Estados Unidos vive su peor epidemia de gripe aviar. El virus no deja de expandirse por las granjas, no solo las de aves, sino también las lácteas, lo que ha derivado en la retirada del mercado de numerosos productos, incluso comida para animales, o directamente a una escasez de huevos que parece preocupar demasiado a los medios de comunicación, la sociedad y el Gobierno, cuya principal aportación ha sido proponer que se permita la expansión del virus para identificar a los animales inmunes y aprovecharnos de ellos. Esto es lo que pasa cuando la explotación forma parte de la ecuación.
Como medio de comunicación antiespecista, vemos con preocupación cómo los diarios, televisiones y radios generalistas crean alarma social porque no hay huevos en los supermercados. Parece que sin huevos las familias no pueden sobrevivir, y así lo muestran algunas personas en vídeos que se convierten en virales. Por su parte, la participación del sector ganadero en los medios puede resumirse en quejas, petición de ayuda económica y más alarma social; mientras que la intervención de los profesionales sanitarios se basa en recomendaciones sobre cómo evitar contagiarnos de enfermedades con los productos de origen animal sin dejar de consumirlos.
Nadie se dirige a la raíz del problema: las granjas, ese caldo de cultivo perfecto para la propagación de patógenos que provocan pandemias. Nadie propone la eliminación de las granjas como forma de prevención. Pero es que pocas personas saben cómo es una granja. No huelen las toneladas de desechos de los animales que no se limpian, y cuando se hace, no saben dónde terminan esos residuos. Hay quienes incluso niegan el papel de las granjas en la contaminación del agua. En sus cabezas, los animales pastan libres en el campo y su misión en la vida es comer hierba, revolcarse en el barro, echar la siesta al sol y acudir a un matadero para darnos de comer a los humanos.
Para nada piensan que esos animales viven hacinados, en su mayoría, sin ver la luz del sol ni experimentar un baño de tierra; o que su alimento no son las hierbas de un pasto, sino pienso procesado con grano procedente de algún lugar a miles de kilómetros de distancia. También prefieren pensar que vienen al mundo para alimentarnos, pero no que son individuos sintientes con sus propios intereses y necesidades, que nada tienen que ver con nuestra alimentación.
Individuos sintientes con sus propios intereses y necesidades. Ese es el principal motivo por el que el veganismo rechaza el consumo de productos de origen animal, cuya comercialización requiere la explotación de animales. Una explotación que también es un peligro para la salud pública, no solo porque muchos de los productos que genera se vinculan con dietas poco saludables, sino también por el riesgo de epidemias con el que se relaciona. Si no te importan los animales, al menos piensa en esto la próxima vez que la industria ganadera, los medios o los políticos lancen un mensaje de amenacen con que nos vamos a quedar sin huevos. ¿Es esto tan importante? ¿Importan más los huevos y la carne que los millones de animales que mueren en mataderos, independientemente de que esas muertes tengan que ver con el consumo de alimentos o con una epidemia de gripe aviar? ¿Importan más los huevos y la carne o la rentabilidad de una granja que la salud de las personas?
El día que los medios dejen de lanzar masivamente titulares sobre supermercados sin huevos, huevos a precio de oro o granjeros quejándose para preocuparse por el sufrimiento animal o por las consecuencias a todos los niveles de la explotación de otros animales habremos dado un paso más hacia un periodismo de calidad.
Podemos prescindir de los huevos, al igual que de la carne, los lácteos o la miel. Pero no podemos prescindir de nuestra salud. Los animales no humanos, incluidos los salvajes con los que también se está cebando la gripe aviar, también necesitan entornos saludables, no granjas.
Millones de animales han sido sacrificados en todo el mundo por este virus. Animales que han sido o serán suplidos por otros, como objetos. Su explotación continúa, y a nadie parece importarle.


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