Especismo es creer que una vaca existe para regalarnos leche. Que la finalidad de las gallinas es proporcionarnos huevos para hacer tortillas. Que un perro es guardián, pastor o policía. Que tenemos el derecho de usar a los otros animales para divertirnos. O para avanzar en la ciencia. El especismo existe en la ganadería, en la convivencia con perros y gatos en nuestras casas, en el ámbito científico o en el de los espectáculos, pero también se da en nuestra relación con los animales salvajes.
Una de las muestras más evidentes del especismo existente hacia los animales silvestres es esa idea de defender a algunos porque se encuentran en peligro de extinción y promover su conservación mientras a otros los consideramos plaga porque «hay demasiados», algo que incluso defiende un sector del ecologismo y que se convierte muy fácilmente en una excusa para la caza.
La caza es otro ejemplo de especismo hacia los animales salvajes. Porque esa creencia de superioridad con respecto a otros individuos es puro especismo, y la caza no es más que un alarde de esa supuesta superioridad que realmente solo está en la imaginación de algunos. Disparar a un animal con una escopeta desde lejos o con la ayuda de un perro no te convierte en un héroe. Más bien, todo lo contrario.
Más allá de la caza, en el momento actual, los animales salvajes tienen que enfrentarse a otras amenazas cuyos culpables son los humanos. Hablamos, fundamentalmente, de la crisis climática y la contaminación de los entornos naturales.
Los seres humanos contaminamos el agua y los alimentos que consumen los animales salvajes gracias a nuestra industria y a la ganadería, que jamás piensan en la biodiversidad. Otras veces, directamente los dejamos sin agua y alimento, tanto a depredadores como a presas, pero nos quejamos sin acuden a los núcleos urbanos o a campos cultivados en busca de comida. Otra forma como contaminamos el entorno es, por cierto, el plomo de los cazadores.
En relación con el impacto de la actividad humana y el cambio climático, los animales salvajes también se ven afectados por las sequías, inundaciones e incendios, aunque nunca aparecen en los titulares de las noticias cuando esto sucede.
En algunos países, por desgracia, las especies silvestres sufren las consecuencias de las guerras. En otros, son víctimas de la destrucción medioambiental que propiciamos para obtener recursos en minas o para plantar cientos de hectáreas de grano para alimentar a las vacas, cerdos, pollos, pavos, conejos, ovejas o cabras criadas por la ganadería. Y en este punto, volvemos a la caza solamente para recordar que la actividad cinegética también cría animales salvajes considerados trofeos para después abatirlos.
La caza, la pérdida de hábitats, la contaminación, las sequías, las inundaciones, los incendios, la minería, la industria, la ganadería… Ya hemos mencionado todas estas amenazas para los animales salvajes, y podríamos añadir más, como el hecho de encerrarlos en zoológicos, el turismo descontrolado o los atropellos. Si frecuentas carreteras provinciales, es probable que a menudo te encuentres a animales sin vida como conejos, zorros, aves, erizos, roedores o jabalíes. Animales que fueron atropellados porque los conductores no pensaron que era importante moderar la velocidad en carreteras que atraviesan bosques o campos. Animales que fueron dejados en medio de la carretera sin que nadie se preocupara por ellos, por apartar sus cuerpos para evitar nuevos accidentes ni por comprobar si seguían con vida.
Porque en realidad, no pensaron en ellos como seres vivos y sintientes, sino como un obstáculo que se cruzó ese día en un trayecto en coche.
Queda claro que los animales salvajes, por muy salvajes que sean, no son la verdadera amenaza.


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