El perro marrón fue un animal sin nombre, como muchos otros utilizados en laboratorios, con el que se experimentó en repetidas ocasiones hasta su muerte. El mundo de la medicina aplaudía y defendía estos experimentos, mientras decía al mundo que estos eran sinónimo de avance. Pero hubo quienes alzaron su voz contra la crueldad que esto suponía: las mujeres, y particularmente las sufragistas.
Uno de los sucesos que causó mayor indignación entre muchas mujeres fue el conocido como brown dog affair (el caso del perro marrón), que dio lugar a un debate que se prolongó durante siete años.
En 1903, el fisiólogo William Bayliss (1860-1924), descubridor de las hormonas o del movimiento peristáltico de los intestinos, pretendía comprobar si el sistema nervioso controlaba la secreción del páncreas, como señalaba el ruso Iván Pávlov (1849-1936), famoso por sus experimentos con perros. Para ello, utilizó a un terrier de color marrón al que practicó la vivisección (disección de un animal vivo) durante una clase práctica de medicina, en la que estaban presentes unos 60 estudiantes del University College London.
Uno de los estudiantes que asistieron a la clase, Henry Dale (1875-1968), que sería años después galardonado con el Premio Nobel, fue el encargado de poner fin a la vida del animal tras el experimento.
Ni William Bayliss, ni Henry Dale ni el resto de los alumnos se imaginaban hasta dónde llegaría lo que para ellos era una práctica más. Dos estudiantes suecas feministas que también estuvieron presentes, Louise Lind af Hageby (1878-1963) y Leisa Schartau (1876-1962) manifestaron la crueldad de la tortura a la que se había sometido al animal, sin anestesia y ante las bromas y risas de el resto de sus compañeros. Ambas describirían después la experiencia que vivieron en el libro Los mataderos de la ciencia: extracto del diario de dos estudiantes de fisiología.
Louise Lind af Hageby y Leisa Schartau señalaron que el ensayo había infringido la ley sobre experimentación animal de 1876, pues esta prohibía utilizar a un mismo animal para varias pruebas.
El perro marrón en la prensa
Lo ocurrido en aquella facultad londinense no tardó en saltar a la prensa. El autor Stephen Coleridge (1854-1936), bisnieto del poeta Samuel Taylor Coleridge (1772-1834) y contrario a la vivisección describió el suceso como una «tortura» durante una conferencia ante miles de personas, y sus palabras fueron recogidas por medios locales. Estas declaraciones provocaron que Coleridge fuera denunciado por William Bayliss, tras no haber obtenido una disculpa del autor. Finalmente, el médico ganó el juicio, en el que aseguró que utilizar a un mismo animal en varios experimentos permitía el uso de un menor número de animales. Coleridge fue obligado a indemnizar al fisiólogo, pero el bisnieto del famoso poeta estaba satisfecho al saber que el diario Daily News había obtenido 5700 libras en donaciones, que serían destinadas a cubrir los gastos del juicio y a la causa anti-vivisección.
Pero el debate no acabó aquí. Poco después, entró en juego otra mujer, Anna Louisa Woodward, la adinerada londinense que fundó la Liga Mundial contra la Vivisección, quien pidió que se construyera una estatua en recuerdo del perro. Las autoridades del barrio londinense de Battersea aprobaron la iniciativa y el monumento fue inaugurado en 1906. La estatua estaba acompañada de la inscripción:
«En memoria del terrier marrón llevado a la muerte en los laboratorios del University College en febrero de 1903, después de haber soportado vivisecciones durante más de dos meses y haber sido pasado de un vivisector a otro hasta que la muerte vino a liberarlo. También en memoria de los 232 animales viviseccionados en el mismo lugar durante 1902. Hombres y mujeres de Inglaterra: ¿Hasta cuándo seguirán pasando estas cosas?»

Respuesta
La respuesta del ámbito de la medicina no se hizo esperar. Tanto Bayliss como sus estudiantes y otros médicos habían visto atacada su reputación y su formación. Las revistas especializadas en medicina pronto manifestaron su descontento con el monumento que se había erigido.
En noviembre de 1907, un grupo de alumnos de medicina trató de atacar la escultura, pero la policía los disuadió y detuvo a diez de ellos. La prensa los bautizó como antidoggers. También tuvieron lugar otras protestas en las que un juez impuso multas a varios jóvenes.
La actuación de la justicia solo llevó a los estudiantes de medicina, apoyados por los de veterinaria, a convocar más actos de protesta. Estos solían acabar con los jóvenes asaltando oficinas o boicoteando reuniones de sufragistas en las que rompían mesas y sillas. «Estudiantes de medicina luchan galantemente con mujeres», fue uno de los bochornosos titulares del Daily Express. En otra manifestación, un centenar de alumnos trataron de derribar el monumento al perro torturado pocos años antes. También quisieron asaltar un hospital anti-vivisección.
La revista British Medical Journal publicó una carta en la que se justificaba el destrozo que los jóvenes pretendían hacer de la estatua como «un deber moral con la universidad, sus profesores y sus camaradas y su estricto deber legal con su país y su rey», a la vez que calificaba a quienes perpetraban estos violentos actos como «amantes de la paz».
El debate sobre la estatua al perro marrón llegó hasta la Cámara de los Comunes cuando la policía puso protección permanente al monumento para evitar que fuera atacado. Los políticos cuestionaron el coste de esta vigilancia policial.
Al final, las autoridades de Battersea optaron por retirar el monumento durante una noche para evitar que se formara revuelo. La operación contó con cuatro obreros escoltados por 120 agentes policiales. Cuando las sufragistas se enteraron, 3000 de ellas salieron a protestar en Trafalgar Square y reclamaron que la estatua fuera devuelta, sin éxito. Años después, el monumento fue destruido fundiéndolo, por supuesto y como se había hecho con su retirada, sin avisar.
En 1985, se erigió una nueva estatua en recuerdo al perro marrón en Battersea, que tampoco estuvo exenta de debate. La polémica llegó por la posición lastimosa del animal o por su colocación en un lugar donde apenas se veía. En 1992, el nuevo monumento fue retirado y en 1994 se instaló en el pabellón de críquet del Viejo Jardín Inglés, un lugar donde permanece aún más oculta, como la historia de las sufragistas que lucharon también por los derechos de los animales.
Mujeres y medicina
Ya en el siglo XVII, las mujeres habían sido muy críticas con el uso de animales para experimentos científicos, como los de Robert Boyle (1627-1691) con pájaros, lo que había bastado a los hombres para excluirlas del ámbito de la ciencia porque las consideraban «débiles». De hecho, durante siglos la ciencia, la medicina o la veterinaria han estado dominadas por hombres, mientras que las mujeres se han posicionado contra muchos de sus planteamientos. A la reconciliación de estas con la ciencia no ayudó que los médicos obligaran a comer a las sufragistas en huelga de hambre en prisión, o que la extracción del útero y los ovarios fuera una práctica aceptada como cura para la histeria.
Para las sufragistas, el avance de la sociedad debía poner fin al maltrato hacia las mujeres, pero también hacia los animales no humanos. Tanto la vivisección como la prohibición del voto a las féminas eran un reflejo de la dominación del patriarcado.
FUENTES CONSULTADAS
Jot Down (s.f.). El caso del perro marrón.


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