Ser vegana en un pueblo

Vivir en un pueblo es maravilloso. No hay ruido, estamos rodeados de naturaleza y se respira aire puro. En ocasiones, al menos en mi caso particular, echo de menos la ciudad en el sentido de que en esta se pueden hacer más actividades, pero aún así, la vida en municipios pequeños es muy agradable, aunque cuando se trata de personas veganas, la cosa se complica un poco, porque el especismo, por desgracia, está por todas partes, en el campo, en casa, en las conversaciones, en los restaurantes, en las tiendas, etc. Por eso, es normal sentirse la oveja negra siendo vegana en un pueblo, pero también hay que recordar que ser diferente es lo mejor.

Por contextualizar, yo nací y crecí en el mismo pueblo donde vivo en la actualidad, y casi siempre he residido en este, excepto cuando iba al instituto, que era un internado que se encontraba en un pueblo cercano; y cuando realicé mis estudios universitarios, en dos ciudades diferentes. Al finalizarlos, hace relativamente poco tiempo, he vuelto al pueblo, aunque soy consciente de que, si encuentro alguna oportunidad laboral, probablemente tenga que volver a marcharme, y tampoco me da miedo probar experiencias nuevas. Pero por el momento, vivo mi día a día en este municipio en el que están censadas unas 1000 personas, pero la mayoría de ellas no se encuentran aquí, así que es probable que quienes viven en el pueblo de manera habitual no sean ni siquiera la mitad de los censados. Eso sí, en verano se llena de turismo y gente que vuelve por vacaciones.

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He elaborado una lista de situaciones negativas que la mayoría de personas veganas vivimos cuando estamos en pueblos. Si también es tu caso, te sentirás identificado/a.

