Solo una perra ha sido prisionera de guerra. Ella fue Judy, sobrevivió a dos naufragios y es recordada como una heroína, aunque pocos escritos sobre ella (o más bien ninguno) recuerdan que los animales no deben formar parte de los ejércitos ni de las guerras. Esta es su historia.
Su nombre original era Shudo, y era una pointer de color blanco con manchas marrones. Nació en febrero de 1936 en una perrera de Shanghái, de la que escapó con tan solo tres meses, hasta que fue recogida por un comerciante con el que convivió hasta los seis años, cuando este la devolvió a la perrera.
Sin embargo, la tripulación del cañonero británico HMS Gnat no tardó en adoptarla con la intención de entrenarla como perra «de caza» y fue rebautizada como Judy. Tener animales en los buques era algo normal, puesto que se consideraban útiles para evitar plagas y para alertar de peligros, por lo que la perra fue mantenida a pesar de no mostrar las habilidades de caza que los soldados deseaban. Judy ya había mostrado otros aspectos que podían beneficiar a la tripulación: los había alertado de la presencia de un barco pirata y de un avión japonés que había pasado inadvertido para los radares. También salvó a un suboficial de ser atacado por un leopardo durante una excursión.
Judy vivió su primer percance a bordo mientras el barco patrullaba el río Yangtsé, cuando cayó por la borda y fue rescatada rápidamente. El hecho se anotó en el cuaderno de bitácora como «hombre al agua«, en lugar de «perro al agua».
A finales de 1937, la perra acudió con los soldados a una fiesta en el cañonero estadounidense USS Peach, donde los británicos la dejaron olvidada, por lo que tuvieron que regresar e ingeniárselas para sacarla de allí, pues los norteamericanos les mintieron diciendo que el animal no se encontraba en el buque. En otra ocasión, le organizaron una ceremonia nupcial con un perro llamado Paul, que pertenecía al cañonero francés Francis Garnier, encuentro fruto del que nació una camada cuyos cachorros fueron repartidos por varios barcos de guerra.
Un año después, los británicos decidieron que la perra no volvería a salir a tierra, después de una pelea con unos soldados japoneses que la habían amenazado con un fusil.
Guerra
En junio de 1939, parte de la tripulación del HMS Gnat fue trasladada al HMS Grasshopper y Judy fue con ellos, a cargo del suboficial George White. Poco después, tras la declaración de guerra por parte de Alemania, el barco fue destinado a Singapur, donde el animal vivió sin grandes percances hasta los ataques japoneses de febrero de 1942.
Posteriormente, los soldados se retiraron a las Indias Orientales Neerlandesas, trayecto durante el que el HMS Grasshopper fue incendiado, y su acompañante, el HMS Dragonfly, hundido. Los tripulantes lograron llegar en bote a la costa de una isla sin la perra, a la que dieron por muerta, pero White la halló atrapada bajo un armario cuando regresó en busca de víveres.
En la isla, ni los hombres ni la perra disponían de agua dulce, pero según diferentes fuentes, Judy encontró un manantial excavando con sus patas. También protegió a los británicos de las serpientes hasta que fueron rescatados y trasladados a otra isla desde la que embarcaron con destino a Sumatra, para después atravesar la selva de Sawahlunto caminando con destino a la ciudad de Pedang. En dicha selva, Judy no pudo esquivar el ataque de un cocodrilo y los marineros le cosieron la herida y utilizaron algunas de sus provisiones médicas para atenderla.
Al llegar a Pedang, los británicos se encontraron con la ciudad en manos de los japoneses, y fueron hechos prisioneros y trasladados al campo de concentración de Medan, al norte de Sumatra. Judy viajó con ellos escondida entre unos sacos de arroz vacíos.
En el campo, tanto los soldados cautivos como la perra sufrieron malos tratos, hambre, enfermedades sin asistencia médica y todo tipo de abusos. Solo recibían una pequeña ración de comida por persona al día, que el cabo Frank Williams compartía con la perra. Esta también era alimentada con trozos de cerdo sobrantes del cuero que otro prisionero confeccionaba. Williams sería, desde entonces, el tutor de Judy.
