiespecista. Pero puede que haya quienes hayan cambiado su punto de vista sobre nuestra relación con los animales tras ver la película. El propio actor protagonista, James Cromwell, se hizo vegano con este rodaje.

Volviendo a la película, solo queda decir que podría ser perfectamente un fiel reflejo de esas granjas de pueblo que tanto idealizamos. Si se quiere profundizar, llegaremos a la conclusión de que los animales no son felices, pues saben cuál será su destino, y algunos incluso tratan de escapar de él, como el pato que quiere ser gallo.

Y es que los animales de granja están acostumbrados a ver marchar y llegar miembros del grupo, hasta que un día son ellos mismos los que se marchan para no volver. Es especialmente triste cuando Babe se entera de que su madre y sus hermanos no fueron a un lugar mejor, sino al matadero para terminar en un plato como el de su amo, al que tanto quiere.

Babe y sus amigos no están humanizados. Los animales también lloran. También son felices y también sufren. Pero muchos, como el propio cerdito, ni siquiera tendrán un nombre.

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