7 vivencias desagradables cuando eres una vegana de pueblo

  1. La ganadería. Aunque mi pueblo no es especialmente ganadero, sí que se da esta actividad, y mucho más en los municipios cercanos, tanto de manera extensiva como intensiva, aunque suele ser la primera casi siempre. Puedo decir que estoy familiarizada con la ganadería, porque desde siempre he visto, sobre todo, ovejas y vacas, pero también remolques cargados de corderos que se dirigen al matadero, aunque de pequeña trataba de imaginarme que se dirigían a pastar apaciblemente al campo. Esta imagen de animales pastando también es muy habitual si vives en un pueblo, y al verlos así no imaginas la realidad de explotación que hay detrás, y personalmente pienso que este, entre muchos otros, es uno de los motivos por los que a la gente de los municipios pequeños les cuesta entender el veganismo. En alguna ocasión, he visto cómo se trataba a las ovejas en una explotación, y puedo asegurar que no reciben mimos ni caricias, y los animales se vuelven asustadizos, mientras que tanto los corderos como sus madres se llaman constantemente porque son separados antes de que estos últimos vayan al matadero, y si tratas de acariciar a un cordero, notarás cómo busca esa leche que no se le da porque será destinada a hacer quesos. Nada que ver con la realidad de los animales considerados de granja en los santuarios.
  2. La caza. Durante la temporada de caza, es terrible escuchar tiros cada fin de semana. En mi pueblo, los espacios naturales forman parte de un coto en el que los cazadores campan a sus anchas desde hace años. No se puede salir a hacer una ruta de senderismo, a pasear o simplemente a atender el huerto sin oír constantemente esos tiros que significan que un animal salvaje ha muerto asesinado. Lo peor es que esto cuenta con la aprobación de la mayoría de los habitantes del pueblo, que, sean cazadores o no, se te echan encima si manifiestas una opinión contraria.
  3. El trato a los animales considerados domésticos. En cuanto a los animales como perros y gatos, es cierto que estos gozan de un mayor respeto que los denominados cinegéticos o ganado. Sin embargo, también se observan situaciones de maltrato. Por ejemplo, los perros de los cazadores suelen estar encerrados en fincas o casetas dentro de estas, y solo salen los días de caza. Es muy frecuente escucharlos ladrar o aullar continuamente. Además, si los cazadores consideran que «no sirven», no suelen temer en asesinarlos. Dejando de lado la caza, hay quienes dejan a sus perros sueltos todo el día y no les permiten la entrada en casa, que por supuesto, tampoco los esterilizan porque hay mucha falta de concienciación con esto. Pero eso sí, si una perra tiene cachorros, tampoco se harán responsables de ellos y acabarán en un contenedor o asesinados a golpes. Esto también es aplicable a los gatos, aunque en este caso, la situación se complica porque hay bastantes colonias viviendo en las calles que se reproducen año tras año sin que el Ayuntamiento invierta un solo euro en esterilizar a estos animales. Es mejor gastar el dinero en festejos taurinos.
  4. Los festejos taurinos. Relacionado con esta última frase, en mi pueblo se celebran encierros, vaquillas y corridas de toros cada año durante las fiestas, siempre que ninguna pandemia mundial lo impida. Personalmente, tengo la teoría de que os habitantes del municipio, en general, no ven con buenos ojos que se invierta tanto dinero en esto. Y digo esta afirmación porque suelo escuchar comentarios como: «nos iría mejor si gastaran en arreglar las calles en vez de en toros» o «pagamos para que vengan otros a las fiestas». Porque, efectivamente, los encierros son un punto de confluencia de muchísimas personas, pero pocas de ellas viven en el pueblo, suelen ser aquellos que vienen de vacaciones y que crecieron aquí y añoran este tipo de tradiciones, o turistas con curiosidad. También suelen venir a estos eventos jóvenes o familias de municipios cercanos. Y sí, los bares y restaurantes ganan, pero pienso que esto no compensa la cantidad que se invierte, procedente del dinero de todos los residentes que después no acuden a los festejos taurinos.
  5. La matanza. Pocas cosas en mi vida he visto tan terribles como una matanza. A partir de noviembre, las familias que crían cerdos para consumo personal los asesinan, casi siempre con cuchillo y sin aturdimiento previo. No quiero dar demasiados detalles porque se me revuelven las tripas, pero para una persona vegana es muy doloroso escuchar los gritos de los cerdos, los ríos de sangre que inundan las calles, o ver sus cadáveres colgados y destripados después de haber sido asesinados de la peor manera. Hay quienes lo ven como una celebración y se ríen de quienes piensan como yo, y de hecho, de pequeña me invitaron a una matanza y me dijeron: «ya verás que divertido es ver cómo grita el cerdo». Menos mal que cada vez menos familias crían a estos animales y la horrible tradición de la matanza está llegando a su fin.
  6. Las falsas creencias. Por el tipo de trato que reciben animales como cerdos, ovejas o gallinas, y su comportamiento como causa de este, la gente suele pensar, literalmente, que son tontas o sucias. Algunos ganaderos y gente del pueblo, en general, se llenan la boca diciendo que nadie mejor que ellos conoce a los animales. Pero se equivocan, porque lo que saben es cómo explotarlos, y probablemente nunca han visto lo diferente que es su forma de actuar y de comportarse en ambientes donde no son explotados. Pocos saben que entre un grupo de gallinas, de ovejas o de cerdos, la personalidad de cada individuo es muy diferente, y su inteligencia muchas veces supera a la de algunos humanos. Y que si están sucios, es porque quienes están a su cargo poco se preocupan de mantenerlos en espacios limpios.
  7. La soledad. Seas de donde seas, lo más probable es que si te haces vegano o vegana, serás el único/a que lo es en tu entorno. Lo normal es que tu familia, tus amigos de toda la vida o tus compañeros de trabajo o de clase no lo entiendan. La diferencia es que si vives en una ciudad grande, tendrás más opciones de conocer a más gente vegana y hacer nuevos amigos que piensan como tú. Eso en el pueblo se complica, y esto no significa que vayas a quedarte solo, pero sí que no puedas compartir con nadie algo tan importante como el veganismo. En mi caso, la única interacción que tengo con otras personas veganas es a través de redes sociales, y en el pueblo, muchas veces prefiero no tocar el tema para evitar discusiones que no llevan a ninguna parte. Y quizá haya más personas veganas, o al menos vegetarianas aquí, pero no tengo el placer de conocerlas o de saber que lo son.

Y hasta aquí mi lista de situaciones negativas al ser vegana en un pueblo. No son las únicas, pero quizá otras como las cenas familiares o las comidas en restaurantes se repiten a nivel general, sin que exista necesariamente esta particularidad. Personalmente, considero que es positivo que, al menos, haya una persona vegana en pueblos pequeños, por algo se empieza. Entre los turistas, cada vez es más habitual que acudan a los restaurantes preguntando por opciones veganas o vegetarianas (lo he visto cuando trabajaba en un restaurante y las dueñas se volvían locas pensando qué preparar, se equivocaban porque no tenían claro el concepto o directamente se ponían a insultar al comensal cuando iban a la cocina). Y en otros establecimientos, ya incluyen opciones vegetarianas pensando en este tipo de visitantes. Hay quienes no lo quieren ver, pero el mundo está cambiando.

27 comentarios sobre “Ser vegana en un pueblo

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