A los guardias no les faltaron las ganas de disparar a la perra en varias ocasiones, acusándola de agresiva por su actitud cuando estos golpeaban a algún prisionero. Su situación cambió cuando el comandante del campo le concedió el estatus de prisionera de guerra, con el nombre de 81A, a cambio de que le fuera entregado uno de sus futuros cachorros. Y así fue. Judy tuvo una camada de la que sobrevivieron cinco perros: el que se entregó al comandante, otro que fue enviado a la sección de mujeres del campo, otro a la Cruz Roja, uno que se quedó con su madre y un quinto que fue asesinado por un guardia.
Durante el período que Judy permaneció prisionera, alertaba a los soldados con su ladrido cuando se acercaban los guardias y también los volvió a defender de serpientes y escorpiones. Pese a que en el pasado se la había considerado «inútil» para la caza, el animal también capturaba ratas u otros pequeños animales que servían de comida para los prisioneros.
En junio de 1944, el transcurso de la guerra obligó al traslado de los presos a Singapur. De nuevo, Judy fue introducida en el barco que los llevaría a su nuevo destino escondida en un saco, pues el capitán no quería animales a bordo. Pero este fue hundido por un submarino y cientos de hombres murieron ahogados. Williams pensó que la perra también había tenido este trágico final, ya que tras haberla ayudado a escapar por un pequeño hueco mientras él buscaba otra salida, no la encontró.
Finalmente, Williams y Judy volvieron a reencontrarse en otro campo de concentración. Allí, un capitán nipón quiso, una vez más, matar al animal, pero el comandante que se había quedado con uno de sus cachorros intervino para salvarla y Judy retomó su estatus de prisionera de guerra. Poco después, fueron enviados a la construcción de una vía férrea. En esta etapa fue culpada de una plaga de piojos y de nuevo quisieron acabar con su vida. También se intentó enviarla como comida a los campesinos de la zona. Según narró Williams, el carácter de Judy había cambiado por aquel entonces, y había dejado de ser tan dócil.
La victoria de los Aliados trajo consigo la liberación de los prisioneros. Por fin, Williams pudo volver a Inglaterra, acompañado de Judy, que una vez más, viajó en un barco escondida. Una vez allí, la perra tuvo que pasar una cuarentena de seis meses que Williams sufragó gracias a las donaciones que recibió al popularizarse la historia de la perra, un período que deprimió al animal.
Tras pasar la cuarentena, Williams y Judy fueron condecorados en Londres en 1946. A ella se le concedió la Dickin Medal, medalla específica para los animales, «por su magnífico coraje y resistencia en los campos de prisioneros japoneses, que ayudaron a mantener la moral entre sus compañeros de prisión». Ambos también aparecieron en programas de radio y otros actos públicos.

En 1948, Williams emigró a Tanzania junto a Judy. Allí, la perra volvió a ser madre y tras el parto, se le detectó un tumor mamario. Este y una infección por tétanos obligaron a sacrificarla. Fue el 17 de febrero de 1950, poco antes de cumplir los 14 años. Allí fue enterrada con sus medallas y una placa conmemorativa.
Judy ha pasado a la historia porque no hay constancia de la existencia de otros perros prisioneros de guerra. Su vida ha protagonizado dos libros y aparece de forma recurrente en medios de comunicación.
Imagen de cabecera: Judy y Frank Williams | National Military Working Dogs Memorial UK
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Álvarez, J. (2018). La asombrosa historia de Judy, la perra prisionera en un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial. La Brújula Verde.
Elio, J. (2018). La perrita que se convirtió oficialmente en prisionera (y heroína) de guerra. El Español.
Tapia, A. (2023). Judy, la perra que sobrevivió a la crueldad en un campo de prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial. Infobae.


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